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CRÍTICA

'Amigos de paso', de Christopher Isherwood: un observador accidental

El autor británico relata en este libro distintas etapas vitales sin colocarse en el centro absoluto de las historias

Christopher Isherwood.

Christopher Isherwood. / Pablo García

Luis M. Alonso

Luis M. Alonso

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De Christopher Isherwood (1904-1986) siempre me ha gustado la franqueza con que se expresa y profundiza en el drama de la existencia humana. No lo hace con el virtuosismo de los grandes escritores porque no es uno de ellos, pero sí un autor de prosa clara, seca, hospitalaria, basada más en la precisión que en el énfasis. Digamos que practica una forma de cortesía británica. La economía en él funciona como ética. Es un ascético, cada frase suya parece escrita con el propósito de no llamar la atención sobre sí misma. Muchas veces, por no decir la mayoría, agradezco este tipo de escritores.

Isherwood vivió en el tránsito de estar, mirar y marcharse. 'Amigos de paso', que ahora publica Acantilado, es quizá el libro donde esa poética del visitante alcanza su forma más consciente y depurada. No se trata de una novela convencional, ni siquiera de una autobiografía lineal, sino de una serie de cuatro relatos largos unidos por una misma voz narrativa que recorre distintas etapas vitales, geografías y estados de conciencia. Cada sección funciona como una estancia. El lector entra en ella, convive un tiempo con ciertas personajes, ideas y deseos, y luego sale. El título no es metafórico por accidente. No designa solo un lugar físico sino un espacio moral y emocional que se alcanza sin la seguridad de regresar siendo uno mismo. Isherwood, como buen británico, desconfía de la emoción excesiva porque sabe que puede falsear la experiencia. Prefiere la precisión, incluso cuando lo que se describe es confuso o doloroso. El resultado es una escritura sin drama, pero tampoco esquiva; registra sin juzgar, aunque jamás desde la indiferencia.

El libro –llamarlo novela no es del todo exacto– se estructura en cuatro partes –"El señor Lancaster", "Ambrose", "Waldemar" y "Paul"–, cada una centrada en una relación significativa. Los nombres propios funcionan como anclas narrativas, pero también como máscaras. Son figuras a través de las cuales el narrador explora distintas versiones de sí mismo. Isherwood nunca se coloca en el centro absoluto del relato; se define por sus vínculos, por la forma en que se acerca y se distancia de los otros. Hay algo casi pudoroso en esa estrategia y es que el yo se construye lateralmente, a partir de lo que observa y de lo que deja atrás. En realidad, abarca doce años de la vida del autor.

Berlín, escenario fundamental de la mitología isherwoodiana, aparece aquí despojado de romanticismo. Ya no es solo el espacio de la libertad sexual y la experimentación artística, sino también el lugar donde la historia empieza a oscurecerlo todo. El ascenso del nazismo no se presenta como un telón de fondo espectacular, sino como una amenaza progresiva, casi doméstica. Isherwood muestra cómo la política invade la vida cotidiana y obliga a tomar decisiones que no admiten neutralidad. Sin embargo, evita el tono profético o moralizante. El deseo, homosexual, sobrevuela las páginas; Isherwood fue uno de los primeros escritores en integrar la experiencia gay en su obra sin convertirla en alegoría ni en problema a resolver. En "Amigos de paso" el deseo no es ni escándalo ni reivindicación, sino una fuerza que organiza la vida del narrador, que condiciona sus movimientos, sus lealtades y sus huidas. Esa naturalidad, no demasiado común en la literatura de su tiempo, es también una forma de valentía. Con la particularidad de que el autor no escribe para justificarse, sino para ser fiel a lo vivido.

La espiritualidad para él, y concretamente en este libro, es una inquietud subterránea. Prolifera una búsqueda de sentido que no se formula en términos religiosos, pero que se percibe en la atención constante al otro, en el esfuerzo por no reducir la experiencia a una anécdota. Cada visita deja un sedimento, una intuición, una pérdida, una forma distinta de mirar. El tiempo no es un enemigo ni un simple marco cronológico, sino una fuerza que transforma sin necesidad de grandes gestos.

La historia narrada –Berlín, 1928, una isla griega en 1933, Londres en 1938 y California en 1940– es la de un narrador consciente de sus propias limitaciones, de su tendencia a retirarse cuando la situación exige tomar partido. En el caso de Isherwood esa conciencia no se traduce en autocompasión, sino en lucidez.

Amigos de paso

Christopher Isherwood

Traducción de María Belmonte

Acantilado, 384 páginas, 26 euros