CRÍTICA
'La ciudad de las luces muertas', el Premio Nadal de David Uclés: caricaturas en Barcelona
Entre la novela fantástica de suspense y el vademécum cultural, se trata de una obra que no acaba de funcionar, demostrando que a veces una idea feliz no cuaja en un buen libro
La difícil gestión del éxito de David Uclés; por Álex Sàlmon

El escritor Davud Uclkés, durante la presentación en Barcelona de 'La ciudad de las luces muertas', novela con la que ganó el Premio Nadal 2026. / Pau Gracia
Tenemos en este país cierta querencia por las lecturas vicarias: creer que hemos leído lo que han leído otros. Pasa eso con libros que muchos conocen de oídas, pero con detalle, como 'El Quijote', posiblemente la obra literaria más referenciada de manera apócrifa. Esta capacidad de leer con ojos ajenos también provoca opiniones, fundadas o no, que van posándose en el imaginario colectivo. David Uclés ha pasado de concitar elogios casi unánimes a caer en el río bravo de la polarización que, como se sabe, se fundamente en ideas preconcebidas y en afinidades inquebrantables. Y en medio de estas turbulencias extraliterarias llega a las librerías su nueva novela, 'La ciudad de las luces muertas', último Premio Nadal.
La novela plantea una premisa audaz: la ciudad de Barcelona cae en una espesa oscuridad y todos sus tiempos conviven en uno. En una suerte de Aleph borgeano, la Barcelona de Uclés se derrumba y se reconstruye mientras los personajes culturales más ilustres de la ciudad, de cualquier época, interactúan entre ellos. El personaje que, a duras penas, vertebra la historia es Carmen Laforet, a la que se le cumple el deseo de sumir la ciudad en “una noche eterna, una noche de los tiempos”.
Las múltiples historias que conforman el libro tienen los elementos que se intuyen para un proyecto de este tipo: cierto caos, literatura del absurdo, algo de comicidad -no siempre voluntaria-, y una buena dosis de homenaje a quienes sembraron los cimientos culturales de Barcelona. Pero carece de ningún tipo de verdad emocional; todos los personajes parecen estar ahí porque formaban parte de un listado previo. Aparecen, por ejemplo, Cortázar, Carlos Fuentes y Vargas Llosa, pero no se percibe nada esencial de ellos (más allá de reproducir los modismos de cada país de origen). No acaba de importarnos el destino de ninguno de los personajes de esta novela, que solo se mueven de modo instrumental y, en ocasiones, únicamente para hacer un cameo insustancial.
Sucesión de decorados exánimes
Pinceladas superficiales sobre aquellos que fueron, en realidad, complejos en una ciudad artificiosa en la que aparecen lugares emblemáticos de cada época, pero exánimes, como en una sucesión de decorados de 'El Ministerio del tiempo'. También parecen sacados de esta popular ficción televisiva ese Gaudí emocionado al ver acabada su obra o Picasso, con el poder de adivinar a quién le queda poco tiempo de vida. Una Dolors Monserdá mística o una Ana María Matute que no es más que una niña hospitalizada son otras de las múltiples caricaturas que pueblan este libro.
Así hasta casi un centenar de personajes que se despachan sin siquiera ofrecernos un poco de textura y de complejidad de su personalidad. Se desaprovechan incluso momentos que podrían haber sido conmovedores, como la muerte de Gil de Biedma, que quedan en una mera escena esteticista. A Jaime Gil le roba, una vez muerto, un Jean Genet también desdibujado que, como tantos personajes de este libro, parece responder a un perfil esquemático y huero.
Si uno de los puntos más débiles del libro es su desmesura en querer incluir a todo aquel que fue relevante en la cultura de Barcelona, no lo es menos su ritmo errático y su querencia por las metáforas
La novela, a medida que se van amontonando personajes, emana una sensación de reiteración, pero, sobre todo, de falta de conflicto narrativo y de ausencia de tensión. Ni siquiera Carmen Laforet, que con su deseo ha causado la muerte de infinidad de personas y ha sumido al mundo en un caos delirante, consigue transmitirnos el peso de la culpa, del arrepentimiento. De hecho, al principio del texto, cuando tiene que refrendar su deseo, y ya intuyendo las funestas condiciones de su capricho, solo tiene unas dudas nimias que se liquidan en un par de líneas.
Ritmo errático
Si uno de los puntos más débiles del libro es su desmesura en querer incluir a todo aquel que fue relevante en la cultura de la ciudad, no lo es menos su ritmo errático y su querencia por las metáforas, que producen verdaderas disonancias entre fondo y forma. Tampoco acaban de funcionar, ni se entiende el sentido, algunos elementos para intentar reforzar la atmósfera distópica, como llamar Iberia a España, o que exista una enfermedad muy similar al sida que se llame “fida”.
Mención aparte es el capítulo inicial, a modo de prólogo, que dedica a Carlos Ruiz Zafón en Nueva York. Una escena onírica que parece incluida 'ex post' por completar la nómina de notables y que no guarda relación con el resto del libro. Sin embargo, y hablamos de las primeras páginas, estemos ante uno de los pocos pasajes que encogen un poco el alma: al final del capítulo, le comunican a Antonia Kerrigan, su agente literaria, la muerte de Ruiz Zafón. “Avisa en Barcelona. Diles que se le apagó la luz”.
A veces una idea feliz no cuaja en un buen libro. Este es el caso de 'La ciudad de las luces muertas', a camino entre la novela fantástica de suspense y el vademécum cultural y que pretende homenajear una ciudad de postal que ni se parece a la de Eduardo Mendoza ni a la de Pompeu Gener. La novela podría haber sido muchas cosas buenas, incluso una novela de aventuras de unos locos que quieren salvar la ciudad, pero al final se queda en una ofrenda literaria a la intelectualidad de Barcelona. Un homenaje disparatado. No en el buen sentido.

La ciudad de las luces muertas / La ciutat de les llums mortes
David Uclés
Premio Nadal 2026
Ediciones Destino
Traducción al catalán de Núria García Caldés
288 páginas
22,90 euros
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