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REPORTAJE

Maria Montessori, la pedagoga que dignificó el magisterio

El pasado 23 de diciembre se cumplieron 110 años de la primera visita a Barcelona de la humanista y filósofa italiana, fundadora de uno de los métodos más revolucionarios de la enseñanza

La filósofa, humanista y pedagoga italiana Maria Montessori, fundadora del famoso método de enseñanza que lleva su nombre.

La filósofa, humanista y pedagoga italiana Maria Montessori, fundadora del famoso método de enseñanza que lleva su nombre. / EP

Anna Maria Iglesia

Barcelona
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“Tiene el nombre de mi colegio”, me dice Martina, mientras sujeta con sus manos la biografía para niños que María Isabel Sánchez Vegara ha escrito de Maria Montessori. “Porque yo voy al cole italiano Maria Montessori”, prosigue la pequeña de cuatro años, señalando el retrato de Montessori niña que ilustra la portada del libro. Ella no lo sabe, pero la pedagoga italiana inauguró su colegio, fue el 10 de octubre de 1930, cuando el centro educativo todavía tenía sede en el Eixample, antes de trasladarse al barrio barcelonés de Sarrià, donde hoy se encuentra.

No fue aquella la primera visita que Montessori hizo a Barcelona, ciudad que convirtió en su hogar y de la que se despediría definitivamente en 1936, tras el estallido de la Guerra Civil. Durante la dictadura, su legado pedagógico sería desprestigiado y olvidado; no sería hasta la democracia y, sobre todo, a partir de los años ochenta cuando el llamado 'método Montessori' volvería no solo a despertar interés, sino a ser reivindicado, influyendo directamente en las siguientes escuelas pedagógicas.

“Barcelonina”, así definió en 1952 Eladi Homs en un artículo para 'Destino' a la pedagoga italiana. El artículo se publicaba el 11 de mayo, solo cinco días después de que Montessori falleciera en la ciudad holandesa de Noordwijk. Maestro y pedagogo, Homs fue el responsable de la difusión del 'método Montessori' en Cataluña y uno de los principales fautores de la visita de la italiana a la capital catalana. Esa, en principio, breve estancia se alargó hasta el punto de que, tras un breve paréntesis, la italiana convirtió en 1917 esa ciudad en su casa.

Montessori pisaría Barcelona por primera vez el 23 de diciembre de 1915. Llegaría en tren, proveniente de Madrid junto a su hijo Mario. Con ellos viajaba también Anna Maccheroni, su principal discípula, y en Barcelona Montessori se encontraría con otras dos de sus más allegadas colaboradoras, Anna Fedeli y Adelia Pyle que, originaria de Nueva Jersey, sería su traductora e intérprete en el viaje que realizaría en los meses siguientes a Estados Unidos, donde inaugurará la primera “casa di bambini” en suelo norteamericano.

Llegando un 23 de diciembre, esas Navidades de 1915 Montessori las pasaría junto a su hijo Mario en Barcelona. Asistió “a la misa del Gallo en la iglesia de Nuestra Señora de Pompeya” y también “al concierto de canciones populares navideñas del Orfeó Català”, recordaría Homs en aquel artículo de 1952. La pedagoga ocupó “el palco central de la Diputación y era blanco de las admirativas miradas de los asistentes”, prosigue Homs, que cuenta cómo Montessori se emocionó hasta tal punto escuchando 'El cant dels ocells' que tuvo que retirarse del palco. Maccheroni, queriendo disculparla, explicó que su emoción se debía a la reciente muerte de su padre.

Maccheroni y Homs, teloneros

Anna Maccheroni llegó a Barcelona en el mes de febrero de 1915 invitada por el Consell de Pedagogia, institución educativa de la Mancomunitat de Cataluña de la que era secretario Eladi Homs. Uno de sus principales objetivos era modernizar las escuelas catalanas y ponerlas al mismo nivel de las extranjeras. Tal y como cuenta Daniel Cañigueral Viñals en su artículo en 'Educació i Història: Revista d’Història de l’Educació', por entonces ya había llegado noticia de la renovación pedagógica que estaba llevando a cabo Montessori en Roma: en la revista 'Feminal', en septiembre de 1911, Josep Alemany i Borràs publicaba ‘Constures Modernes’, un artículo en el que presentaba el método montessoriano a los lectores.

