Opinión | ALTA FIDELIDAD
Laura Barrachina
El poder del Robe
Nos recordaba que amar ensancha el alma, pero que también duele como los picotazos de un buitre negro

El cantante y compositor Robe Iniesta. / Rober Solsona
La vida es una manta áspera en una noche de invierno a la intemperie, habría que ser un necio para rechazarla, pero cualquiera esperaría algo mejor. Robe Iniesta nos lo recordaba constantemente en sus canciones, en esas letras de perdedor que aún no se ha rendido porque un rayo le ha iluminado, a ratos chamuscado, a ratos cegado. Esa era la luz que nosotros necesitábamos y él nos la daba, nos recordaba que amar ensancha el alma, pero que también duele como los picotazos de un buitre negro de Monfragüe. Nos enseñó que “salir, beber, el rollo de siempre, meternos mil rayas”, no rellena la ausencia de aquellos a quienes amamos y sin embargo, una letra de Robe sí, sus canciones tienen esa apariencia de manta de fibra, de manta de mudanza, llenas de palabrotas que da gusto cantar a viva voz, pero que abrigan y arropan como la lana merina.
Como Serrat con Machado, Robe consiguió que el “Sucede que me canso de ser hombre” de Neruda ya no pueda decirse nunca sin el ritmo de la canción de Extremoduro, una a la que recurro con frecuencia para soltar mi cansancio por ser hombre, mujer, persona, sobre esta tierra que parece yerma. Sin embargo Robe, ya en solitario, en estos últimos años, nos explicó que gracias al arte, gracias a “una cancioncita conmovedora”, la tierra y nosotros con ella nos volvíamos fértiles y todo era posible de nuevo. He perdido la cuenta de las veces que he escuchado los nueve minutos de ese monumento que es 'El poder del arte': “Pues canta otra cancioncita enjuagadora / Y que tenga propiedades demoledoras / Que me derrumbe el alma, que me derrumbe entero / Que me reviente el alma y que me reviente dentro”.
La mañana en la que amanecimos a oscuras porque el despertador nos contó que había muerto Robe, esa mañana, además de ponerme a escuchar en bucle sus canciones, en mi cabeza escuchaba la voz de Luis Landero, esa otra pluma privilegiada extremeña, a quien hace algunos años escuché decir sin atisbo de dudas que Robe era un poeta extraordinario. “El arte nos ayuda a mirar la vida con otros ojos”, decía Landero a propósito del arte en general y el de Robe en particular.
Desde aquella mañana en la que amanecimos sin Robe hay algunas canciones que no dejo de escuchar y me gustaría poder decirle, aunque tuvo que entenderlo en vida, que todo ese sufrir, ese cansancio, ese dolor, tenían sentido, no solo por el amor que sí recibió ( “volvería solo por amor si acaso fuera necesario”, decía en 'Nada que perder'), sino porque nos dejó un camino iluminado: “Una luz encendida, la claridad perdida, busco en medio de esta oscuridad, señales de mí mismo sentado en este abismo con el que me suelo tropezar. No puedo perder nada que vengo de la nada y solo vivo provisionalmente.”
Robe fue, es y será la luz encendida, el milagro que, viniendo del barro y de la verdad, y quizá por eso, es capaz de tocar transversalmente a un país entero y a todas las generaciones con las que convivió. Si Robe no era el verdadero poeta de nuestro tiempo, que baje ahora mismo de donde quiera que esté y lo vea.
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