ENTREVISTA
Samanta Schweblin: "Escribo por todo lo que aprendo de mí misma"
Figura de la actual literatura latinoamericana, ganadora del prestigioso National Book Award en Estados Unidos, la escritora atiende al suplemento ABRIL desde un pueblo remoto al sur de su Argentina natal

La escritora Samanta Schweblin, autora del libro de cuentos 'El buen mal'. / Ivan Giménez

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) sabe que, en la vida, pero también en la literatura, todo lo interesante sucede en los márgenes, fuera de lo que llamamos realidad. Por eso, en lo narrativo ella pisa, con una mirada única, el terreno de lo extraño, siempre perturbador. Lo hace en cada historia que concibe a partir de una emoción, de un sentimiento que luego, cosas de la alquimia creativa, más que de la forma, deviene en cuento (tiene cuatro libros publicados, uno de ellos, 'Siete casas vacías', merecedor del National Book Award en Estados Unidos), o en novela (hasta ahora ha escrito dos, 'Distancia de rescate' y 'Kentukis').
Esa capacidad suya para ver lo que otros ni atisban empezó a forjarze de muy chica, en el taller de grabado de su abuelo. Él, que la leía a a Gabriela Mistral y a Alfonsina Storni como si estuviera en otra dimensión, levitando casi, estaba empeñado en que su nieta fuera artista. Y algo quedó de aquel anhelo, aunque después mutara en otra forma de creación, la literaria, tras estudiar en la universidad Letras y luego cine y guión.
Cuando el añorado editor Claudió López Lamadrid nos presentó, durante una cena en el verano de 2018, ella ya sabía que fuimos creados para observar las estrellas, algo que yo tardé más en descubrir. Desde un pueblo remoto al sur del sur de Argentina, me atiende con estima y el grato recuerdo de lo compartido.
Con 8 años, su abuelo, que tenía un taller de grabado, le dijo: "O la familia o el arte". ¿Tenía razón?
No, no creo que haya tenido razón. Pero sí hay un par de reflexiones que podemos hacer al respecto. Yo lo admiraba muchísimo y generó en mí una impronta muy grande. Pero después, en mi experiencia vital, encontré madres que eran escritoras o hacían cine o eran periodistas y hacían muy bien su trabajo, habían organizado una vida en la que era posible llevar adelante ese arte, ese sueño, y a la vez ser madres y a la vez, más importante aún, ser felices, que parece que es lo que se deja fuera. Pero fueron casos excepcionales y los encontré muy de grande. Lamentablemente, la capacidad económica está muy atada a la posibilidad de hacer eso. Aunque el mundo ha cambiado tampoco ha cambiado tanto, y la carga para la mujer sigue siendo muy grande. Me desconcierta y me enoja cómo en las clases sociales medias, altas, eso todavía un poco se puede solucionar y en las clases más humildes cuesta muchísimo. Me acuerdo en mis 30, ese momento en donde muchas mujeres decimos "Bueno, voy a ser madre o no", y ahora me doy cuenta que no sé si pensé "No, de ninguna manera, odiaría ser madre". Creo que lo que pensé fue: no tengo el dinero para ser madre y ser feliz, y no quiero ser infeliz y tengo la prioridad en la escritura. Es abrumador, casi violento, cómo el tema del dinero se mete en esa decisión.
Es abrumador, casi violento, cómo el tema del dinero se mete en la decisión de ser madre
En ese sentido, ¿cómo le cambió la vida ganar un premio tan prestigioso en EEUU como el National Book Award con 'Siete casas vacías'? Fue la primera autora latinoamericana, y con un libro de cuentos, además.
Es una situación un poco contradictoria. Trajo un montón de traducciones internacionales, que se agradece muchísimo. Pero después, al menos en el mundo anglosajón, no siento que haya cambiado demasiado las ventas del libro. Le dio mucha visibilidad en el mundo de la crítica y en el mundo más literario, pero en términos de entrada al mercado anglosajón ni siquiera eso les cambia esta actitud que tienen de leer tan poca literatura extranjera.
