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Opinión | MAPA DE LETRAS

Lorena G. Díaz

Tokio, Murakami y los designios del amor

Gracias a mi amor por Japón he tratado de convertirme en fan del autor nipón, la verdad es que sin mucho éxito

El escritor japonés Haruki Murakami, en Oviedo en 2023.

El escritor japonés Haruki Murakami, en Oviedo en 2023. / Paco Paredes

Hay que remontarse hasta 1854 para fechar el año en el que, supuestamente, Japón dejó de ser un misterio. Eso, oficialmente, porque fue ahí cuando el país se vio obligado a abrirse al mundo tras más de 200 años de su política de 'sakoku' (aislamiento nacional impuesto por el 'shogunato' Tokugawa). Hasta entonces, Japón era un misterio para el mundo, aunque la realidad es que, a pesar de las novelas, los viajes y los numerosos reportajes que he firmado sobre el país, para mí lo sigue siendo.

Y si bien es cierto que los autores nipones han ayudado mucho a desvelar los secretos de un destino que en pleno siglo XXI continúa fascinando a cualquiera, aún quedan muchas páginas por escribir en cuanto a lo que la literatura japonesa cuenta de su propio país. Lo confirmo mientras escribo esta tribuna desde un café en el distrito de Shinagawa. Y más específicamente en las entrañas de la isla Tennozu, un terreno artificial ganado al mar que se ha labrado su buena fama sobre todo gracias a su escena artística, con numerosas galerías y espacios creativos reconvertidos que antes fueron antiguos almacenes.

A diferencia de Japón en general, Shinagawa en particular no tiene una bibliografía dedicada a este moderno, seguro (como todo el país pero incluso más) y cosmopolita barrio tokiota, pero ha sido aquí donde he recordado que hace unos años leí un relato de Haruki Murakami (Kioto, 1949), 'Confesiones de un mono Shinagawa', del que subrayé una frase pronunciada por el mono que resume buena parte de la ficción publicada por el autor japonés: "Amar a las mujeres en secreto es la forma suprema del amor romántico. Pero también es la forma suprema de la soledad. Como las dos caras de una moneda".

Lo cierto es que el cuento no tiene nada que ver con donde me encuentro porque nada tiene que ver con Shinagawa, pero mi memoria logró atar cabos. Y aunque el relato no es su mejor versión, se mantiene legible con el toque distintivo de Murakami.

Shinagawa floreció como punto de parada durante el periodo Edo (1603-1867) y su historia, aunque parezca escrita ayer, se puede percibir en un singular legado arquitectónico basado en las construcciones de madera. La isla de Tennozu alberga curiosas direcciones instaladas en antiguos almacenes. T. Y. Harbor, donde me encuentro apurando esta tribuna, ofrece buen café y riquísimos dulces. Suena Miles Davis, algo que de nuevo me devuelve al universo Murakami ya que el jazz es patrimonio de sus novelas (y de la ciudad en general).

Gracias a mi amor por Japón he tratado de convertirme en fan de Murakami. La verdad es que sin mucho éxito. Confieso que volví a encontrarme con él tras la película 'Drive my car', basada en uno de sus cuentos, pero el idilio duró poco. Lo que sí me ha llegado a emocionar sobre el autor es la Biblioteca Murakami, el edificio proyectado por el arquitecto Kengo Kuma, y todo su contenido, una vasta colección de materiales, desde manuscritos inéditos, libros y vinilos donados por el propio autor. Un conjunto que resume una interacción creativa entre estos dos gigantes de la cultura japonesa moderna que, con el que aunque sea en forma de edificio y no de libro, he sentido un flechazo.