Opinión | LiterNatura
Violeta Serrano
Caída del cielo
Violaine Bérot nos coloca ante una pregunta incómoda, como deben ser las que hace la buena literatura

La escritora Violaine Bérot, autora de 'Como bestias'. / EP
Una bañera y una mujer petrificada. Y en la bañera un bulto que no sabemos bien qué es hasta que reaccionamos, antes que sus propios padres, tal vez. El bulto es un bebé inesperado, como caído del cielo, y no de un cielo cualquiera. Los personajes de esta historia se desarrollan en un espacio muy concreto, que por momentos es angustiante pero en otros resulta un bálsamo preñado de comunidad.
Viven en un pueblo de montaña, de difícil acceso, dedicados sobre todo a cuidar animales y a compartir algún que otro rato en el bar más cercano, que regentan dos mujeres que, en un momento dado, se convierten en una suerte de “generalas” que ponen a todo el pueblo a tricotar y hasta a buscar un nombre para esa criatura extraña que, de repente, pasará a formar parte de ese lugar al que casi nadie mira.
Pero el problema está en la madre de la criatura. Por lo visto, lo que le pasa no es imposible. Sabe, también, que a su propio ganado le puede ocurrir. Primero, cursar un embarazo sin saberlo. En el libro, la autora, Violaine Bérot, nos describe cómo ese feto imprevisto se va desarrollando en vertical a la columna de la madre y por eso ni siquiera ella se percata de lo que está sucediendo en sus entrañas. Pero ocurre, lo que sucede es que una nueva vida está creciendo dentro de ella, una vida que ni desea ni espera. Por eso, cuando el parto tiene lugar en medio de una noche de ventisca y nieve, lo peor no es el dolor de ese proceso sin anestesia alguna, sino el rechazo posterior.
El hombre lo acepta pero ella no, ella siente en la boca de su bebé algo parecido a las fauces de un lobo: “Baptiste me rondaba, Baptiste era un lobo y el lobo jugaba con la oveja, sabía muy bien que acabaría ganando, que atraparía entre sus colmillos un pedazo de mi carne, que la mordería y la rasgaría, que estaría caliente y grasienta y llena de sangre, noté el aliento del lobo en mi cuello, muy cerca, mantuve los ojos cerrados y me tapé los oídos con todas mis fuerzas, no veía nada, no oía nada, y entonces algo me rozó la mejilla y di un respingo, no era el lobo, no era el olor del lobo ni su calor, no mordía ni arrancaba nada, y la sorpresa de aquel roce me llevó a abrir los ojos, y entonces lo vi […]”.
Con una escritura sin apenas pausas ni concesiones, con una arquitectura compleja que nos invita a leer el libro en saltos de Rayuela o a través de la historia de los diferentes personajes, Violaine Bérot nos coloca ante una pregunta incómoda, como deben ser las que hace la buena literatura: nos dibuja a una madre que no sabe cómo amar a su cría, que la olerá como ve que su ganado huele a sus cachorros y poco a poco, así, tal vez, la acepte. Y mientras lo hace, la comunidad, el pueblo todo, velará por la vida que, contra todo pronóstico, se abrió paso.
La novela es una metáfora de poco más de cien páginas que nos habla de la lucha por resistir en entornos cada vez más agrestes, más apartados, más difíciles en los que, sin embargo, o precisamente por eso, es la comunidad la que te apoya y te salva o te condena cuando intuye que no podrás avanzar. La ley de la naturaleza también dicta esa crueldad. Para encontrar la respuesta o quedarse con la pregunta entre los dientes hay que leer el trabajo de Violaine Bérot hasta el final.
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