Una actitud que con la situación política que se está viviendo en Estados Unidos podría radicalizarse más...
Eso no sabría cómo analizarlo. Entiendo tu miedo, pero, por otro lado, durante el gobierno trumpista anterior, como reacción a la situación que los artistas y los intelectuales y los lectores literarios estaban viviendo en Estados Unidos, se leyó más literatura extranjera que antes. Creo que se sentían tan asfixiados que la necesidad de mirar hacia afuera era brutal y, paradójicamente, leyeron un poco más de literatura extranjera.
La protagonista de uno de los cuentos de su último libro, 'El buen mal', dice: "En la vereda no hay columnas ni paredes ni postes donde apoyarse, pero para eso está la casa de cada uno". Me pregunto si la escritura es casa para usted.
Sí, absolutamente. Viajo muchísimo, vivo partes del año en otros lugares, y lo que es constante y lo que es descanso en mí es la escritura. Yo si no escribo siento que no descanso. Hay un estado de escritura que no siempre alcanzo pero que añoro cada día llegar en el que estás escribiendo y a la vez no estás controlando, es como un estado casi meditativo. A veces no te quedás más de unos minutos, pero hay algo ahí que para mí es tocar ese descanso, ese momento en el que conecto con algo que me supera, que no controlo, que no evalúo. Es como si la cabeza, en lugar de estar adentro de mi cuerpo, estuviera fuera. Y eso es casa, porque la casa es el lugar donde uno puede entrar y descansar sin el riesgo de ser atacado.
El National Book Award trajo un montón de traducciones internacionales, que se agradece muchísimo, pero, al menos en el mundo anglosajón, no siento que haya cambiado demasiado las ventas del libro
Lo real en su literatura es siempre extraño, perturbador. Si le pidiera que describiera esa mirada única que tiene, ¿cómo lo haría?
[Largo silencio] Es muy difícil. Es como pedirle al corazón de algo que describa su cuerpo... No sé si el corazón puede describir el cuerpo. ¿Entendés lo que digo?
Sí, y es una respuesta preciosa y precisa, o sea que si no quiere añadir nada más está bien.
No, sí diría que hay en mí una curiosidad respecto a qué es esta idea loca que tenemos acerca de lo real. ¿Qué vendría a ser lo real? Es una sensación, o una intuición, de que las certezas, y con las certezas ato ideas como la normalidad, lo que está sobreentendido, lo real, lo normativo, los acuerdos sociales, están cerradas. Y la incertidumbre es un estado casi de porosidad. Ese es el lugar desde donde escribo. Esa sensación de que cualquier cosa que sea una certeza genera una pared que no me permite ver del otro lado, y cualquier cosa que sea una incertidumbre vuelve esa pared porosa.

La escritora Samanta Schweblin. / Iván Giménez
Pero, cuando se le ocurre una historia, ¿cómo sabe que será un cuento y no una novela?
Es difícil contestar. Habría que ser muy abierto con esto. Cuando tengo una idea, me doy cuenta de que hay algo previo que tiene que ver con una emoción muy específica que me asalta. Y esa emoción está vacía, es como una especie de oscuridad pesada que no sé definir. Yo creo que lo argumental llega después como una suerte de gancho de pesca para sacar ese yunque oscuro que tienes en el cuerpo. En general, tiene que ver con la intuición de si lo que estás por agarrar es un proceso que hay que atravesar, y en ese caso sería una novela, o como un momento de revelación muy específica, en cuyo caso uno escribe más direccionado hacia el cuento. Pero es muy relativo. Sí diría que siempre hay algo en el material que me lo dicta, no es algo que yo pueda imponerle al material.
Es curioso, porque del mismo modo que parece haber un decálogo del cuento, cómo debe escribirse, no lo hay tanto para la novela.
