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ENTREVISTA

Adolfo García Ortega, escritor: "Me aburre hablar del yo"

La raíz de 'Madre mujer muerta', la última e impresionante novela de este autor que además es un gran editor, tiene que ver con la vida de su madre, una historia que le sigue conmoviendo y en la que profundiza en una entrevista con el suplemento 'ABRIL'

El escritor Adolgo García Ortega, fotografiado en su casa de Madrid durante su entrevista con el suplemento 'ABRIL'.

El escritor Adolgo García Ortega, fotografiado en su casa de Madrid durante su entrevista con el suplemento 'ABRIL'. / José Luis Roca

Juan Cruz Ruiz

Juan Cruz Ruiz

Madrid
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Adolfo García Ortega (Valladolid 1958) ha escrito una novela impresionante, cuya raíz tiene que ver con la vida de su madre. Desde el principio, 'Madre mujer muerta' (Galaxia Gutenberg, como muchos de sus libros) arranca el interés de quienes leemos porque lo que ocurre (la muerte de una joven que deja hija en manos de unas monjas en las postrimerías del siglo XIX) no se refiere tan solo a lo que sucedía en aquel siglo, sino en lo que siguió ocurriendo en la sociedad española hasta bien entrado el siglo presente. El desarrollo de este escalofrío literario, que de principio a fin expresa verdad e historia, aguarda un final que el propio autor explica como la consecuencia de una historia que a él lo sigue conmoviendo.

García Ortega es autor y ha sido editor. Entre sus libros figuran 'Pasajero K.', 'El evangelista' y 'El gran viaje', que antecede a la presenta entrega. Como editor ha desarrollado trabajos muy importantes, de los que aquí hace reseña. Su libro, por otra parte, queda en el imaginario de este lector como un abrazo a la calidad y al estupor que alcanza la historia en todos sus extremos

'Madre mujer muerta' es una novela emocionante. Para quien no la haya leído aún, ¿qué hay dentro?

Nunca es fácil para un escritor hablar de lo que hay dentro de su novela, porque esa es una pregunta que sólo puede responder la novela misma, que entabla un diálogo personal con cada lector o lectora y el resultado siempre es diferente. Hay tantas lecturas como ejemplares hay de una novela. Los escritores hacemos tentativas, balbuceos. Nuestro papel es secundario, el principal siempre es el de la novela, que es la memorable. Pero dicha esta aparente obviedad, creo que podría sintetizar mi novela como una emotiva historia sobre la maternidad y la feminidad, la de una joven, Galia, en un mundo áspero y socialmente injusto. Y también, o quizá sobre todo, en una reconstrucción, la que el médico Selva, el otro protagonista, hace de la vida de Galia. Ambos son dos caras de la misma moneda, dos aspectos de un mismo personaje. Los dos conmueven porque se enfrentan a la adversidad. Se podría decir que yo soy una especie de testigo de su evolución. Parece una tontería, pero les admiro. Galia es el punto máximo de llegada del amor y Selva es un inicio, el despertar de la conciencia para entender la luz de ese amor. Y no es que ellos se amen entre sí, no es una novela de amor convencional, nada de eso, es que Galia redime la vida fracasada de Selva, y lo hace desde su existencia como mujer. Eso es lo que van a descubrir los lectores, el trayecto hacia la revelación. Creo también que lo que hay dentro de mi novela es la transformación de la mirada de un hombre gracias a la existencia de una mujer ajena a él, pero que le enseña un camino. Y, en fin, este asunto sólo podía tratarlo desde un punto de vista feminista, en tanto que evidencia el papel casi invisible de la mujer en la Historia hasta que el feminismo de las últimas décadas ha modificado la relevancia de la mujer en la sociedad. En este sentido, mi novela decimonónica, por así decir, lleva en su interior una carga de enorme vigencia y actualidad. No es novela apta para reaccionarios.

El papel de la mujer en la Historia ha sido casi invisible hasta que el feminismo de las últimas décadas ha modificado la relevancia de la mujer en la sociedad

La escritura parece evocar el tiempo en que ocurre. Su lentitud, su escritura, son elementos que evocan escritores de otros tiempos. ¿Cómo la fue concibiendo?

