OPINIÓN
Enrique Murillo, la pasión de editar... y de escribir
Su libro extraordinario ha sido recibido como las memorias de un editor, cuando en realidad es la explicación de alguien que fue, adonde fuera, singular, inimitable, polémico, risueño, especial

Presentación en Barcelona del libro de Enrique Murillo 'Personaje secundario'. / Marc Armenteros

He conocido a varios Enrique Murillo, y de todos ellos guardo un recuerdo que ahora se ha agrandado con su libro extraordinario, singular, que ha sido recibido como las memorias de un editor, cuando en realidad es la explicación, amplia, intensa, generosa, de las memorias rabiosamente personales, de alguien que fue, adonde fuera, singular, inimitable, polémico, risueño, especial.
El libro es 'Personaje secundario. La oscura trastienda de la edición', editado con una pulcritud casi sonora por Trama, la editorial exigente de Manuel Ortuño. Nada más entrar en el libro uno sabe que autor y editor estuvieron juntos, viendo cómo hacerlo mejor, hasta resolver poner en orden la apuesta de Murillo para que fuera, también, la propuesta de Ortuño.
Es difícil decir donde están cumplidas las exigencias del editor y donde se alojan las virtudes que no quiso Murillo que fueran dañadas por las exigencias de uno y de otro. El resultado es de una insólita armonía. Enrique es algo mayor como para persistir en sus pasiones (de estilo editorial, que es uno de sus oficios, no el único) y porque Ortuño tiene callos en las virtudes de editar.
Ortuño me parece un imponderable gozoso de este libro, pues a nadie se le puede escapar que más de uno de los que vienen citados o aludidos habrán saltado (o saltarían, de estar aun entre nosotros) porque no todo lo que Enrique Murillo es alimento de digestión rápida. La tentación de los lectores (el que suscribe, sin ir tan lejos) es la de tratar de adivinar en qué momento va a ocuparse de quienes fueron sus adversarios, sus empleadores o sus verdugos, de sus autores o de sus exautores…
Diatribas y decepciones
Habrá habido, es lógico, quienes fueron a buscarse en libro tan prolijo para poder decir cualquier cosa que calificara el libro según el ego propio. Pero esta es la naturaleza mezquina con la que nos ocupamos de los libros quienes deberíamos agradecer que una persona de más de 80 años (que no es tanto) se haya puesto a recordar no sólo lo que pasó con sus amores, con sus viajes, con sus regresos, con sus aciertos, con sus errores (a los que lude muchas veces contra sí mismo) y también con sus diatribas con la vida…
Este Murillo, el que explica sus diatribas con la vida, no escatima hechos que lo llevaron a decepciones después de las batallas, que incluyen casos como los que relata de su relación con Jordi Herralde o con otros grandes del oficio (el que mejor reflejo tiene en este espejo es Carlos Barral, o así me parece).
Murillo no tenía por qué haberse dejado llevar tanto por la justicia propia, pues esta siempre rompe los espejos
Si acaso tuviera que decirle algo al amigo al que conocí de periodista, de editor, de risueño y de triste, es que no tenía por qué haberse dejado llevar tanto por la justicia propia, pues esta siempre rompe los espejos. Desde el principio del libro él tiende a ser mejor que los otros, y esa es, me parece, una virtud inversa que se rompe al cabo de la calle, cuando uno se da cuenta de que no es para tanto.
Yo fui editor, aunque fugazmente, y aprendí de él muchas cosas que ahora me vienen a la memoria como espadas contra mi mismo. En este episodio también conocí a Enrique Murillo, al que veía sobre todo en Fráncfort, donde él triunfaba cuando yo era un principiante. Me acogió, y de ese episodio en que él no presumía de saber hacer sino que hacía, aprendí a esperar de sus consejos. Luego, en el libro, he visto escritos muchos episodios de su generosidad con los autores, jóvenes entonces (como Ray Loriga) a los que hizo subir en un escalafón que sólo podía controlar Enrique Murillo…
Adonde íbamos algunos que creíamos que el mundo ya era nuestro, él ya venía de vuelta, con autores de prestigio, o a los que regaló el camino al prestigio, de modo que aprendimos de su facultad al tiempo que nos recorría el cuerpo la envidia de sus idiomas, de su manera de ser, de esa manera de mirar con la que a veces te perdona la vida o con la que también te pedía perdón.
'Murillo de Berlín'
Lo entrevisté con motivo de este libro; pero el editor de este suplemento, el querido Álex Salmon (que algo de Murillo tiene, por cierto), me explicó que él quería que yo les contara a sus lectores por las ideas que se me hubieran quedado de mi lectura (lenta y apasionada, a veces asustadiza pero siempre plena) de esta pasión de editar (y no tan solo) de este 'Murillo de Berlín', como lo llamábamos cuando él aparecía con sus éxitos (o con sus dudas) en la Feria de Fráncfort… Le pregunté qué iba por dentro de su sonrisa incansable cuando caminaba por esas calles de la edición literaria. ¿Qué iba por dentro, Enrique?:
-Me divertí muchísimo. Mis encuentros de negocios y de ocios con amigos editores, sobre todo del mundo anglosajón, eran una fuente de información, un contacto con gente que trabajaba más o menos a mi estilo, poco que ver con los grandes publishers españoles. Incluso con los agentes, la conversación era muy entretenida, también era gentes del libro.
Le pregunté, claro, por Herralde, y por sus virtudes, precisamente, y por su enfado con él. Resumo aquí lo que me dijo, que por otra parte ya ha leído todo el mundo del sector: “Fue con Beatriz de Moura uno de los primeros editores literarios que abandonó el ensayo como clave de la producción de su sello, por la narrativa. Esto puede parecer sencillo. No lo fue en absoluto en 1978-1980… Era imposible en la España recién salida de la muerte de Franco… Acertaron…. Su política de autor le hizo rechazar mis errores al decirle que no publicara tal o cual novela de Julian Barnes porque era muy inferior a 'El loro de Flaubert'”. "¿Y tu enfado con él qué raíz tuvo?”. “No me enfadé nunca con él”.
En el libro está todo, ustedes lo tienen a mano, en las librerías está reeditado, y eso es lo mejor que se puede decir para conocer no sólo está la historia sino la vida entera del editor, del escritor y de la pasión humana que se llama Enrique Murillo. En absoluto un personaje secundario.
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