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Opinión | OPINIÓN

Chus Neira

Santander

Lo mucho y muy bueno de la cultura

El observatorio de la Fundación Contemporánea evidencia la pujanza de los proyectos artísticos alejados de grandes centros de poder, pegados al territorio

Un momento del acto de la Fundación Contemporánea.

Un momento del acto de la Fundación Contemporánea. / EP

Dice el presidente de La Fábrica y la Fundación Contemporánea, Alberto Fesser, que todos los años, cuando acaban su informe de 'Lo mejor de la cultura', piensa en que debería tomarse un año sabático para dedicarlo a dar la vuelta a España y visitar, de Castilla a Murcia, de Tenerife a Girona, todo lo mucho y muy bueno que hay en el país en el terreno del arte y la creación.

Ese "mucho y muy bueno" fue el arreglo que improvisó en el Palacio de Festivales de Santander en la última semana de enero durante la presentación del último observatorio, el de 2025, después de que el secretario de Estado de Cultura, Jordi Martí Grau, mostrara sus reparos al título de "lo mejor" -"a uno le entran dudas, siempre cuestan mucho los ránkings", había deslizado al inicio de su intervención-.

En realidad, los dos estaban de acuerdo en que lo importante del documento no era quién estaba el primero -esta vez fue el Museo Reina Sofía- sino la profusión de museos, centro culturales, festivales y lugares para residencias artísticas que proliferan por el país con vocación de estar cada vez más pegados a su territorio, mantener una escala humana proporcionada e integrar generaciones y personas, diversidad que alcanza al creador y al público.

Prueba de esa evolución es que 'Lo mejor de la cultura', confesó también Fesser, nació en 2009 con una lista de apenas 10 referencias y en este último informe hay 500 proyectos referenciados. Es verdad que la centralidad de Madrid o Barcelona sigue teniendo un peso evidente, pero también, que la pujanza de la periferia creativa se manifiesta de forma nítida en todos los apartados del observatorio. Sea en los rankings principales, en los de los imprescindibles, lo nuevo de la cultura en España o los dedicados a los proyectos sociales o rurales, el listado anima a ponerse en marcha por el país para descubrir todas esas maravillas pequeñas que hacen comunidad.

Ese recorrido podría empezar en el valle de Ricote, en la cuenca media del Segura, donde los del festival Murmullo hacen música bajita y tratan de entenderse mejor con su medio natural. O cruzar al oeste y llegar, de noche, a Villamiel y Trevejo, en la sierra extremeña de Gata, para seguir disfrutando de los conciertos contando estrellas. Viraría hacia el norte, hasta ganar las vegas entre los ríos Porma y Curueño, en Cerezales del Condado, donde la fundación que lleva el nombre de este pueblo leonés combina arte, cultura contemporánea, sonido y etnoeducación con proyectos de investigación de plazo largo y trabajo de proximidad.

Se adentraría en Ulloa, para reivindicar con la gente del Agrocuir la diversidad sexual y de género en el medio rural, defender el bosque autóctono y combatir el despoblamiento con nuevas comunidades inclusivas. Y aterrizaría en Tenerife para descubrir que las pinocheras no solo dan nombre a un festival de cine rural, que la participación comunitaria puede alumbrar plataformas de producción audiovisual vinculadas al lenguaje experimental.

Se podrían hacer otros itinerarios con otros tantos nombres citados en 'Lo mejor de la cultura', pero estos ejemplos valen para dar por buenas las palabras que también dijo Martí Grau: "En un mundo con tanta zozobra, con tantos problemas estructurales, si en algún lugar podemos encontrar una brizna de esperanza es en las actividades culturales".