REPORTAJE
Thomas Bernhard, arquitecto del caos y la comicidad
La reciente edición crítica de ‘Maestros antiguos. Comedia’, la última novela del autor austriaco, permite hacerse una idea precisa tanto de su atribulado mundo como del centro neurálgico de su poética

El escritor Thomas Bernhard, fotografiado en Viena en 1984 delante del Café Bräunerhof. / Sepp Dreissinger

Tal vez no haya un escritor más exigente que Thomas Bernhard (Heerlen, Países Bajos, 1931-Gmunden, Austria, 1989), y sin embargo adictivo hasta decir basta también para una legión de autores entre los que, por estos lares, Javier Marías –vía Juan Benet– se cuenta 'primus inter pares'. Para quien firmó 'Corazón tan blanco', la lectura del austriaco supuso un verdadero "trastorno". Marías le atribuía, en un artículo memorable que forma parte del libro 'Literatura y fantasma', la condición 'sine qua non' de su literatura: "La desolación de la farsa, o si se prefiere, la farsa de la desolación". Quizá porque fue un escritor enfermizo y siempre al borde de la muerte, supo entender mejor que nadie que la literatura de Bernhard era, antes que nada, humorística.
Luis Goytisolo, por su parte, en el prólogo a 'Sí' (1981) afirmó que "es uno de los autores más destacados de ese resurgir creador, único en Europa por su magnitud, que es la actual novela alemana". Y en el panorama internacional se hace difícil pensar, por solo dar un nombre más, que la obra del último galardonado con el Premio Nobel de Literatura, László Krasznahorkai, habría sido posible sin la influencia que tuvo en él este monstruo de la literatura moderna y contemporánea.
A los 40 años de su publicación acaba de llegar a las librerías una edición crítica de la última de sus novelas, 'Maestros antiguos. Comedia', publicada por Cátedra y editada por el profesor y catedrático de la Universitat Pompeu Fabra Javier Aparicio Maydeu, responsable en esta misma colección de 'Letras Universales' de la edición de otros tres gigantes de la literatura como son Vladímir Nabokov, Italo Calvino y Patrick Modiano.
Hay que celebrar como se merece esta edición porque a la excelencia ya conocida de su traductor al español Miguel Sáenz se le suma una introducción y unas notas al pie de página que harán las delicias de los bernhardianos que corren por el mundo y que permiten hacerse una idea precisa tanto de su atribulado mundo –que era complejo porque era atormentado y desasosegante– como del centro neurálgico de su poética, que sobrevive por la fuerza expresiva de la subordinación, de la repetición, de la falta de una trama lineal, del uso constante de la hipérbole y otros tantos mecanismos que la introducción y las notas estudian detalladamente.
La forma en que se lee
De hecho, el eje en torno al cual cristaliza toda la literatura del autor austriaco tiene mucho que ver con la forma en que se lee. A esos 'maestros antiguos', llámense Johann Sebastian Bach, Tintoretto, Blaise Pascal, William Shakespeare o Bernhard, no hay que admirarlos sin más porque, tal como dice Reger, "el inteligente no admira, sino que respeta, estima, comprende". Así con Bernhard.
Como indica Aparicio Maydeu, esta novela "cierra la denominada trilogía artística ('Trilogie der Künste') que conforma junto a 'El malogrado' (1983) y 'Tala' (1984), tres novelas escritas de forma sucesiva y consagradas al arte, a la idea del talento y al mundo artístico y sus debilidades y desvergüenzas". Una trilogía que no es sino "una reflexión sobre la senectud desde el atalaya del conocimiento, y a la vez una suerte de enmienda a la totalidad del arte y de sus presuntas virtudes, así como el desmentido en toda regla, la refutación, de su naturaleza balsámica, de su presunta función lenitiva", a la vez que "una nueva y demoledora crítica social, y la última invectiva contra su país, sus dirigentes, su educación y su dañina mentalidad pequeñoburguesa y la cultura como mito redentor".
El 'malestar de la cultura' es el único tema real que desarrolla Bernhard en su literatura
Aunque el 'malestar de la cultura' es el único tema real que desarrolla Bernhard en su literatura, hay varias disciplinas que cursan un cierto sentido en sus novelas: en 'Corrección', la arquitectura es el 'leit motiv' del libro a través de la construcción de un cono imposible ("lo complicado"); en 'El malogrado', la música y la figura bajo el tapiz del pianista Glenn Gould, y en 'Tala', el teatro. En la novela que nos ocupa en esta ocasión, el autor se vale de un discurso cuya trama tiene como punto de arranque la pintura.
Una mirada doble
Si hay un asunto que desarrollar en esta novela, 'a priori' este más que dudoso en las de Bernhard, ese tema es el de que, un día sí y otro no, acude el musicólogo y crítico del diario 'The Times' Reger, durante 36 años, al Kunsthistorisches Museum de Viena a sentarse en el banco de la sala Bordone para contemplar 'Retrato del hombre de la barba blanca' de Tintoretto, aunque no solo para ello pues para Reger la "Sala Bordone es tanto mi sala de pensar como de leer".

