REPORTAJE
Cookie Mueller, la narradora del lado salvaje de la vida
Murió en 1989, con solo 40 años, a causa de una neumonía derivada del sida dejando tras de sí a su hijo, un montón de amigos y una buena cantidad de textos memorables

La artista Cookie Mueller. / EP
Además de su melena rubia asilvestrada, la ropa que se hacía ella misma y su personalidad arrolladora, Cookie Mueller tenía otro secreto para que la gente se fijase en ella: pintarse los ojos con lápiz negro. En los 70, sus colegas 'hippies' se dibujaban flores en la cara, pero ella optaba por oscurecer sus párpados, un gesto (entre otros muchos) que la hacía única. El ‘eyeliner’ bien marcado la acompañó hasta el final de sus días en 1989, con solo 40 años, a causa de una neumonía derivada del sida. Dejó tras de sí a su hijo, un montón de amigos y una buena cantidad de textos memorables. Parte de ellos se han publicado hace poco en España gracias a dos compilaciones de Los tres editores. El primer volumen, que reúne sus escritos autobiográficos, 'Caminar por aguas cristalinas en una piscina pintada de negro', llegó en 2024 y ‘La verdad sobre el fin del mundo. Fábulas y columnas’ aterrizó en las librerías en otoño del año pasado. La traducción de ambos es de Rodrigo Olavarría.
El diseño de las cubiertas corrió a cargo de Oriol Corsà (fondo rosa y letras verdes para el primero, y fondo verde con letras rosas para el segundo) y ha sido esencial para su viralidad en redes sociales: de pronto, la que fue la reina del ‘underground’ más hondo de Estados Unidos hace medio siglo volvió a la fama. Un fenómeno que quizá ella se habría tomado a la ligera, porque era experta en quitarle peso a las cosas, lo que no quería decir que no le importasen. Parecía ser consciente de que vida solo hay una y dramatizar no sirve de mucho, tal vez porque uno de sus hermanos murió a los 14 años. "No había visto mucho del mundo y probablemente se evitó muchísimos problemas. Era una de esas personas demasiado sensibles como para quedarse durante mucho tiempo en la Tierra", escribió en uno de los textos de ‘Caminar por aguas cristalinas en una piscina pintada de negro’.
Cookie, cuyo nombre real era Dorothy Karen y nunca supo de dónde venía su apodo, nació en Baltimore en 1949. Se fue de casa de sus padres a los 18 años para experimentar el movimiento 'hippie' a fondo en sus comunas, con sus drogas y, por poco, en sus sectas: estuvo a punto de unirse a la familia Manson, pero se aburrió de esperar a que apareciese Charles y se fue. Después de aventuras por Estados Unidos, con una temporadita en un psiquiátrico de San Francisco incluida, se instaló en Nueva York en 1976. No podía ser de otra manera, porque en esa época, en la ciudad de los rascacielos la vida cultural no dormía (sustancias como la cocaína ayudaban, ciertamente) y ella tenía que contarlo.
Pocos conseguirían en 80 años lo que ella logró en solo cuatro décadas. Se volcaba en lo que hacía: la fiesta, las drogas, el amor, la escritura. Quizá en el tema de la maternidad surjan algunas dudas al respecto de su entrega, pero, aunque Max no tuvo una vida familiar ordenada, por así decirlo, ella nunca se separó de él y lo educó a su manera. De hecho, es el protagonista de uno de sus mejores textos ‘El nacimiento de Max Mueller’ (1971), donde la autora describe el parto como "el tipo de dolor que, para mantenerse en sus cabales, una mujer no puede recordar".
Actriz, escritora y consejera delirante
A principios de los 70 ganó una cena y una prueba de cámara para una película de John Waters en una sala de bingo de Baltimore y, casi 'ipso facto', pasó a formar parte de la 'troupe' del cineasta. Apareció en las películas ‘Multiple Maniacs’ (1970), ‘Pink Flamingos’ (1972), ‘Female Trouble’ (1974) y ‘Vivir desesperadamente' (1977) y fue gran amiga e incluso compañera de casa de otros personajes ilustres del mundo 'thrash' como Divine. También fue colega de otros grandes nombres conocidos de la contracultura estadounidense de los años 70 y 80 como Raymond Foye, Lynne Tillman, Gary Indiana, Sara Driver, John Heys o Glenn O'Brien, con quien escribió la obra de teatro ‘Drugs’ (que solo se leyó en público una vez). Puede que alguna vez le faltase dinero, pero no amistades.
Muchas de ellas aparecen en ‘Edgewise. A Picture of Cookie Mueller’, el libro que la artista Chloé Griffin publicó en 2014 con testimonios de más de 80 personas que habían conocido a la escritora. "Quería que el libro albergara a todo el grupo", dijo Griffin en 'The New York Times', "y que sirviera como un diálogo continuo de la memoria". Según también declaró la autora de esa memoria coral, el afecto que todos le tenían a la homenajeada se debe a que "poseía una libertad inquebrantable y al mismo tiempo era una madre y amiga cariñosa. Estas cualidades forman una combinación fascinante".
