ENTREVISTA
Florian Zeller, dramaturgo y cineasta: "En estos momentos estamos viendo hasta qué punto es quebradiza la realidad en la que se basaba nuestra vida"
La editorial De Conatus publica en España su trilogía familiar, formada por las obras 'El padre', 'El hijo' y 'La madre', mientras rueda su tercera película, 'Bunker', con Penélope Cruz y Javier Bardem

El dramaturgo y cineasta francés Florian Zeller. / Samuel Kirszenbaum
Amigo de Milan Kundera y admirador confeso de Harold Pinter y David Lynch, dice Florian Zeller (París, 1979) que descubrió el teatro por casualidad, como suele pasar con casi todo lo importante. Ya había publicado varias novelas y una primera obra, El otro, pero en 2004 le encargan el libreto de una ópera que no puede terminar Françoise Sagan, ya enferma, y conoce a Gérard Depardieu, descubre la energía de los ensayos, el milagro de la interpretación y esa electricidad que alimenta todo trabajo colectivo.
Zeller decide quedarse a vivir en ese lugar y el resto ya es historia: más de una docena de obras escritas y representadas en medio mundo que le han valido un Premio Molière, un Laurence Olivier y el Grand Prix Théâtre. Además, ha llevado al cine dos de ellas, El hijo y El padre —esta última galardonada con dos Oscar, dos Bafta, un Goya y un César—, y actualmente rueda su tercer largometraje, Bunker, con Penélope Cruz y Javier Bardem.
Zeller, que desde noviembre ocupa el mismo sillón de la Academia Francesa que ocuparon Corneille o Victor Hugo, es la viva imagen del éxito. Sin embargo, en su “trilogía involuntaria”, formada por las obras El padre, La madre y El hijo, que publica De Conatus con traducción de Coto Adánez, sitúa a sus personajes en un espacio de tensión y conflicto, frágil e inestable, plagado de pérdidas y fracasos, ese universo de infelicidad familiar que tan bien definió la Anna Karenina de Tolstoi.
¿A qué responde esta decisión?
No lo sé y, además, intento no saberlo. Busco ser lo menos consciente posible de lo que voy a hacer e intento buscar estrategias intelectuales para no tener lucidez sobre lo que hago y mantenerme lo más alejado posible de una intención. Creo que escribo para saber lo que escribo. Es verdad que veo que vuelven los mismos temas, los mismos personajes, pero no es un proyecto literario, no es un objeto de obsesión particular. Si fuera una familia muy alegre, no habría obra. La familia es la matriz en la que el individuo se define contra los modelos y contra sí mismo, es el territorio de la interrogación existencial individual. Podría encontrar los vínculos entre lo que escribo y mi propia vida, conozco esos vínculos, pero los descubro después. El padre cuenta la historia de un hombre que sufre una demencia senil y pierde sus referencias. Mi abuela vivió algo parecido, pero no escribí la obra para contar ese recuerdo, sino otra emoción que yo sentía cuando era niño, relacionada con esa confusión de la realidad, y escribiendo me di cuenta de que había resurgido, sin yo haberme dado cuenta, aquello que viví con mi abuela. De la misma forma, El hijo habla de un problema psiquiátrico y sé en qué puntos de mi propia biografía se apoya, pero no escribí esa obra para hablar de mí. Lo que me mueve es la relación con el público, con el otro, y sé que en una sala todo el mundo, de una manera u otra, está conectado a ese tema. Todos tenemos un padre, una abuela o una madre que ha pasado por esa experiencia. Todos los jóvenes han estado expuestos a estas crisis de identidad o conocen a alguien que ha tenido problemas psiquiátricos. Lo que me interesa no es mi historia, sino la historia de cada uno de nosotros que yo también llevo dentro. Quizá lo que todos tenemos en común y lo que nos une es la respuesta a ese territorio familiar.
El teatro es lo opuesto a un panfleto, a un eslogan o un pensamiento simplificado
En La madre, una mujer pierde la cordura cuando su hijo se independiza; en El hijo, un adolescente pierde las ganas de vivir, y en El Padre, un hombre con Alzheimer pierde la memoria y con ella, su identidad. ¿Por qué le interesa esa idea de pérdida que atraviesa a los personajes de su trilogía?
