Entrevista | Francesc-Marc Álvaro
Francesc-Marc Álvaro, escritor y diputado: "Vox es neofranquista y trumpista, y Aliança Catalana es xenófoba y trumpista"
Escribiendo, enseñando y haciendo política en Madrid, el autor de Vilanova defiende la democracia con radicalidad en su último libro, 'El franquismo en tiempos de Trump'

Francesc-Marc Álvaro alerta del auge del autoritarismo en su nuevo ensayo / ACN
El periodista y escritor Francesc-Marc Álvaro (Vilanova i la Geltrú, 1967), diputado de ERC en el Congreso, no quiere que regrese la Europa de Mauthausen, donde su tío Francesc fue deportado y asesinado. En el ensayo 'El franquismo en tiempos de Trump', alerta del auge del autoritarismo y de la destrucción de la verdad.
¿Se veía venir que el autoritarismo rebrotaría?
Hace quince años no lo veía venir. Estaban los Le Pen, padre e hija, pero estaba muy acotado a Francia.
¿Cómo se explica la irrupción repentina del fenómeno?
Previamente se produjo una gran erosión, el cráter de la antipolítica, y sobre ese cráter se erige la acción populista ultra y europea. Sin la antipolítica, no tendrían una ciudadanía dispuesta a seguirlos. Sobre la antipolítica también se erigieron otros actores, como Podemos, pero ya se les ha pasado el momento.
¿Por qué se produce?
Por un lado, por las averías de las democracias; por otro, por la percepción alimentada de manera intencionada de que el mundo es peor de lo que es. El gran éxito de los populistas y de las derechas es generar una percepción de carácter negativo. Una vez difundida, llega el miedo, y el populismo presenta su programa diciendo que para salir del desastre hay que votarles.
¿2008, con la crisis, es un punto de inflexión?
En parte, sí. Hay una conexión con la crisis económica, el empobrecimiento de las clases medias, la ruptura del pacto social que incluso Reagan y Thatcher mantuvieron… Sobre el empobrecimiento se crea un sentimiento de desprotección porque hay demandas que no tienen respuesta, fallan los canales de participación, a las cuestiones urgentes se responde con lentitud, se utiliza un lenguaje que no se entiende.
¿Se ha llegado a un punto grave?
El momento actual interpela a los partidos: las averías del sistema y los debates que no se han hecho o no se han hecho bien. En la socialdemocracia, en la que yo me inscribo, tiene que ver con silencios que la ultraderecha ha aprovechado, como el tema de la inmigración. Las izquierdas no hablaban de ello y temen que lo hagan los ultras y que sea la única voz que llegue al pueblo. Vamos tarde, pero ya se debate cómo evitar que quien se abstenga o siente desafección por la política caiga del lado de los ultras.
¿Por qué no se hizo antes?
Por miedo a abrir debates, por prevención ideológica, inercia, comodidad… y ahora tenemos que hacerlos a la fuerza. Y también el debate de la seguridad. Lo más progresista es la seguridad pública, porque los ricos se la pueden pagar.
Trump y Putin son unos abusadores, uno de cada lado, y sus imitadores van probando los límites
¿Trump es un síntoma?
Trump es la expresión de una época y el líder moral y espiritual. Si eres un líder europeo o sudamericano, vas a Washington y te entregan el kit que les ha funcionado. Vox es neofranquista y trumpista, y Aliança Catalana es xenófoba y trumpista. Ambos son trumpistas. Y eso los conecta con Orbán, Meloni…
Trump perdió y volvió.
2016 fue un ensayo, ahora tiene más contenido y ha salido del armario. En el primer mandato probó qué se podía hacer. Bannon creó franquicias en Europa y América. Lo que vemos ahora se ha ido trabajando.
¿Cómo debe afrontarse el combate?
La condición previa es la unidad de los demócratas: la izquierda verde, la socialdemocracia, los republicanos, los democristianos, los conservadores moderados, los liberales. No queremos volver al mundo anterior a 1945, que nos lleva al desastre. ¿Cómo puede ser que la Unión Europea plantee crear campos de refugiados y migrantes en otros países? Es éticamente reprobable, lamentable, y supone un olvido de las lecciones de la historia.
¿El PP también debe estar?
Merkel, democristiana, siempre tuvo clara una línea que no se podía cruzar, había que mantener a los ultras a raya. Es una brújula moral. El PP debe estar con los demócratas, pero no lo ha hecho, sigue a Vox. Valencia es el laboratorio: para elegir a un presidente, han dado a los ultras todo lo que han pedido.
¿Por qué a los jóvenes les atrae la extrema derecha?
Hay una apropiación de la rebelión por parte de los ultras. En los años 20 y 30 del siglo XX, el nazismo y el fascismo se definían como 'antiestablishment'. Ahora hacen lo mismo, pero con un móvil en la mano. Es la misma estupidez gregaria, ahora con un arma de destrucción masiva, que son las redes. Multiplican la propaganda que hacían Goebbels y Stalin. Es una diferencia de grado, no de sustancia. Pero me parece más importante la destrucción de la verdad. La destrucción que provocan los juguetes electrónicos supera la propaganda totalitaria del siglo XX, que quería sustituir la verdad por discursos fantasiosos. Ahora se trata de la distinción entre verdad y mentira. Una parte del público dice: como no puedo saber qué es verdad, lo será lo que diga el líder. Eso sí que es nuevo. Y es más destructivo que la llegada al poder de la ultraderecha, nos lleva a un mundo de esclavos. El reto de restaurar la verdad factual es más importante que frenar a los ultras.
¿No contamos con los jóvenes?
Las encuestas dicen que la barrera más alta contra Vox son las mujeres y los jubilados. Los varones de 20, 30 y 40 años son el pez que picará el anzuelo de Vox y otros partidos ultras. Las mujeres son el último baluarte de la democracia, tienen mejor memoria de lo que es una sociedad autoritaria porque han sufrido el patriarcado. Debemos ampliar el campo de acción.
¿Vox y AC tienen un límite?
No lo sé, también lo decían de Trump. Él y Putin son dos abusadores, uno a cada lado, y los imitadores van probando los límites.
¿Indignarse ya no es suficiente?
Si no ponemos en marcha movilizaciones y estrategia política, la indignación queda en un momento de rabia. Como decía Camus, no nos podemos permitir ni el desánimo ni la posibilidad de la derrota, porque ya sabemos qué es la derrota.
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