Aunque trabajó como actriz y muchas otras cosas, desde gogó a paseadora de caballos de carreras pasando por cobradora de deudas, camarera o traficante de droga, Mueller siempre fue escritora por encima de todo
Aunque trabajó como actriz y muchas otras cosas, desde gogó a paseadora de caballos de carreras pasando por cobradora de deudas, camarera o traficante de droga en su propio piso, Mueller siempre fue escritora por encima de todo. Terminó su primera novela a los 11 años: más de 300 páginas que encuadernó como pudo y colocó en la biblioteca pública de su localidad en el lugar que le correspondía. Años más tarde llegaron los cuentos, que ella decía que eran "novelas para personas con déficit de atención", las críticas de arte para la revista 'Details', las columnas o el consultorio 'Ask Dr. Mueller' del 'East Village Eye', muchas de ellas recopiladas en ‘La verdad sobre el fin del mundo’.
Leonard Abrams, fundador de dicha publicación (por lo tanto, responsable de 'Ask Dr. Mueller'), considera en el libro de Griffin que "sus columnas eran excelentes, muy ingeniosas y, a la vez, provocativas. Eran prácticas. Ya fuera una quemadura de sol o una indigestión, se lo tomaba en serio. No se limitaba a dar consejos como una vidente telefónica. Reflexionaba sobre ellos". Sin embargo y quién lo iba a decir, John Waters opinaba lo opuesto: "¡Se lo inventaba todo y le dijo a la gente que hiciese cosas descabelladas, cosas realmente perniciosas!".
El perejil de todas salsas
Una de las amigas que estuvo a su lado durante los años de Nueva York fue la fotógrafa Nan Goldin, que también la convirtió en una parte esencial de su trabajo. Sus retratos estaban protagonizados, en su mayoría, por sus amigos y Mueller tenía una estética y un carisma que atraía irremediablemente a la cámara. En una de sus instantáneas más representativas, la escritora aparece en pleno ataque de risa apoyada en una pared: la viva imagen de un momento de felicidad que cualquiera querría sentir. Es la foto preferida de Cookie Mueller de la escritora y crítica cultural Olivia Laing, que sostiene que "parece un torbellino, como la diversión más salvaje que uno pueda imaginar, la encarnación andante del estilo 'downtown'".
La efervescencia creativa produjo grandes trabajos y la vida social parecía una rueda que no paraba de girar en el entorno de Mueller. Pero a principios de los 80 comenzó una pandemia que lo diezmó. Nan Goldin escribió en 'The Digital Journalist', en 2001, que la primera vez que escucharon hablar del sida fue en 1981, en una reunión en la que estaban la escritora, su pareja Sharon Niesp, el fotógrafo David Armstrong y unas cuantas personas más. Mueller leyó en voz alta un artículo de 'The New York Times' en el que hablaba de esa nueva enfermedad, de la que se sabía muy poco, pero no se lo tomaron demasiado en serio. "Justo después de aquello, recuerdo un artículo de la revista 'New York' que lo llamaba ‘el cáncer gay’. Nuestro primer amigo murió en el 82: uno de los amantes de David, un modelo masculino", evoca la fotógrafa.
La efervescencia creativa produjo grandes trabajos y la vida social parecía una rueda que no paraba de girar en el entorno de Mueller. Pero a principios de los 80 comenzó una pandemia que lo diezmó: el sida
Según ella misma escribió, el primer gran amigo de Cookie Mueller en fallecer por culpa del virus fue el cineasta Gordon Stevenson (su carta de despedida cierra el primer volumen de textos publicado por Los Tres Editores). Ese 1982, la escritora conoció al artista Vittorio Scarpati en uno de sus viajes a Italia y se enamoró locamente (o sea, a su manera habitual). Dejó su relación con Sharon Niesp, con la que había compartido su vida desde hacía años, y se casaron en 1986 "en la azotea del edificio del East Village donde vivía John Heys, y esa noche hubo una fiesta en el loft del artista Joseph Kosuth", recordó la periodista Linda Yablonsky en la revista 'Dazed'. Ambos eran adictos a la heroína y estaban contagiados de VIH ya por aquel entonces. Murieron en 1989, con apenas unos meses de diferencia, por complicaciones pulmonares derivadas del sida.
Algunos de sus retratos, como el que Philip-Lorca diCorcia le hizo a Vittorio en el hospital el día de su 50 cumpleaños, son parte de la historia gráfica de esa enfermedad que durante tanto tiempo fue (y continúa siendo) un estigma. De hecho, la última fotografía de la escritora es de Nan Goldin y la protagonista está ya dentro de su ataúd en una iglesia neoyorquina a reventar de flores y gente que se quería despedir de la mágica y siempre divertida Cookie Mueller. En una de sus columnas de arte, publicada en 1988, escribió una necrológica para Jean-Michel Basquiat que podría haber servido para ella: "Vivió una vida plena. Hizo todo lo que pudo y lo hizo bien".
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