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Opinión | MAPA DE LETRAS

Lorena G. Díaz

Misterio en Venecia, tópicos y ‘bellinis’

Truman Capote, Francis Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway utilizaron la ciudad italiana como un refugio bohemio para escribir, beber y socializar

Ernest Hemingway, preparando un cóctel en Venecia.

Ernest Hemingway, preparando un cóctel en Venecia. / EP

A pesar de todo lo que hay escrito sobre una de las ciudades más populares del planeta, Venecia continúa siendo un misterio. Es posible que una de las escasas cosas de las que se tienen verdadera certeza en torno a Venecia sea la receta del cóctel más famoso de la ciudad, el 'bellini'. Elaborado a base de puré de melocotón blanco y prosecco, esta refrescante bebida fue inventada por Giuseppe Cipriani en 1948 en el Harry's Bar. Orgullosa, lleva el nombre del que fuera el primer gran maestro de la pintura veneciana, Giovanni Bellini. 78 años después de que la coctelera hiciera su magia no resulta difícil visualizar a los sospechosos habituales que brindaban 'bellini' en mano en el 1323 de la veneciana calle Vallaresso. Y ahí estaban figuras como Truman Capote, Francis Scott Fitzgerald o Ernest Hemingway.

Lo que hacía en Venecia este trío de apellidos ilustres es, como la propia ciudad, un misterio, pero se intuye que utilizaron Venecia como un refugio sofisticado y bohemio para escribir, beber y socializar. Hemingway fue un paso más allá inspirándose en ella, y así escribió ‘Al otro lado del río y entre los árboles’, seguramente entre 'bellini' y 'bellini' del Harry’s.

A unos cinco minutos caminando del bar se encuentra el que era su restaurante favorito, el Club del Doge, en las entrañas del hotel Gritti Palace, donde residió durante más de tres meses. Cuentan, y yo no lo dudo, que aquí pedía siempre su plato preferido, el 'risotto'. La pasión por este hotel era compartida por otros huéspedes literarios, como W. Somerset Maugham, quien solía afirmar en numerosas ocasiones: “Hay pocas cosas en la vida tan agradables como sentarse en la terraza del Gritti”.

Joya de la corona

Construido en 1475 para el 'dux' Andrea Gritti, este magnífico palacio, que ahora forma parte de la Colección de Lujo de Marriott, fue sometido a una remodelación integral de 50 millones de euros que conservó y mejoró las características históricas del edificio, a la vez que modernizó sus instalaciones. Su romanticismo pletórico y hasta en ocasiones excesivo lo ha posicionado como la joya de la corona del panorama hotelero de la ciudad. Además, cuenta con una espléndida ubicación frente a la iglesia de la Salute, frente al Gran Canal.

La experiencia de dormir en el Gritti es lo más parecido a la de hacerlo en un museo, con las telas Rubelli en las paredes, un mobiliario a la altura y las deslumbrantes lámparas de araña de Murano que dejan sin aliento a cualquiera. Si el alcohol fue la gran musa de Hemingway, es posible que la belleza de Venecia también lo fuera, aunque escribir sobre ella, al igual que tratarla de definir como destino, tenga algo de imposible.

Que si se hunde, que si está atestada de turistas o que si cada vez vive menos población son algunos de los mensajes que la ciudad lleva años enviando al mundo, pero lo cierto es que la Reina del Adriático es una superviviente de sus propios errores a la vez que la fascinación por esta ciudad flotante permanece inalterada. Lo de Venecia es un misterio, pero de verdad. Y aunque bien es cierto que hoy en día el impacto del turismo es desalentador y la ciudad ya no es la genuina de 'Locuras de verano' (1955), la película de David Lean en la que Katherine Hepburn encarnaba a una turista estadounidense de los años 50 instalada en la pensión Fiorini (que en realidad es la Pensione Accademia, y sigue existiendo) y entregada a una forma de viajar más lenta, ingenua y contemplativa, Venecia es, a pesar de todo, Venecia.