“La principal señal de éxito de un maestro es poder decir: los niños están trabajando como si yo no existiese”, sostenía Montessori

Un año más tarde era Homs quien dedicaba un artículo al innovador método de la italiana en 'Revista de Educación'. Desde el Consell, se eligió la Casa Matenitat como el espacio en el que plantear esta escuela moderna que tenían en mente. “La principal señal de éxito de un maestro es poder decir: los niños están trabajando como si yo no existiese”, sostenía Montessori, para quien las aulas debían estar organizadas para que los materiales didácticos estuvieran al alcance del niño y el mobiliario fomentara su autonomía.

La necesidad de formar a maestras en el método, de adecuar los espacios y construir mobiliario hizo que seis maestras viajaran hasta Roma para asistir a un curso internacional de formación y que el también pedagogo Juan Palau Vera visitara los centros de Montessori en Roma. Es 1914. Ese verano, el Consell organizó una escuela de verano en la que se dio a conocer, a través de una serie de clases y conferencias, la innovadora pedagogía a los asistentes. El curso fue un éxito y animó al Consell a organizar en 1916 un Curso Internacional Montessori, seminario que no podía celebrarse antes, puesto que la italiana estaba por entonces en Estados Unidos. Fue en este contexto en el que se produjo la llegada de Maccheroni a Barcelona, ciudad que se convirtió también en su casa.

Maccheroni llegó para participar en la apertura del primer centro montessoriano de Barcelona, que, finalmente, no tuvo su sede en Casa Maternitat, puesto que, como cuenta Cañigueral Viñals, Maccheroni se dio cuenta de que aquel espacio no era el adecuado. Con la colaboración de varios intelectuales, consiguió un local en calle Universidad. Los primeros cuatro meses de funcionamiento del aula fueron un éxito, tal y como dejó por escrito la propia Maccheroni, y obligó a un nuevo cambio de sede. Se necesitaba un espacio más grande para los alumnos del siguiente curso escolar, un espacio, además, para poder mostrar a Montessori cuando llegara a finales de 1915. Y así se trasladó la escuela a la calle Diputación.

Montessori, punto de inflexión

“El niño no es un ser extraño que el adulto puede considerar desde el exterior, con ciertos objetivos. El niño es la parte más importante de la vida del adulto. Es el constructor del adulto”, escribió Montessori en 'El niño: el secreto de la infancia', libro compuesto por distintas conferencias que se publicó por primera vez de manera íntegra en inglés en 1937. Su redacción, sin embargo, tuvo lugar en Barcelona, tal y como cuenta la propia Montessori en el prólogo a la edición en castellano, y estuvo marcada por las tensiones políticas y sociales que preanunciaban el escenario bélico que no tardaría en llegar: “'El niño' hace su aparición en España; pero su voz no es desconocida, había ya resonado antes. Varios de sus capítulos fueron difundidos por los micrófonos de Radio Asociación de Cataluña. Débil voz que, con acentos casi proféticos, parecía ya presagiar los trágicos acontecimientos que debían ensangrentar nuestra amada Patria”.

Estas pocas líneas, escritas ya desde Holanda, son particularmente elocuentes, ya que subrayan de qué manera la propuesta pedagógica de Montessori está estrechamente ligada a una reflexión que trasciende lo estrictamente educativo: su catolicismo no dogmático y no siempre acorde con la doctrina -tuvo un hijo fuera del matrimonio, este creció con sus abuelos paternos y ella siempre rechazó el matrimonio, considerándolo una prisión para la emancipación de la mujer-, su compromiso con la causa de las mujeres y su absoluta convicción de que la educación es la herramienta principal para alcanzar la igualdad están detrás de sus textos, especialmente de los más políticos.

Montessori tuvo un hijo fuera del matrimonio que creció con sus abuelos paternos, y siempre rechazó el matrimonio, considerándolo una prisión para la emancipación de la mujer

Son textos que, partiendo de la pedagogía, abordan cuestiones como el derecho al voto de la mujer, la educación femenina o la necesidad de nuevas interrelaciones para consolidar la paz. “La humanidad crea sus propias leyes y evoluciona; y las condiciones para el niño empeoran a medida que mejoran las que existen para el adulto (…) Y la humanidad, hoy tan débil, tan enferma, víctima de tantas tentaciones, ya no tiene la fuerza de cambiar su curso. La humanidad misma es el problema más importante de nuestro tiempo”, escribió en la ponencia pronunciada en el Sexto congreso internacional Montessori en 1937 y reunida, junto con otras conferencias, en el volumen 'Educación y paz'.