Yo soy muy transparente al escribir, voy hacia lo que me revuelve y conmueve casi sin filtro, e imagino que esa es la emoción que me guía, pero en todas esas obras también está muy presente el acompañamiento. Es verdad que en El padre hay un hombre que pierde la cabeza, pero también está su hija que intenta acompañarlo. En El hijo hay un chico que pierde las ganas de vivir, pero también hay un acompañamiento, un padre que intenta ayudarlo, aunque no lo consigue. Es decir, está la idea de la pérdida, pero junto a eso, está la idea de intentar acompañarla, unas veces lográndolo y otras no. Eso es lo que me interesa, la idea de que, por encima del desastre humano, se puede dar energía y amor para apoyar al que cae.
A lo largo de la historia, la carga de los cuidados ha recaído sobre las mujeres y eso está presente en esta trilogía pero, frente a ellas, sus personajes masculinos están siempre ocupados, trabajando, son hombres ausentes…
Quizá porque es mi caso. No hablo de mí, pero sí tengo la impresión de ser todos los personajes de la obra, todos los personajes vienen de un lugar que hay dentro de mí y creo que hago dialogar partes que llevo dentro. En estas tres obras los personajes tienen los mismos nombres, aunque no son los mismos personajes, porque es una especie de repetición deformada de la misma realidad. La primera de estas tres obras que escribí fue La madre, que se centra en la historia de las mujeres de las generaciones anteriores, que cuando perdían su estatus de madre y esposa tenían la impresión de perderlo todo. Pero no es autobiográfico. Yo he crecido con mi madre y no he tenido la figura de un padre que trabajaba. Mi madre echaba las cartas del tarot, así que ya existía una relación con la narración, es como si ella me hubiera transmitido una educación literaria, aunque en mi casa no había muchos libros y tampoco tuve una educación teatral, pero he crecido con una mujer que no paraba de contar historias y cuya relación con el mundo era, sobre todo, a través de cosas invisibles. Creo que eso ha determinado uno de los colores de mi trabajo. En algunas de mis obras aparece la duda acerca de si los personajes están o no están, la frontera entre la vida y la muerte siempre es muy tenue.
Lo que me interesa no es mi historia, sino la historia de cada uno de nosotros que yo también llevo dentro
¿De qué se nutre su teatro?
De muchas cosas diferentes, pero tengo que decir que cada pieza tiene una trayectoria íntima distinta. Tal vez uno de los puntos comunes ha sido el deseo de trabajar con un actor, he escrito muchas piezas soñando con ellos, siento fascinación por esos seres singulares que son los actores. Creo que esta forma de funcionar del deseo ha sido el origen de muchas obras pero, obviamente, debo encontrar siempre algo más y, a menudo, un rostro, una presencia singular en el mundo o una voz han abierto un camino a algo que yo llevaba dentro de mí y de lo que no era consciente. Siempre tengo en mente la representación teatral posterior, la mía es una escritura destinada a encontrarse con el público y me conmueve mucho el hecho de que las emociones circulen entre lo que se intenta ofrecer y lo que se recibe o no. Compartir las emociones es casi una sensación física.
Su teatro apela a la complejidad en tiempos en los que parece primar la simplicidad. Sus obras discurren en varios planos de realidad, juega con las contradicciones de sus personajes y esa arquitectura dramática, creo, se traduce en un teatro exigente que huye de la certidumbre
La primera vez que sentí una emoción en el teatro yo era adolescente. Acompañé a un amigo que era actor, participaba en una función de fin de curso y representaban varias escenas de algunos autores, una de ellas de Harold Pinter, pero no eran buenos actores. Sin embargo, experimenté y comprendí la ambivalencia del lenguaje porque lo que me llegaba era no solo lo que se decía sino lo que había detrás de lo que se decía. Esto se ve clarísimamente en Pinter, en sus obras un personaje puede decir no, pero está diciendo sí. Esa emoción es la que me ha guiado hacia el teatro. Parte de lo gozoso que tiene es que participas en comprender lo que ocurre, formas parte de la construcción de una narración y tú mismo debes averiguar, a través de los distintos vericuetos, lo que ha ocurrido. Sobre la complejidad de la que usted habla… yo no pretendo perder al público, sino invitar al espectador a buscar un sentido a través de su propia sensibilidad.