'Retrato del hombre de la barba blanca', de Tintoretto. / EP
Y la larga confesión de Reger acaba por querer decir que no viene "a la sala Bordone por Bordone, ni siquiera por Tintoretto, aunque considere 'El hombre de la barba blanca' como una de las pinturas más espléndidas que se hayan pintado nunca, vengo a causa de este banco de la sala Bordone y de la influencia ideal de la luz en mi talante". Y es así porque, en más de un sentido, el que ve el cuadro es visto por el cuadro en una suerte de mirada doble que hace las veces de espejo de sí mismo.
Pero sepa el lector que ese es el inicio anecdótico del hilo de Ariadna que no le llevará feliz a salir de dicho laberinto, sino a no querer salir de él, convertido gracias a la escritura de Bernhard en el centro oscuro de un bosque mental espesísimo –y muy claro– donde se sumergerán tres personajes –Atzbacher, Reger e Irrsigler– que bajo la mano que mece el texto confunden miradas, perspectivas e instancias narrativas para acabar diciendo, por voces interpuestas, que escribir "es un problema estilístico, y el lenguaje ocupa el primer plano, no la vida". Así Bernhard.
El mundo de este escritor genial es interno y siempre más a fondo y siempre más abajo y después siempre seguir y seguir y repetir y siempre volver a repetir
De todo ello se deriva, como señala con acierto Aparicio Maydeu, que la piedra de toque de toda la literatura de Bernhard no son los temas, que los hay, ni las diatribas contra el estado austriaco, que las hubo día sí y día también y que fueron, qué duda cabe, también legendarias ("El Estado que todo lo arruina"). Ni siquiera la perspectiva sobre lo exterior. No. El mundo de este escritor genial es, ya se sabe, interno y siempre más a fondo y siempre más abajo y después siempre seguir y seguir y repetir y siempre volver a repetir. Como una larga y sinuosa cadencia vocal.
No es el asunto del que habla Bernhard lo que interesa al lector que asiste atónito a una prosa, como afirma Aparicio Maydeu, "oscura e hilarante [...], en fin, falta siempre de cohesión lineal, trufada de repeticiones, verbal hasta la médula, en ocasiones cercana a la letanía o a la confesión, febril, demencial y obsesiva hasta la exasperación. Una prosa liberada de necesidades argumentales y centrada en el lenguaje mismo". Exacto: lo que interesa al lector pasa por seguir sosteniendo la lectura de una escritura torrencial, atribulada porque es cómica y cómica porque es atribulada, prosa que incluso es capaz de ir contra el mismísimo lenguaje, contra el sentido común del lenguaje, y a pesar de ello seguir siendo musical.
Mirar de frente
La técnica, los modos de decir, las digresiones, las legendarias cursivas, las repeticiones, todos esos elementos pergeñados por una prosa dirigida con mano firme por un narrador insaciable e indomable son los recursos sobre los que fija su atención Aparicio Maydeu en esta edición y que acertadamente le hacen constatar al lector que la literatura de Bernhard es una masa textual a la que hay que mirar de frente, del mismo modo que Reger mira el 'Retrato del hombre de la barba blanca'.
La literatura de Bernhard es una masa textual a la que hay que mirar de frente
Para aquel que creía que el "austriaco es el fingidor genial, el más genial comediante en general" todo "desemboca en la insoportabilidad. Todo. La única fuerza que existe [...] es la de la imaginación. Todo es imaginado. Sin embargo, imaginar, es fatigoso, mortal", así Bernhard en 'Trastorno'. Y es todo así imaginado porque el "caos tranquiliza" y porque para mirar, para pensar, para leer, para construir, para componer, para pintar, para todo acto que requiera al hombre dice Reger, que escribe Atzbacher (el narrador y personaje observador en 'Maestros antiguos'), que ha visto Irrsigler (el asistente de galería), es imprescindible pensar, leer, construir componer y pintar siempre más intensamente y todo ello con la obligatoriedad de convertirlo en caricatura, "tenemos que caricaturizarlo" todo porque "hay fenómenos en el mundo de la naturaleza [...] que no podemos 'ridiculizar', pero en el arte se puede 'ridiculizar todo', todo hombre puede ser ridiculizado y convertido en caricatura si queremos, si lo necesitamos". Así Reger.
Contra todo y contra todos
Que Bernhard haya sido visto y leído como un autor 'serio' no deja de ser una contradicción porque si es algo es un cómico de una seriedad apabullante y dotado de un humor corrosivo y penetrante como pocos. Un escritor que arremete, en forma de 'comedia' (que con buen tino esta edición hace notar insistentemente desde el mismo título) contra todo y contra todos, incluso contra el filósofo que cambió la filosofía del siglo XX –Martin Heidegger–, "un hombre poco inteligente, carente de toda fantasía, carente de toda sensibilidad, un rumiante filósofo superalemán, una vaca filosófica constantemente preñada, dijo Reger, que pastaba en la filosofía alemana y durante decenios dejó caer sobre ella en la Selva Negra sus coquetas boñigas".
Aquel verso memorable de T. S. Eliot incluido en 'Cuatro cuartetos' –"En mi fin está mi principio"– es una de las condiciones ideales de este libro de Bernhard: en la última de sus novelas está todo Bernhard, como en más de un sentido en su primera novela ya estaba su final. Esta edición cuidada hasta el último detalle (vean si no como muestra de ello las fotografías que se incluyen, entre otras la del cuadro en cuestión y la del banco de la sala Bordone desde la que Reger –y el lector– contemplan la obra de Tintoretto) es una oportunidad excelente para volver sobre uno de los grandes escritores del siglo XX.
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