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Opinión | MIRADAS

Pere Sureda

Temas secundarios

Que el editor se dedique a editar y el traductor a traducir, siempre al servicio del original y de los lectores

La importancia del traductor; por Enrique Murillo

Estantería con diccionarios.

Estantería con diccionarios. / EP

En el espacio del que dispongo mensualmente en 'ABRIL', normalmente trato de comentar temas generales que puedan interesar al lector no especializado en temas de la industria editorial. Ese es mi cometido en esas páginas. Por lo tanto, no entiendo el enfado que Enrique Murillo manifestó en este suplemento el 24 de enero.

Mi conclusión era que el original es más determinante para el lector que el traductor, sacralizado o no. No tengo por qué aburrir a la concurrencia con todos los ejemplos que podría poner. No se trata de eso. Pero sí pondré un ejemplo que me parece interesante. Leí por segunda vez en 2011 una traducción de la novela 'El conde de Montecristo' de Alexandre Dumas, traducida por E. V.

Debo decir que no me gustó de entrada ese E. V., pero no tenía otra al alcance. Esa novela me emocionó, me sublevó, me cautivó, me estremeció y me abrió ventanas. Esa traducción, discutible y que sigue circulando, me causó todas esas emociones. Por ello, cuando era el único editor de Navona Editorial, encargué a José Ramón Monreal -me costó mucho convencerlo- una traducción actual, que publiqué en 2017.

Esa nueva versión procedía de un texto de la novela fijado por el especialista en la obra de Dumas Claude Schopp, quien estableció el texto que ha pasado a ser la referencia de cualquier traducción. Hay muchas diferencias con E.V. , algunas muy gruesas -y no, no voy a puntearlas, aquí no hago esas cosas-, y otras menores si existen tales.

La nueva versión tuvo y sigue teniendo muy buena acogida entre los lectores, a pesar de las 1.275 páginas y los 60 euros de precio, pues ya lleva cuatro ediciones o cinco. Creo que se ha convertido en el libro bien traducido que tanto editores como lectores deseamos. Y punto. Nada más. Que el traductor no sea tratado como al autor del libro original y que el escritor no quede disminuido a la frase que he escuchado demasiadas veces: "Si está traducido por fulanito o menganita, sí se puede leer, si no es un desastre".

Insisto: no sacralicemos a los traductores. Y que los editores hagan bien su trabajo ya no es responsabilidad del público lector de este suplemento literario. En todo caso, si tal cuestión se diera, sería para dedicarle un monográfico. Estemos a la altura de lo que nos pide un periódico. Que las personas que lo lean encuentren temas que les parezcan interesantes. Esto no es una fundación.

Por cierto, cuando tuve que dejar Navona -en plena pandemia de Covid-, pagaba a los traductores desde los 11 euros y hasta los 15 y 17 -y en algunos casos eran ellos los que decidían-, a cuenta de 'royalties'. Me consta que otros muchos editores también pagan cantidades similares. Tanto en los grandes grupos como en editoriales pequeñas. Y también depende del idioma del texto original.

Es cierto que mucho antes las tarifas eran de 10 euros, pero eso es prehistoria, sobre todo en literatura. Siempre he valorado el trabajo solitario del traductor y sus nombres los ponía en portada, como creo que debe ser. Pero si otros piensan de otra forma, es responsabilidad suya. Y no soy, ni quiero convertirme, en un viejo juez. No pretendo tener la razón, pero tampoco pasar por incongruente. Que el editor edite y que el traductor traduzca. Siempre al servicio del original y de los lectores.