Cada novela que he escrito, y ya van muchas y muy distintas, tiene la aspiración de un estilo propio. Pero siempre desde una prosa elaborada con claridad y precisión, nada alambicada. Este era el reto para asumir una historia que sólo podía ser del siglo XIX. Lo digo porque la base de esta novela, el origen profundo, está en un acto de restitución, de rescate. Quería rescatar la historia de mi bisabuela, su invisible figura, una mujer de quien nunca se supo nada, salvo que era una joven, soltera, que muere en el parto en un pueblo que no era el suyo y cuyo nombre y pasado jamás se conocieron en mi familia. Esta es la premisa. Y para rescatarla del olvido tenía que crear una ficción, y ubicarla en 1889, en el contexto verosímil de esa época, de esa Castilla y de esa España en la que las clases sociales empezaban a evidenciarse desde la desigualdad, cuando se alternaban Cánovas y Sagasta y se abrían las brechas de las dos Españas. Pero no he querido hacer una versión de aires galdosianos o barojianos. No estoy ahí. No quería escribir una novela al uso, como hay tantas hoy en día, largas, folletinescas, miméticas, comerciales, llenas de clichés. No es mi estilo. Quería obviar lo que el lector ya tiene incorporado en su memoria de lector y dar el salto a una propuesta más moderna, con pasajes y elementos contemporáneos, como la fragmentación o la perspectiva de una investigación. Digamos que es como tratar una historia de Pardo Bazán con técnicas de Faulkner y de Capote. He tratado de hacer una historia clásica que se lea como moderna.

Es una novela familiar, por así decirlo. Sin embargo, siempre parece ajena, menos en su principio y en su final. ¿De dónde le viene esa paciencia?

Nunca he escrito narrativa sobre algo personal, me aburre hablar del yo, de hecho la actual novelística del yo me parece impostada y poco interesante. Sin embargo, he explotado novelísticamente algunos hechos familiares, que en las novelas se han convertido en historias universales, abiertas a lecturas desvinculadas de mí. Digamos que he tenido la paciencia, por usar la palabra que empleas, de tratar mi mundo familiar como si fuera un mundo ajeno. 'Madre mujer muerta' en realidad forma parte de una especie de trilogía, que yo llamo 'Trilogía de V' por estar ambientada en Castilla, y que se completa con 'Mampaso' y 'Café Hugo', dos novelas mías que tratan historias de mi familia: la primera, la ejecución de un tío mío por un crimen del que fue cómplice, y la segunda, el retrato del microcosmos de un café de mi infancia en la Valladolid de los años 60. La paciencia es transformar la materia personal en ficción universal. Esto es lo que me atrae de la literatura, la representación de lo otro.

El escritor y editor Adolfo García Ortega.

El escritor y editor Adolfo García Ortega. / José Luis Roca

En un momento determinado de la lectura sentí que todo eso me había pasado a mí también.

Bien sabes tú que los escritores somos, o deberíamos ser, creadores de contextos metafóricos de la realidad. Creadores de voces, de personajes, transmisores de emociones, de sentimientos, de bondades y de maldades. Lo que admiro de un escritor es su disposición a imaginar el infinito, si hiciera falta. La imaginación es lo que da interés a la literatura. Y las novelas que aportan eso causan en los lectores una intensa sensación de identidad, de posesión. Es el momento en que los lectores pueden decir: "Esta novela está escrita para mí". A conseguir eso es a lo que aspiro, a contar una historia interesante que acabe como propiedad del lector o de la lectora, que se adueñe de su memoria.

¿Usted mismo fue agarrado por el tono para llegar a escribir un libro en el que los demás nos sintamos dentro de la trama?

Si lo he conseguido, me alegraría enormemente. Al fin y al cabo, le propongo al lector que haga el mismo viaje que hace el protagonista, la misma investigación. Y en realidad la hacemos juntos, el lector y el escritor. Esto lo aprendí en Virginia Woolf, que decía que los lectores, cuando leen, tienen que hacer el mismo recorrido que hace el escritor cuando escribe, y si es posible, hacerlo juntos. Esta idea es un poco endiablada, la verdad, porque remite a otra sugerencia de la Woolf, que proponía al lector asumir de cabo a rabo todo lo que el escritor ha puesto en la novela, y dejaba muy claro que leer es una actividad subsidiaria de la escritura. Bueno, en mi caso, mis novelas son propuestas en las que invito al lector a entrar a fondo, y a vivir dentro de la trama como un testigo invisible. Me he encontrado con lectores que me han dicho que, al acabar mis novelas, sienten que regresan de otro mundo o despiertan de un sueño. Creo que es lo mejor que pueden decir sobre mis libros.

Lo que admiro de un escritor es su disposición a imaginar el infinito, si hiciera falta. La imaginación es lo que da interés a la literatura

Al principio, en la dedicatoria, y al final, en el epílogo, aparece su propia madre, Puri, "Cuyo corazón habité antes del principio". ¿Puede contar aquí, sucintamente, la raíz del libro?