Es tramposo pensar que el cuento tiene reglas fijas que la novela no tiene. Si vos hacés el ejercicio de analizar quiénes son los autores que en los últimos 12 siglos han escrito sobre cómo se narra, son todos cuentistas, no hay excepción. Hay algo en la cabeza del cuentista que está muy conectado con un interés formal, como si los cuentistas fueran los físicos de la literatura que se paran frente al material y dicen: "Pero, a ver, ¿cómo cuernos ocurre esto?". Es tanta la atención que le ponen al género que genera esta tendencia de escribir sobre las reglas. Pero no creo que tenga que ver con que el género tenga una rigidez. Es casi como si estuviéramos más concentrados en la alquimia que se produce en el lector que en el propio argumento que queremos narrar. Y ahí yo me siento absolutamente en línea con el clan cuentista.
Hay algo en la cabeza del cuentista que está muy conectado con un interés formal, como si los cuentistas fueran los físicos de la literatura
Usted ha pasado por talleres literarios y también da clases de escritura. ¿Qué ha aprendido como escritora enseñando a escribir?
Muchísimo. Escribo por todo lo que aprendo de mí misma. Cuando entiendes que escribes sobre el papel como autor, pero también estás escribiendo palabras muy específicas en la cabeza del lector y esas palabras no son ideas abiertas que un lector puede tener acerca del mundo sino que reacciona de una manera superespecífica y ajustada, es como descubrir un superpoder. Otra cosa que aprendí es que, sobre todo los escritores que recién empiezan, están muy asustados de las influencias y del daño que un taller puede hacerles, porque creen que...
... Que podrían perder su voz.
Exacto. Y en realidad el proceso es completamente el inverso. Somos nuestro propio lugar común y nos repetimos como burritos. Estamos como recubiertos de una hojarasca que pensamos que es nuestra, pero estamos abajo de ella. Hasta que no empezás a limpiar esos lugares comunes, esos puntos de vista blandos, esas ideas que tenemos sobre el mundo que no son el mundo, no encontramos lo que realmente somos. Y la herramienta de la escritura te puede dar esa claridad.
A mí me molesta bastante la idea del escritor que ya nace genio.
Pareciera que se pueden estudiar todas las demás artes. Para ser bailarín uno puede copiar durante años el movimiento de un bailarín emblemático, pero como autor tenés que ser un genio desde el minuto uno, no puedes copiar nada, no puedes ensayar nada, no puedes repasar el estilo de nadie. Esto es un problema para mí que, además, es muy paralizante para los autores que empiezan a escribir.
Cuando estás conectado con algo que te hace muy feliz, el sentido de la vida no se pone en crisis. Pero la felicidad casi siempre es una zona que descubrimos hacia atrás
En el último cuento de 'El buen mal' un personaje se pregunta "para qué era todo ese asunto de tener una vida. ¿Era algo que en algún punto una debía entender?". Para acabar, le traslado esa misma pregunta.
Bueno, es que si está ahí es porque yo me la hago a veces. Y te la haces en los malos momentos. Cuando estás conectado con algo que te hace muy feliz, el sentido de la vida no se pone en crisis. Pero la felicidad casi siempre es una zona que descubrimos hacia atrás. Cuanto más perdidos y desconectados estamos de nosotros mismos la pregunta del sentido de la vida más volumen ocupa en nuestra vida. Y es increíble cómo el sentido de la vida nunca viene atado a nuestras desesperaciones más básicas. Cuando te entregas a procesos más largos de conectar con otros, de ayudar a otros, de aprender algo nuevo, de pensarte de una manera más introspectiva, hay algo también en ese esfuerzo que trae sentido, y hay algo también de tocar ese buen mal del que habla el libro. Para mí el mal en realidad es una etiqueta más que le ponemos a lo que es extraño, desconocido, sospechoso. Eso es el mal, y viene cargado de toda la información de lo desconocido, de aire nuevo. Ese es el buen mal, la sensación de cómo puede ser que eso que me asustaba tanto de pronto abre un portal nuevo en mi vida.

El buen mal
Samanta Schweblin
Seix Barral
208 páginas
19,90 euros
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