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ENTREVISTA

Juan Mayorga, dramaturgo y académico de la RAE: "Las palabras son el espacio donde todavía se produce el milagro"

El dramaturgo y académico de la RAE Juan Mayorga, fotografiado en el Teatro de la Abadía, en Madrid.

El dramaturgo y académico de la RAE Juan Mayorga, fotografiado en el Teatro de la Abadía, en Madrid. / José Luis Roca

Inés Martín Rodrigo

Inés Martín Rodrigo

Madrid
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Tiene Juan Mayorga (Madrid, 1965) una sensibilidad extraordinaria. La manifiesta en cada texto que escribe, concebido para compartir, para experimentarlo en compañía, en la de todos los que hacen posible una obra teatral y en la de los espectadores, el público con el que ansía encontrarse. Pero también la evidencia en el cuidado con el que escoge las palabras, las piensa despacio y luego, una vez encontradas, las pronuncia casi declamándolas, consciente de que gracias a ellas puede obrarse el milagro.

Es inquieto, no nervioso. Parece estar en muchos lugares al mismo tiempo y, sin embargo, no deja de prestar atención al hecho que lo ocupa, el presente. Su yo es desprendido y empático, tiene en cuenta al otro, con el que conversa, con el que se cruza en las escaleras del teatro que dirige, La Abadía.

Académico de la RAE, en la que ingresó en 2019, es el único dramaturgo reconocido con el Premio Princesa de Asturias de las Letras, que recibió en 2022, y hace sólo unos días fue investido Doctor Honoris Causa por la UNED. Su trayectoria es abrumadora, lo mismo que su humildad.

Discípulo de Walter Benjamin, al que evoca constantemente, recuerda con estima a aquel profesor de Lengua y Literatura que en BUP le enseñó que la máxima forma de respeto es esperar algo bueno del otro, experiencia que lo constituyó como persona, y como creador.

Empecemos con una pregunta entre lo onírico y lo mundano: ¿qué le roba el sueño a Juan Mayorga?

Uf… ¿Cómo contestar algo de forma no automática? Por supuesto que es muy importante que aprovechemos cada ocasión de felicidad y de alegría, pero al mismo tiempo no podemos ignorar que en este mundo nuestro se están cometiendo atrocidades, que hay gente que está sufriendo injustamente, y creo que eso debería quitarnos el sueño. Cada uno debería preguntarse por su responsabilidad o por su capacidad de acción, no podemos vivir en la ilusión de la buena conciencia.

A mí me cuesta creer que hoy alguien pueda dormir tranquilo.

Claro, uno ha de hacerse una pregunta permanente por su responsabilidad. Cada ser humano es responsable de todos los demás; otra cosa es que eso plantea exigencias que muchos, por supuesto yo, estamos lejos de poder afrontar.

Juan Mayorga, retratado en La Aabdía poco antes de la entrevista con 'ABRIL'.

Juan Mayorga, retratado en el Teatro de la Abadía, en Madrid, poco antes de la entrevista con 'ABRIL'. / José Luis Roca

Uno de los asuntos que con más insistencia le ocupan es lo que hacemos con las palabras y lo que las palabras hacen con nosotros. ¿Cómo ve ahora esa relación de reciprocidad, qué momento atraviesa?

Se ha insistido mucho, desde hace tiempo, en que vivimos en una edad de la imagen, y sin duda esto es así. Pero todos tenemos este monstruo en el bolsillo [señala el móvil que está sobre la mesa] que ofrece imágenes extraordinarias y que nos ha desorientado respecto de la realidad porque no sabemos hasta qué punto estas imágenes reflejan una realidad o son producidas.

Si son verdad o mentira.

Efectivamente, de forma radical. Podemos estar invadidos por imágenes que nos confunden e incluso que nos orientan a mirar hacia un lado para que no miremos hacia el otro, pero las palabras son tanto más importantes que en cualquier otro tiempo. Los grandes conflictos de nuestro tiempo están atravesados por palabras. Hay discursos de legitimación de lo que se hace o palabras que quieren mover a la acción y puede ocurrir que lleguen a intentar justificar o dar legitimidad a grandes injusticias. Yo a veces digo que deberíamos recordar aquella asignatura que se llamaba 'Comentario de texto' y todos debemos constituirnos en comentaristas de textos, todos debemos ser capaces de criticar los textos que nos rodean e incluso nuestros propios textos. Debemos ser especialmente desconfiados o recelosos de la palabra que nosotros mismos pronunciamos. Y es muy importante en nuestro tiempo dar ocasión al silencio, porque sin silencio no hay escucha y la escucha es un acto moral. Creo que estamos en un tiempo de respuestas automáticas.

