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Opinión | LAS PEQUEÑAS VIRTUDES

Berta Gómez Santo Tomás

Barcelona

La niña que espera

Quizá, si la amistad resulta tan fascinante, como tema literario y como realidad vivida, es porque sus dinámicas nunca terminan de asentarse en un ritual fijo, en un protocolo universalizable

Un grupo de niñas, entrando al colegio.

Un grupo de niñas, entrando al colegio. / Gabriel Luengas

El verano pasado estuve en Galicia, pasando una semana en la casa de una amiga y su madre. Las rutinas que impone la playa estaban establecidas y nos entregábamos a ellas con mentalidad de rebaño, abandonadas al placer del seguidismo. Bajar siempre a la misma hora, poner la toalla en la ubicación habitual, coincidir con quienes repetían nuestras repeticiones. Entre páginas de libros y conversaciones aletargadas, se nos iban los ojos a un grupito de niñas que tenían entre seis y diez años. Estudiábamos con minuciosidad sus dinámicas, juntándose, quizá por primera vez, por algo más que la coincidencia en el año de nacimiento: estaban aprendiendo a ser amigas.

Con fingida autoridad de antropólogas no participantes, un día convenimos haber asistido al momento inaugural de algo que años más tarde esas niñas llamarían “amistad”. Día tras día, su primera actividad de playa consistía en hacer una fila para que una de las madres, que no era siempre la misma pero nunca era un padre, les echase crema solar. En cuanto una era embadurnada de pies a cabeza, salía corriendo, librada de la burocracia del bronceado. A la última, que siempre era la misma, le tocaba esperar sola, entre quejidos y pucheritos, para después buscar a las demás. Pero un día la penúltima le dijo: yo te espero. Y se quedó ahí, con las piernas inquietas mientras se cogían las manos. 

Esta pequeña anécdota, que se prestaría a inspirar un poemita algo cursi y facilón de esos de acabar con los ojos llorosos, tiene mucho y nada que ver con todos los libros que se han escrito los últimos años, y especialmente este 2025, sobre la amistad. Apunten: ‘La amistad y sus derivas, una conversación entre Sabina Urraca y María Folguera’ (Continta me tienes), ‘La amiga que me dejó. Anatomía de una ruptura’, de Nuria Labari (Debate), ‘Amiga mía’ de Raquel Congosto (Blackie Books). Todo y nada tiene que ver porque las rupturas de amistad que narran y teorizan estos títulos, en realidad, empiezan con una niña que algún día esperó a otra: solo una amiga tiene el privilegio de poder ser una ex amiga.

La escritora –y amiga– Anna Pacheco escribía este mes en Substack también sobre el final de la amistad. Rupturas que no son tajantes, secas, de contacto cero, sino como una progresiva pérdida de interés en tener una conversación con la otra. Desconocer a una amiga hasta que no haya nada que explicarse, “o, mejor dicho, dejar de considerarse la una a la otra interlocutoras fiables”, escribe Pacheco, “cuando se llega al ocaso de una amistad, abundan un tipo de propuestas que nunca van en serio. Se hacen, ante todo, porque hay que seguir haciéndolas.”

Entre tanto, hay quien recrimina que la amistad no es para escribirla, para teorizarla, sino para vivirla. Pero si el amor romántico no se ha agotado como tema literario, sería absurdo pensar que este prolífico 2025 haya secado el jugo poético de la amistad. Incluso más. 

Tenemos a la amiga de-toda-la-vida, a la amiga que es una copia de esa amiga –con la primera te enfadaste–, o esa que podría haber sido amiga pero conoció a un chico neozelandés y ahora es madre en las antípodas. Quizá, si la amistad resulta tan fascinante, como tema literario y como realidad vivida, es porque sus dinámicas nunca terminan de asentarse en un ritual fijo, en un protocolo universalizable. Somos siempre esa niña que espera o que es esperada: un moverse tentativo e inestable hacia las demás. Somos siempre la niña que espera o es esperada, sí, pero también las mujeres que miran esas niñas, leyendo relatos inagotables de amistades que acaban, amistades que no lo hacen, amistades que podrían no haber acabado.