Como he dicho, el origen implícito de esta historia fue entrar en la sensibilidad de una mujer que se vuelve vulnerable ante la perspectiva de ser madre. Mi madre se embarazó de mí como le sucedió a su abuela 70 años antes, y vivió un tiempo con la emoción, el temor y la valentía que le he transferido a Galia, mi personaje en la novela. Sé que mi madre se enfrentó al desamparo en una época y en una sociedad marcadas por una estricta moralidad católica y patriarcal. Por fortuna, mi madre pudo tener una vida familiar plena después. Siempre me ha unido a ella algo muy especial, que procede de saber que, durante unos meses, ella sólo me tenía a mí y yo sólo a ella. Luego vinieron mis hermanos, pero eso fue después. Hubo un antes lleno de incertidumbres.

Es un autor de novelas, ha trabajado las novelas de otros, ha trabajado con editores, conoce bien ese mundo. ¿Qué ha aprendido de los otros? ¿Quiénes han sido sus mejores autores?

He tenido y tengo editores que han sabido aportarme cosas muy útiles y pertinentes. Siempre los he escuchado y atendido y han mejorado mis libros. Tengo que recordar aquí a un editor, hoy un tanto olvidado injustamente, Julio Ollero, que me editó varias novelas y me enseñó mucho. He tenido como editora a una de las mejores editoras actuales, Elena Ramírez. Y tengo ahora a un grande de la edición, Joan Tarrida. Todos ellos me han mejorado y he aprendido de ellos.

Y, como editor que ha sido, ¿qué podría destacar de eso que ha aprendido?

He aprendido sobre todo a ser radical sin imponerme, sin perder el respeto al autor, que es el importante. No obstante, como editor, sólo puedo decir que la edición ha sido para mí un empleo durante 30 años en el que he volcado intuición, gusto literario y algo de riesgo, pero no tengo un espíritu vocacional de editor. He tenido la suerte de montar mi vida en torno al libro, mi pasión desde la adolescencia, y me he ganado bien la vida con ello. Si además he podido ayudar a muchos colegas a mejorar sus obras, pues mejor, pero nada más.

Los escritores somos, o deberíamos ser, creadores de contextos metafóricos de la realidad

Tiene también una larga experiencia como traductor. ¿Es España, todavía, una fuerza editorial gracias a sus traductores? ¿Y quiénes son los maestros en la tarea?

Traducir me encanta. Yo creo que procede de mi habilidad con el latín y el griego en el colegio. Era como escribir, te obligaba a buscar alternativas y equivalencias, a jugar con las palabras. Es una práctica que he venido haciendo desde mi juventud, cuando empecé a traducir a mi maestro, Roland Barthes. Allí me di cuenta de que era una manera de homenajear, también. Desde entonces vengo traduciendo sistemáticamente, por lo general novelas y casi siempre del francés. Soy muy francófilo, lo reconozco. Además, traducir, para un escritor, es como ir al gimnasio. Activa la capacidad de escribir, la renueva. Y es cierto que en el mundo editorial español hay mucho libro traducido. No lo veo mal, ni mucho menos. Lo que creo es que, como oficio, todavía sigue estando mal pagado. Se ha conseguido mucho, gracias a las asociaciones de traductores, pero todavía falta un mayor reconocimiento profesional. Maestros no tengo, pero hay traductores magníficos, como Javier Cavo o Anne-Helene Suárez, o los ya míticos María Teresa Gallego, Carlos Manzano, José Ramón Monreal, Jaime Zulaika, Ramón Buenaventura y otros tantos muy buenos.

¿Qué libro hubiera editado, y por qué, que no estuvo a su alcance?

Ya que me lo preguntas, me habría gustado mucho publicar '2666', de Roberto Bolaño, un escritor extraordinario. Y también 'Romanticismo', de Manuel Longares, no menos extraordinario. Y la obra completa de Javier Marías.

"Gloria murió en 1958, un año antes de que yo naciera. Era mi abuela. No me conoció". Me emocionaron estas frases. ¿Qué dejó en usted ese ramalazo final de una novela que seguramente le resultó honda pero inesperada?

Verás, cuando releo el final de la novela, el último párrafo largo, me emociono, como si no lo hubiera escrito yo. Creo que es porque la novela, como siempre, se escribió sola y a mí me dejó ser el primero en leerla. Es un final que me aquieta por dentro.

Madre mujer muerta

Adolfo García Ortega

Galaxia Gutenberg

256 páginas

20 euros