Es muy importante en nuestro tiempo dar ocasión al silencio, porque sin silencio no hay escucha y la escucha es un acto moral

Y cada vez se escucha menos.

Claro. Y además la réplica muchas veces parece que no se sigue de una escucha leal, sino de un intentar deshacer al otro. Y todo esto me hace pensar hasta qué punto, efectivamente, tenemos que ser especialmente recelosos de las palabras, pero al mismo tiempo ser conscientes de que son fundamentales. Una de las misiones del teatro es enriquecer en palabra al espectador, que tenga más palabra para examinar su vida, para examinar su sociedad.

'El jardín quemado', su próximo estreno, es un texto que cobra aún más vigencia al cumplirse 50 años de la muerte del dictador. ¿La fractura de este país es irreconciliable?, ¿seguimos condicionados por aquella terrible lucha fraternal?

Primero diré que 'El jardín quemado' es una obra en la que el espectador puede proyectar, ver España y la Guerra Civil, pero, sin embargo, deliberadamente no aparece la palabra España y no hay una alusión a la Guerra Civil. Porque quiero que el espectador sea soberano en pensar "esto es una obra sobre el pasado de mi país", pero otro pueda pensar que tiene un carácter universal. En cuanto a nuestra guerra, lo que tenemos que hacer todas y todos los españoles es exponernos a la información, a los discursos, a lo que nos cuentan los historiadores, los testigos, leer los testimonios y hacer algo bueno de eso. El deber de memoria es sobre todo un deber de pensar. El deber de memoria no consiste tanto en poner placas o en hacer estatuas, que eso puede ser más o menos importante; sobre todo pensar por qué sucedió algo tan atroz, y desde ahí atender a las atrocidades de nuestro presente. Benjamin viene a decir que el pasado fallido es un extraordinario capital, que el mirar de frente a los pasados, a las víctimas del pasado, a las fallas del pasado, puede darnos una sensibilidad y una sabiduría precisamente para impedir injusticias en el presente.

Y también para evitar repetir esas mismas fallas en el futuro.

Sin duda, para descubrir cómo hay lógicas sacrificiales que pueden estar vigentes más allá de lo que haya sucedido.

El dramaturgo Juan Mayorga, fotografiado en el Teatro de La Abadía.

El dramaturgo Juan Mayorga, fotografiado en el Teatro de La Abadía. / José Luis Roca

Creo que la palabra 'compañía', que en su origen nombraba a "los que comparten el pan", es una de sus favoritas. ¿Por qué?

Sí. Hay muchas expresiones maravillosas del mundillo teatral. Con todo, la que más me importa a mí es 'compañía', que me parece una palabra preciosa porque es verdad que el teatro se hace en compañía. En principio, el del autor es un trabajo solitario, pero yo escribo para que un día, en algún lugar, un texto mío haya provocado la reunión de una compañía y que luego esa compañía abra su reunión a la ciudad.

Escribe con voluntad de reunir.

Sí, y siempre está el espectador ahí, latente. Yo escribo para despertar el deseo de teatro, a mi voluntad de escritura subyace siempre ese deseo de compañía, de encontrarme con otras y otros.

Usted no menosprecia ni al espectador de teatro ni al lector, y eso es algo fundamental. Pero me temo que en la cultura actual se tiende a valorar poco al público.

Claro. Yo estoy convencido de que la muestra más fuerte de respeto es esperar algo del otro.

Algo bueno.

Algo bueno del otro, me conoces mejor que yo [ríe]. Yo escribo para un espectador que, por supuesto, no tiene que saber mecánica cuántica ni haber leído a Heidegger, pero sí espero que sea alguien capaz de imaginar, de recordar, de llevar esas experiencias a las suyas, que pueda hacer la obra conmigo. Cuando digo que una obra sabe cosas que su autor desconoce, no es una 'boutade'. Los espectadores ayudan al autor a comprender su obra.

El deber de memoria es sobre todo un deber de pensar

Eso también pasa con las novelas, a mí los lectores me descubren cosas en las que no había reparado.

Pero eso ocurre precisamente porque tu escritura es hospitalaria y productiva y genera comunión, que es una palabra igual de bonita casi que compañía, y misericordia.

Ojalá… Eso de que la forma mayor del respeto es esperar algo bueno del otro es una máxima preciosa. Si la aplicáramos con más frecuencia seríamos capaces de construir una sociedad mejor, y no sé si estamos fracasando en eso.