Creo que el mío es un teatro simple y le voy a decir por qué. Por ejemplo, en El padre estamos todo el rato pensando que sucede una cosa hasta que nos damos cuenta de que está pasando otra. La suma de contradicciones hace que la coherencia sea imposible y mi objetivo es llegar al final de la obra a un lugar donde, independientemente de la complejidad del camino, todo el mundo sepa exactamente qué ha pasado. Es decir, hay tantas cosas contradictorias que, desde un punto de vista intelectual, nos vemos obligados a abdicar para dar un sentido al conjunto y priorizar el punto de vista puramente emocional. Y eso, lo puramente emocional, es para mí el territorio luminoso de la sencillez. Por definición, aunque no haya una arquitectura compleja, el teatro es una invitación, una introducción, una exposición a la polifonía del mundo. Y esto es político. Es decir, es lo opuesto a un panfleto, a un eslogan o un pensamiento simplificado. Esto significa que cada personaje puede encarnar una visión del mundo, un dolor, una historia… Ninguno tiene más razón que el otro. Por eso no creo que el teatro esté para demostrar algo. Personalmente, yo no conecto mucho con el teatro político porque creo que el teatro no está para confirmar algo que ya sabíamos o intuíamos, sino para exponernos a una pregunta psicológica, emocional o existencial, a la que cada uno responderá luego con sus propias vivencias. Para mí esa es la verdadera complejidad.
Sin embargo, su teatro está proponiendo una conversación sobre asuntos que nos conciernen hoy: los cuidados en la vejez, la depresión y el suicidio de adolescentes o la salud mental y el consumo de pastillas, sobre todo de la población femenina. Y fijar su mirada sobre eso, aunque no le guste la etiqueta, no deja de ser político
Claro, la depresión de los adolescentes es un tema político, pero lo que me importa en el teatro es lanzar una pregunta, no dar una respuesta. Lo que yo llamo teatro político es aquel que quiere demostrar lo que el autor piensa, pero lo que yo quiero es que el espectador descubra lo que él mismo piensa y que tenga la impresión de que la obra habla de él.
En algunas de mis obras aparece la duda acerca de si los personajes están o no están, la frontera entre la vida y la muerte siempre es muy tenue
Es usted uno de los dramaturgos franceses de más prestigio y en su primera película como director, El padre, se llevó a casa dos Oscar, entre otros muchos premios. ¿Cómo se relaciona con la imagen de éxito que proyecta?
La belleza y la singularidad que tiene el teatro es que presencias cómo se recibe tu trabajo y no te puedes mentir a ti mismo. Es algo muy evidente y casi una sensación física cuando lo que haces no va bien y el público no recibe las emociones que has intentado transmitir. El teatro te educa en lo inestable que son las cosas y yo soy muy consciente de eso. Además, soy inquieto y lo que me interesa es lo que me gustaría hacer, no lo que ya he hecho.
¿Qué le da el cine que no le dé el teatro, más allá de que el cine perdure y el teatro no?
Me encanta lo efímero del teatro, que las cosas desaparezcan, me gusta esa idea de que lo que acaba de pasar no volverá a suceder, pero también he visto que una representación puede ser muy diferente a la siguiente, puede cambiar mucho, y llegó un momento, con El padre, que quise fijarlo. El cine me aporta el vértigo de poder fijar las cosas y eso me tranquiliza. Tengo el defecto de ser de esas personas que quieren controlarlo todo y el cine ofrece esa ilusión.
¿Cómo va el rodaje de Bunker, su nueva película?
Ahora vivo en Madrid y va muy bien, vamos por la mitad. Escribí este guión por el mismo deseo que siento al escribir obras de teatro, porque quería trabajar con estos dos grandes actores, Javier Bardem y Penélope Cruz. Me conmueven, me llegan profundamente y quizá me repito, pero lo que me parece muy potente del teatro y del cine es que experimentamos emociones colectivas y sentimos que pertenecemos a algo más grande que uno mismo.
¿Cómo observa la situación política mundial, con el avance del fascismo y Trump interviniendo en otros países?
Es muy desconcertante, en estos momentos estamos viendo hasta qué punto es quebradiza la realidad en la que se basaba nuestra vida. Pocas veces en la historia hemos visto una situación como esta en la que lo que nos espera es totalmente imprevisible. Frente a esta sensación que produce vértigo tenemos el deseo aún más fuerte de defender lo que amamos y lo que somos. Y para mí eso pasa por el teatro.
Por la idea de comunidad
Exactamente. Frente al desorden del mundo, esta sensación de comunidad es la más potente. No sabemos lo que vendrá, pero yo creo en la importancia del teatro, el cine y la literatura en el futuro.

Teatro. El padre. La madre. El hijo
Florian Zeller
Traducción de Coto Adánez
De Conatus
240 páginas
24,90 euros
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