Para Montessori, que en 1932 volvió a instalarse en Barcelona, después de que en la Italia fascista se le cerraran todas las puertas, “establecer una paz duradera es obra de la educación; lo único que puede hacer la política es librarnos de la guerra”; de ahí que, para ella, reformar la educación, repensar el espacio requerido por el niño y situarlo en el centro era la única manera, ya no solo de establecer una paz duradera, sino de construir una sociedad más igualitaria y libre. Porque el niño, insistirá en más de una ocasión, es el constructor del adulto y, a la vez, es aquel que sufre sus consecuencias: “El bien o el mal del hombre maduro tiene una relación muy estrecha con la vida infantil, que lo formó. Sobre el niño recaerán todos los errores y él recogerá los frutos".

El niño, insistirá en más de una ocasión, es el constructor del adulto y, a la vez, es el que sufre sus consecuencias

Sin embargo, en tanto que constructor, el niño es un ser que posee desde su nacimiento una personalidad, unas habilidades y unas inclinaciones propias: “Cuando en nuestras escuelas tuvimos en cuenta la personalidad del niño y le dimos la posibilidad de desarrollarse al máximo (…) nos demostró que contaba con una personalidad completamente distinta de la que habíamos imaginado, con rasgos exactamente opuestos a los que otros le atribuían”, leemos en 'Educación y Paz'.

En efecto, ya algunos años antes, en los textos redactados en Barcelona defendía que su método resultaba novedoso precisamente por respetar “la personalidad infantil, hasta un grado jamás alcanzado por los otros métodos de educación”. Y este respeto se expresaba en el fomento de la autonomía del niño: el adulto, sostenía la pedagoga, debe acompañar al niño en el desarrollo de su personalidad, no moldearlo a su manera. Porque, continuaba, el aprendizaje en la autonomía es el aprendizaje en la libertad, término clave en sus reflexiones sobre la paz, pero también en sus textos en torno a la causa de las mujeres. Pero el aprendizaje de la libertad solo puede tener sus frutos si la educación se convierte realmente en una herramienta a favor de la igualdad y de la emancipación colectiva.

Las maestras, ejemplo feminista

“¿Qué hay más feminista que escribir un libro sobre una maestra?”, se preguntaba Lara Moreno en el prólogo de 'Historia de una maestra' de la escritora y pedagoga Josefina Aldecoa, de quien este 2026 se cumplen cien años de su nacimiento. A la pregunta de Moreno, Montessori quizás hubiera contestado que lo único más feminista es ser maestra. Porque, como leemos en los textos reunidos en 'La causa de las mujeres', “son las mujeres preparadas gracias a estudios superiores, y formadas en la experiencia que proporciona esa lucha que es la vida, las únicas que podrán ejercer de guías y serán plasmadoras de las nuevas con ciencias. El concepto democrático que marcará la dirección de los pasos que daremos por el mundo no puede tener otra base que no sea una fundada en la preparación de conciencias iluminadas”.

Para Montessori, magisterio era un estudio que tenía una doble importancia: por un lado, para muchas mujeres era la única posibilidad de acceder a los estudios y, por tanto, de emanciparse a través de un trabajo. Por el otro, magisterio era el estudio de quienes tenían en sus manos la posibilidad de afianzar un mundo democrático en paz e igualitario.

“Importa mucho la minuciosa observación de las escuelas de magisterio y de las cuestiones pedagógicas y sociales que allí se tratan. En ellas se concentran, de hecho, las jóvenes más inteligentes de Italia”, sostenía la pedagoga reclamando más inversión en las escuelas de magisterio y más reconocimiento social a la profesión de maestra. “¡Estas jóvenes serán las educadoras de las educadoras del pueblo!”, leemos en su artículo 'Feminismo: nuestras victorias'. Y poco se puede añadir. Quizás, únicamente que ese reconocimiento reclamado todavía está por llegar.