Es verdad que estamos en un tiempo de atomización en que parece que estamos educados en el combate de unos con otros. Es fundamental trabajar para lo común y atender de forma fundamental y siempre urgente a los niños y a los jóvenes. Cuando la infancia está respetada, todo cambia. Si pensamos en los niños, pensamos no sólo en otras políticas educativas, también económicas, incluso en otras políticas de defensa. Es fundamental que atendamos al bien común. Y eso no es Marx, es Tomás de Aquino, venimos de ahí. Y, dentro del bien común, atender a los más más frágiles y vulnerables. Es cierto que nuestro tiempo parece que nos educa hacia otra cosa, no sólo a la codicia, sino al combate de cada uno con todos los demás, que parecen concurrentes a los mismos objetivos. Yo creo que ese camino es suicida.

Dice que el misterio del tiempo es el gran misterio de la vida, y yo me pregunto cómo nos ayuda la escritura a resolver ese misterio.

A mí me ayuda a ahondar en él, a dejarme atravesar por él. He cumplido 60 años y ahora camino por calles por las que anduve de chaval y me hago cargo, entre otras cosas, de que nadie sabe el pasado que le espera. El pasado es imprevisible y de pronto un lugar de tu barrio, un gesto que ves, una voz, te llevan a aquel pasado, pero no para recuperarlo, sino para verlo de un modo completamente distinto. El tiempo es conocimiento, pero es distancia. Dice Benjamin que la verdad tiene hora, está cargada de tiempo. Hay un tipo de verdad que es la propia del conocimiento científico que es acumulativa y, en cambio, hay otro tipo de conocimiento y por tanto de sabiduría y por tanto de verdad que está atravesada por el tiempo. Volviendo a Benjamin, él dice que hay un momento en que puedes captar algo y si en ese momento no estás atento se va, la verdad de ese momento se puede revelar o perderse acaso para siempre. Eso no he dejado de experimentarlo y quizás lo experimento más ahora que me hago mayor.

Es fundamental que atendamos al bien común. Y eso no es Marx, es Tomás de Aquino, venimos de ahí

Ha hablado antes de la infancia. Usted sostiene que los niños aún saben que hay un vínculo entre las letras, el juego y el milagro. ¿Cuándo perdimos los adultos la conciencia de esa conexión?

Claro, cuándo perdemos la confianza en el milagro, en que de pronto todo pueda cambiar, en que de pronto todo sea posible, en que pueda aparecer ahí la belleza... Hay letraheridos que descubren que las palabras son el espacio donde todavía se produce el milagro. Y yo creo que muchos lectores de 'ABRIL' lo comparten y sienten que la escritura, la literatura, la lectura les ha dado un espacio de excepción, que cada libro abre un estado de excepción donde cabe el milagro.

Dice que la expropiación de la palabra por el poder es el tema político fundamental del teatro en cualquier tiempo, y yo añado que es el tema fundamental de la cultura en general, no sólo del teatro.

Sí. La palabra es la cuestión política por antonomasia, más que cualquier otra, más que cualquier asunto de la coyuntura política. El gran asunto político es la palabra, quién la posee, quién la gestiona, quién la distribuye, quién la ofrece. Ahora mismo hay un extraordinario leviatán que nos provee de vocabulario, que nos dicta una sintaxis, que nos ofrece temáticas muy atractivas sobre las que hablar acaso para que no hablemos de otras. Quien hace algo tan modesto como escribir un libro o una obra de teatro puede hacer un trabajo muy importante porque acaso utilice palabras, acaso utilice sintaxis o acaso nos oriente hacia asuntos desusados, periféricos, laterales. Y parte de nuestro trabajo es llamar la atención. Llamamos la atención sobre asuntos que quizás se desatienden o sobre aspectos de esos asuntos que acaso se desatienden.

Cuando, además, hoy más que nunca somos conscientes de que el poder que silencia no siempre tiene nombre ni rostro.

Sin duda, sólo puedo darte la razón y además mostrar cómo, y no quiero poner ejemplos, el poder está mostrando una extraordinaria capacidad para utilizar, por ejemplo, la palabra libertad y darle un sentido interesado. La pelea política es muy en la medida pelea por las palabras. Uno puede trabajar en la crítica de esas palabras o puede elegir decir: "No, en mi agenda que aparezcan otras". El teatro te permite examinar lo que hay e imaginar otras cosas que todavía no son. Y en esa esa doble función crítica y utópica tiene una responsabilidad muy especial respecto del lenguaje, esa doble función tiene un valor político importantísimo hoy en día.

El jardín quemado

Texto y dirección de Juan Mayorga

Teatro de La Abadía (Madrid)

Del 27 de mayo al 5 de julio de 2026