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Opinión | IN MEMORIAM

El padre que hizo de cada charla un refugio

Javier García Rodríguez, visto por su hija Claudia

El profesor y escritor Javier García Rodríguez y su hija Claudia.

El profesor y escritor Javier García Rodríguez y su hija Claudia. / EP

Hay vidas que no caben en una sola palabra, y la de mi padre fue una de ellas. Profesor, escritor, lector voraz y eterno aprendiz, dejó una huella profunda en todos los que tuvieron la suerte de cruzarse con él, e incluso en los que lo conocieron a través de las palabras. Para muchos fue un maestro generoso; para otros, un compañero de tertulias, de proyectos, de sueños; para mí, fue sencillamente el mejor padre posible, el que convirtió cada conversación en un refugio y cada duda en una oportunidad para mirar el mundo con más curiosidad.

Mi padre dedicó su vida profesional a la docencia y a la literatura. Fue profesor universitario durante décadas, primero en la Universidad de Valladolid y más tarde también en Oviedo, pasando por Iowa y Montreal, donde enseñó a generaciones de estudiantes a pensar, a leer y a escribir con atención y honestidad. Publicó obras narrativas y poéticas -como 'Un pingüino en Gulpiyuri' y 'La tienda loca', que nacieron de historias que compartimos en casa-, colaboró con revistas culturales y participó en proyectos educativos que reivindicaban la palabra como espacio de encuentro, como la Cátedra Leonard Cohen, irónicamente fallecido un 7 de noviembre. Su paso por las aulas y por la vida literaria nunca fue grandilocuente: fue, como él, discreto pero luminoso, lleno de humanidad.

Pero todo esto, siendo importante, no explica quién era realmente. Mi padre era también quien escuchaba un "Vamos a coger el viento" y escribía un poema. Quien me respondía siempre "De lo que quieras, cariño" cuando yo le preguntaba de qué hablar. Quien se sentaba en el borde de mi cama cuando la oscuridad parecía demasiado grande y decía: "Ya voy yo, no tengas miedo". En él encontré el primer lector de mis dudas, el mejor editor de mis ideas y la compañía más leal que he conocido.

Leer el mundo

Me enseñó a leer el mundo con una pizarra amarilla, usando versos de Sabina para aprender las letras, y me enseñó también a escucharlo a través de la música. Gracias a su perseverancia (y cabezonería) pude conseguir una plaza para tocar la flauta en la Escuela Municipal, lugar donde, cómo no, se hizo un hueco en la Banda de Flautas con la guitarra o en el que me tenía que hacer los bajos de Obladía Obladá para ayudarme a ensayar, no porque fuera necesario, sino porque como yo estaba allí, ¿cómo no iba a ayudarme? Y es que ese era su amor, acompañar. Como lo hizo con mi maravillosa madre. Casi 40 años juntos, a pesar de la distancia, que parecía mucha cuando era Avilés-Iowa o Montreal-Oviedo, que menguó todos los años que él estuvo en Valladolid, pero que se solventó dejándose todos los ahorros en gasolina, trenes y teléfono.

Hoy, aunque la distancia parezca eterna, y el bono Renfe desgraciadamente no sea de utilidad, lo que queda es un ejemplo de resiliencia y amor de los de verdad. Mis amigos se extrañan por el concepto del amor tan idealizado que tengo, según ellos. Pero para mí no es un ideal sino una realidad, algo que he visto en mi casa a lo largo de mi vida a través de la manera en la que papá chinchaba a mamá cuando ella se intentaba poner seria, la admiración constante del uno por el otro y las buenas palabras que habitaban en casa sin dejarse llevar por riñas absurdas.

En 'La tienda loca' mi padre escribió un haiku que ahora cobra un significado dolorosamente claro: "A pesar de su nombre,/ las olas/ siempre están despidiéndose". Hoy una ola se retira. Su voz, su presencia, su risa. Pero el mar se queda: en nosotros, en quienes lo quisimos, en quienes aprendieron con él a mirar el mundo con ternura, ironía y asombro. A veces vivir es continuar la conversación de quienes nos enseñaron a hablar. Y yo voy a seguir conversando con él.

No es un adiós. Es un gracias. Profundo. Del tamaño de una vida entera. Gracias, papá, por todo lo que diste, por todo lo que dejas, y por todo lo que permanece.