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CRÍTICA

'Los hijos de la viuda', de Paula Fox: feroces dramas íntimos

En esta novela, la escritora explora, con contenida elegancia, el insoportable vacío en las relaciones familiares

Paula Fox.

Paula Fox. / Sexto Piso

Luis M. Alonso

Luis M. Alonso

Oviedo
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Explotar los agujeros familiares como espejos de un vacío social es mecánica recurrente por parte de muchos autores. Paula Fox (Nueva York, 1923-2017) lo hace en 'Los hijos de la viuda', novela que encierra una historia en apariencia mínima y que para ser coherente con sus principios transcurre en un solo día.

Buena observadora de la condición humana, Fox perteneció a un grupo de escritores de segunda fila de la narrativa estadounidense que emergió tardíamente gracias a otros colegas suyos de renombre. En su caso, esa reivindicación literaria partió, a finales de los años noventa, de Jonathan Franzen y David Foster Wallace, que elogiaron su obra situándola en el lugar que probablemente le correspondía.

'Los hijos de la viuda' (1976) es una novela concentrada y cruel, contiene toda la fragilidad y el desamparo de muchas vidas familiares modernas, si alguien prefiere llamarlo de esta manera, en las que cada cruce de palabras o diálogo contiene un secreto y cada pausa presagia un precipicio.

Laura Maldonada Clapper, una viuda autoritaria de ascendencia cubana que vive en Nueva York, reúne a su familia para una cena de despedida antes de un viaje. Su hija, Clara, y su yerno, Desmond, asisten con un desasosiego apenas disimulado; también está su amante, el editor Peter Rice, y su hermano Carlos.

Finalmente lo que se anuncia como una amena reunión familiar sin más se convierte en un ritual de recriminaciones, silencios y deudas pendientes. Si Henry James hubiera dado con esta historia la habría orquestado con mayor ornamentación –la prosa siempre es la prosa–; aun así en la escritura de Paula Fox hay algo que recuerda la tensión moral que imprimieron los colosos a sus novelas.

Sequedad deliberada y ritmo cortante

En esta de Fox persiste una sequedad deliberada y un ritmo cortante que no admite distracciones. La autora neoyorquina no necesita grandes gestos ni revelaciones espectaculares, únicamente le basta con el roce de una frase, una mirada mal calculada o un cambio de tono para atraer la atención lectora. Puede que 'Los hijos de la viuda' no sean solo los descendientes biológicos de Laura, sino también criaturas simbólicas de un mundo roto, sin herencia moral ni afectiva.

Fox no necesita grandes gestos ni revelaciones espectaculares, únicamente le basta con el roce de una frase

Ella representa la altivez de una clase y de una época en vías de desaparecer; educada en la convicción de su propio privilegio, su identidad se desmorona ante una modernidad que ya no reconoce ese linaje. Su hija Clara, en cambio, es el producto del derrumbe; encarna una mujer sin fe ni pertenencia, atrapada en un resentimiento heredado. Con una admirable economía, la novela se erige en una metáfora sobre el fracaso de la transmisión generacional con personajes poseedores de la palabra pero que, al mismo tiempo, son incapaces de comunicarse entre sí. Mientras tanto la tragedia se instala en el silencio y esos personajes se enfrentan a su propio vacío.

La naturaleza del escándalo asoma en muchos de los grandes dramas íntimos de la literatura, en 'Los hijos de la viuda', sin embargo, es el tono contenido de Fox el que sitúa la historia en el plano de la observación, sin salirse de ella, estableciendo un orden moral, no físico, en el que lo insoportable es el desdén, la indiferencia, la incapacidad de amar sin destruir. La autora no juzga a sus personajes, tampoco por tanto los absuelve. Les concede, eso sí, una dignidad sombría, la del ser humano que tropieza una y otra vez con su propio orgullo.

En sus páginas no hay apenas adjetivos superfluos ni descripciones complacientes. Cada palabra parece medida con una balanza, y en esa sobriedad reside la fuerza del relato. Esto resulta doblemente curioso cuando se trata de la novela de una autora estadounidense y perteneciente a una generación tan portadora de tendencias narrativas expansivas como es la suya. Fox, en cambio, elige la miniatura, el encuadre preciso sin abrir el foco. El texto en 'Los hijos de la viuda', aunque suficientemente despiadado, es elegante por estar escrito, creo yo, en voz baja. Las tragedias, en su caso, no necesitan del ruido ni del espectáculo.

Los hijos de la viuda

Paula Fox

Traducción de Magdalena Palmer

Sexto Piso, 208 páginas, 20,90 euros