CRÍTICA
'Pícnic extraterrestre', de Arkadi y Borís Strugatski: la visitación
En esta obra, que inspiró a Andrei Tarkovski la fascinante ‘Stalker’, el estudio de lo ajeno, de lo que escapa al marco terrestre, no hace sino reenviar al escrutinio de lo humano

Arkadi y Borís Strugatski, autores de ‘Pícnic extraterrestre’. / EP
El cineasta Andrei Tarkovski rodó en Estonia, en el año 1979, uno de sus largometrajes más fascinantes: 'Stalker'. Obra abierta a multitud de interpretaciones, la película sigue los pasos de un singular guía, el stalker del título, que se adentra en compañía de dos viajeros, un científico y un escritor, en un lugar ambiguo, con un pie en la razón y el otro en la magia, y en el que las cosas suceden atendiendo a una lógica extraña, compleja y enrevesada: la Zona. En un ángulo de ese espacio, nacido después de la llegada a la Tierra de unos visitantes venidos de otro mundo, producto quizá de la caída en ella de un meteorito o del paso de algún fenómeno físico de naturaleza insólita, existe una habitación, un umbral en realidad, ante el que basta detenerse y pensar en un deseo.
Ni siquiera es preciso verbalizar la petición. Si el deseo es real, si no brota de la pura codicia o del capricho del instante, sino que arranca de la necesidad más íntima de cada peregrino, el lugar satisface al demandante su anhelo. La Zona, así, atesora en su seno uno de los más antiguos sueños de la humanidad: el genio de la lámpara, el abracadabra que cancela la distancia entre un deseo y su cumplimiento.
La novela que inspiró 'Stalker' había sido redactada en el año 1972 por los hermanos Strugatski: Arkadi y Borís. Su título resultaba tan enigmático como seductor: 'Pícnic extraterrestre'. Disfrutar hoy el original de esa obra, a más de medio siglo vista de su redacción, supone una ocasión magnífica para admirar uno de los textos más originales y poderosos de la ciencia ficción soviétiva, y permite además, en una suerte de bonus track impagable, advertir qué extraordinario trabajo de adaptación de la novela llevó a cabo Tarkovski para conducirla a su terreno estético e ideológico, sin por ello perder de vista en ningún momento los motivos y temas que los hermanos Strugatski condensaron en esta sugestiva parábola. 'Stalker' alberga, desde esa óptica, un profundo misterio creativo. Es fiel al espíritu del texto que la animó y, a la vez, es radicalmente distinta. Es un raro y fenomenal ejercicio de multiplicación del talento. Una obra maestra de segundo grado.
'Pícnic extraterrestre' transcurre en Harmont, una ciudad en la que quince años antes del inicio de su peripecia ha acontecido la Visitación, un fenómeno tras el cual la Zona en la que se desarrolla la mayor parte de la acción ha convertido su perímetro en un jeroglífico de carácter intraducible, en el que sólo la pericia del stalker de turno puede garantizar un asomo de éxito, aunque no siempre la supervivencia, ni la propia ni la de sus acompañantes ocasionales. Claro que las trampas espaciales no son el único atributo de la Zona, sino que, además, en sus límites han quedado atrapados una colección de objetos muy peculiares, algunos de ellos maléficos, como el gas coloidal o gelatina de bruja, y otros benéficos, como los así, nombre que reciben ciertos dispositivos que operan al modo de pilas eternas, sin fecha de caducidad.
Abigarrada cultura material
El conjunto de esa abigarrada cultura material, que probablemente haya influido en otra obra posterior de la ciencia ficción, la espléndida "Pórtico", debida a Frederik Pohl, ha creado un mercado negro en el que los stalker, personas que entran y salen de la Zona en busca de sus tesoros, desempeñan un papel de primer orden. Las andanzas del protagonista de la novela, un guía llamado Redrick Schuhart, son, de hecho, el pivote sobre el que la acción bascula a lo largo de ocho años de aventuras sin número, meditaciones filosóficas y revelaciones científicas. En torno a ese personaje capital, de carácter rudo y corazón indomable, los hermanos Strugatski constelan un elenco de secundarios que conforman el marco general del que 'Pícnic extraterrestre' deduce su catálogo de intenciones, de enorme calado y significación.
Porque la novela no se aproxima sólo al tema que parecería más inmediato dada su premisa, el del contacto con otras formas de inteligencia, sino que profundiza en una serie de interrogantes que, siquiera sea por contraste, acaban por situar a la condición humana en el centro exacto de su pesquisa. Expresado de otro modo: toda xenología es, en verdad, una antropología. El estudio de lo ajeno, incluido aquello que escapa al marco terrestre y a las coordenadas cotidianas, no hace otra cosa que reenviar al escrutinio de lo propio. Lo más lejano significa a menudo una prospección de lo más íntimo.
Prolongando aquí la estela de otro escritor mayúsculo, Stanislav Lem, el autor de 'Solaris', la segunda novela del género que Tarkovski adaptó al cine, los Strugatski se cuestionan en 'Pícnic extraterrestre' a propósito de la razón humana y de sus límites, buscando no tanto una definición satisfactoria de la misma (la novela, en cualquier caso, es muy generosa al respecto: la razón es un atributo que hace que las acciones humanas sean distintas de las acciones de los animales; la razón es un instinto complejo que aún no ha alcanzado su último grado de desarrollo; la razón es la capacidad de emplear las fuerzas que el mundo ha puesto a nuestra disposición sin llegar a destruirlo; la razón es la evidencia de que la humanidad ha sobrevivido hasta la fecha y de que tiene intención de seguir haciéndolo en el futuro) como un modo de conciliar esa razón, tan difícil de apresar y de sistematizar mediante una definición, no sólo con lo que nos ha sido dado conocer, que es ya mucho, sino con lo que nunca podremos llegar a conocer, que es, sin duda, mucho más.
De hecho, la hipótesis de que nuestra especie está dominada por un ansia casi patológica de entendimiento, pero que para que ese entendimiento se dé no es necesario el conocimiento (y los Strugatski acuden aquí, por descontado, al más problemático y resbaladizo de los conceptos: Dios), abre una dimensión abismática en el cuerpo de esta novela repleta de simas no sólo físicas.

Pícnic extraterrestre
Arkadi y Borís Strugatski
Traducción de Raquel Marqués
Sexto Piso, 206 páginas 21,90 euros
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