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Opinión | CUADERNO DE NOTAS

Biel Mesquida

Nado dentro de la naturaleza como dentro de tu corazón

Escribo ‘amor’ con obstinada caligrafía una y otra vez, y otra, y otra vez, sin acabar nunca

Muestra de amor en una pizarra.

Muestra de amor en una pizarra. / EP

‘MON AMOUR’. Escribo mon amour y todo empieza a temblar: el cerebro, la mesa, el ordenador, los cristales, los árboles, las nubes, el bosquecillo, el lavadero, el terruño, las paredes, la sierra, el cielo y el mar.

Escribo mon amour y sé que lo esencial es siempre lo más cercano.

Escribo mon amour y me encuentro ante las puertas del ultramundo lleno de sorpresas y prodigios, de conexiones y de energías.

Escribo mon amour y empiezo un viaje por los amores largos llenos de estaciones en el que todos los meteoros hablan y se multiplican los acontecimientos del espíritu y de la carne, las delicias y los dolores, las tristezas y las resurrecciones, los delirios y las calmas, las heridas y los encuentros, los trazos de los contactos infinitos.

Escribo mon amour y me sé desgajadamente humanal en este camino hacia lo que amo, un ritmo en forma de movimiento perpetuo, una manera siempre de avanzar hacia el más allá.

Escribo mon amour alentado por la certeza exigua de saber que tú eres, sencillamente.

CORTOCIRCUITO DE IMÁGENES. Lectora, debes leer esto como si fuera un split screen, esos montajes en los que la pantalla cinematográfica se escinde para yuxtaponer varias intrigas simultáneas. Me gustaría hacer sentir todas las grandiosas longitudes de onda de la historia presente al mismo tiempo que esta pequeña vibración biográfica para que una en la otra mostraran alguna chispa de lo que somos que atiza mis despertares.

Siente una gran sordera dentro del caos de las informaciones (cuantas más noticias recibimos, más desinformados estamos). Gente sorda, ciega y blablaesca, es decir, paralizada, robotizada.

Abrazo el huracán, no me siento con fuerzas para descifrar los acontecimientos llenos de griterío que reverberan por todas partes.

Casi nada está en su lugar habitual.

¿Cómo podría abrir a los demás los campos de lo posible?

¿Cómo debería hacer para escribir el vacío entre las palabras, para que las palabras resuenen infinitamente más?

¿Cómo debería ingeniarmelas para que mientras te digo algo al mismo tiempo pudiera soltar otra cosa y así el campo de la palabra se abriría de una forma más radical que una idea o un sentido?

¿Cómo debería inventar algún garabato para hacer irrumpir el verbo a caballo de la palabra soñadora de Óssip Mandelstam, el amigo de todo lo vivo?

Por la rendija de esta herida sale una luz: sembrar la poesía de la compasión, llevarla al mundo bajo la forma preservada de una ausencia, de una extenuación, de un susurro como si en los labios de todo humano, incluso en los de aquellos que no tienen nada que decir, se conservara el dibujo de la última palabra pronunciada.

Ay, amigo poeta, Óssip Mandelstam, ¡cómo te quiero!

¡‘LOVE’ EN MAYÚSCULAS! En los lazaretos del dolor, en la endemia de la enfermedad y del contagio, de la muerte y de la curación, en el ansia, el pánico y el miedo, en la obsesión y la soledad, en las neuronas en alerta permanente, escribo la palabra amor.

Escribo amor con obstinada caligrafía una y otra vez, y otra, y otra vez, sin acabar nunca.

Escribo amor como si fuera una materia (mater) luminosa que penetra en el lugar de todos los comienzos.

Escribo amor en las raíces y las ramas del instante eterno.

Me lo ha enseñado el boj antiguo del bosquecillo cuando lo abrazaba y oía las notas de un Mozart adolescente que salían por las hojas atacadas por la epidemia de la mariposa negra.

Me lo ha repetido la tierra de arcilla roja que me acunaba llena de hierbas, flores y gusanos, humus y verdor, que me hacía olvidar el vértigo de especulaciones, de pérdidas y ahogos, de nervios hechos telaraña y trampa.

Me lo han dicho los pasos de los pájaros en el aire que han bajado sobre la página en blanco para dibujar constelaciones casi mironianas que me han dejado ante mí mismo y conmigo en un diálogo de combate y renacimiento.

Me lo han cantado los almendros agónicos por la maldita xylella que daban su último suspiro consolados por las margaritas amarillas y blancas que entintaban de belleza salvaje su horizonte de adiós.

Me lo han repetido las nubes como un rebaño de ovejas sobre un cielo purísimo que son mi casa y mi protección.

CELOFÁN. Los ojos cerrados, la cabeza en negro (negra noche), inspiro, expiro, inspiro, expiro, inspiro, expiro, inspiro, expiro.

Pasa tiempo, tiempo.

Luego la voz sola, tu voz, mi voz.

Sola, sola, ensimismada.

No debemos buscar fuera de nosotros lo que ya estaba dentro de nosotros.

ESTE MIEDO A AHORA MISMO. Y estoy atacado de un miedo que me llega por todas las grietas de la percepción. Cuando veo que las bibliotecas no tienen valor para casi nadie, tengo miedo. Cuando veo que la poesía es considerada un aburrimiento, tengo miedo. Cuando veo que poca gente sabe leer de verdad, tengo miedo. Cuando veo que todo es usura, cálculo y desconfianza, tengo miedo. Cuando veo que las sensaciones desaparecen de los cuerpos humanos, tengo miedo. Cuando veo que se piensa poco, tengo miedo. Cuando veo el tsunami de ignorancia que nos invade, tengo miedo. Porque la ignorancia engendra violencia, y tengo miedo.

Y me refugio en los detalles: contemplo los vuelos de los gorriones que han anidado dentro de un drago. La belleza del mundo es precisa. La atención se va hacia imágenes breves –el color de unes rosas, el temblor de una hojarasca, el rocío de una hierba, el barco se algodón de la nube–, que crean poemas rápidos en el interior de una epopeya agreste, rústica. Y hago listas de cosas –herramientas, injertos, variedades, nombres de plantas y animales, topónimos, deseos– para desarrollar el poema de los mundos olvidados que tenemos justo al lado y no vemos, desde lo más pequeño a lo más grande, todo lo inútil que no mira, ni siente, ni toca nadie.

Y, sobre todo, quiero escuchar lo que ocurre en la profunda intimidad de la palabra.