REPORTAJE
Repensar los vínculos
Diferentes autoras, de Marina Garcés a Nuria Labari o Raquel Congosto, en libros recientes y muy distintos, han puesto la amistad en el centro de la reflexión, un interés indisociable de la puesta en crisis de otras formas de vinculación, empezando por la familiar

Un grupo de amigas, reunidas en una plaza. / Demian Alday
“Nuestras estructuras de relación erótica, amorosa y afectiva condicionan (y están condicionadas por) la forma en que nos organizamos económica, política y socialmente”, sostiene Carol Herrera, en ‘(h)amor 1’, el primero de los once volúmenes en los que, distintas ensayistas, reflexionan sobre distintas formas de amor para observar cómo nuestra manera de relacionarnos y, por tanto, de amar es una manera aprendida, no espontánea y, sobre todo, sujeta a las distintas violencias que estructuran la sociedad: “explotamos y abusamos de la gente, ejercemos nuestro poder absolutista, colonizamos a las personas que amamos, y nos metemos en horribles guerras por recursos y luchas de poder entre nosotros”, escribe Herrera en este volumen en el que también participa Brigitte Vasallo.
Ambas teóricas ponen el acento en el amor romántico y en la monogamia como conceptos estructuradores de nuestras relaciones amorosas y, a su vez, de nuestra ordenación social. Porque hablar de monogamia es también hablar de familia en su acepción más tradicional y, por tanto, es hablar de patriarcado. De ahí que Vasallo invite a cuestionar e, incluso, a romper con la monogamia para plantear “algo nuevo”, para pensar otras formas de relación y para sacar a la luz “las raíces múltiples del sistema” en las que se asienta la monogamia.
No se trata ya solamente de repensar el amor romántico o de pareja, sino de repensar la manera en que hemos aprendido a relacionarnos sexo-afectivamente y en este repensar cabe poner en cuestión también las relaciones paternofiliales, las relaciones intrafamiliares e, incluso, las relaciones de amistad.
“Como ha destacado toda la tradición sobre la amistad, desde la Antigua Grecia hasta hoy, la amistad es uno de los pocos elementos verdaderos de la vida”, afirma Marina Garcés en las primeras páginas de ‘La pasión de los extraños’, donde recorre la tradición filosófica y literaria sobre la amistad y, con una mirada contemporánea y desde la propia experiencia personal, se interroga sobre las razones por las cuales desde Aristóteles la amistad ha sido definida y revindicada por su componente ético y por su naturaleza virtuosa. Garcés no es la única autora que, recientemente, ha puesto la amistad en el centro de la reflexión, pero este interés es indisociable de la puesta en crisis de otras formas de vinculación, empezando por la familiar.
Empecemos por romper
“La amistad siempre ha sido un problema. Es decir, es el vínculo a partir del cual podemos problematizar aquello que somos y no hemos podido escoger: el parentesco heredado, la posición social, el género y la sexualidad, así como la condición profesional o las ideologías que configuran nuestros contextos culturales”. Esta problematización trasciende al sujeto y apela directamente a toda una serie de condicionantes que estructuran las relaciones sociales, exceptuando, en la mayoría de los casos, las de la amistad que no está, a diferencia de las relaciones de parentesco, las laborales o las amorosas, avalada socialmente por el contrato matrimonial o de pareja de hecho y condicionadas por la imposición de una finalidad concreta- la reproducción, la productividad laborar, el mantenimiento de la familia…
En ‘El aniversario’, Andrea Bajani nos presenta a un personaje que decide romper con sus padres, porque solamente a través de su completa desvinculación con ellos puede romper con la herencia patriarcal legada por su padre y asumida por él durante años. El protagonista se da cuenta de que para él su madre fue siempre invisible como invisibles fueron las violencias que ejercía su padre sobre ella; y lo fueron en la medida en que fueron inconscientemente asumidas por él como algo “normal”, como partes integrantes de la relación matrimonial. A través de la mirada de su protagonista, Bajani cuestiona la construcción patriarcal de la masculinidad y del rol de “marido” a la vez que nos habla de la necesidad de interrogarnos sobre la familia como institución en la que se reproducen e, incluso, se avalan las violencias estructurales del patriarcado.
“Sobre el lacerante y claustrofóbico tópico de la mala madre se erige el no menos culposo y paralizante de la hija horrible”, escribe Blanca Lacasa en ‘Las hijas horribles’, ensayo en el que también nos habla de la ruptura, en este caso, de la relación entre madre-hija y, sobre todo, desmitifica dicha relación para sacar a la luz las tensiones, angustias, miedos y heridas que pueden estar detrás de la relación entre una madre y una hija. De la misma manera -pensemos en ‘Las abandonadoras’ de Begoña Gómez Urzaiz- que se ha cuestionado la idea de “mala madre”, Lacasa pone el acento en las hijas, interrogándose por qué todavía hoy se condena a una hija que rompe con su madre a pesar de que la relación con esta es absolutamente dañina.
Ruptura y abandono
Ruptura y abandono son dos conceptos que se dan la mano, son las dos caras de una misma moneda: hay quien rompe y hay quien es abandonado. Pero no se trata de levantar el dedo acusador con respecto al que rompe y victimizar al abandonado, sino de preguntarse las razones por las que la ruptura y el abandono se producen. “A partir no sé de cuándo, empecé a perder amigas, poco a poco y a manos llenas”, escribe Jazmina Barrera en la primera carta que les envía a sus otras dos interlocutoras de ‘Rituales para la amistad’. Barrera apunta a la maternidad como una de las causas: devenir madre hizo que muchas amigas sin hijos se alejaran, quizás, incapaces o no deseosas de adaptarse a los nuevos tiempos, a las nuevas necesidades y también a las inevitables ausencias de la reciente madre.
Sobre la ruptura de una amistad nos habla ‘Amiga mía’, la primera y recomendable novela de Raquel Congosto. A través de dos temporalidades distintas, Congosto nos relata el lento y casi imperceptible proceso que lleva a la ruptura de una amistad y, al mismo tiempo, los intentos por comprender, tiempo después, lo sucedido, por asumir y acomodar esa pérdida que parecía más que anunciada. Lo más interesante de la novela de Congosto es la reflexión sobre cómo narrar lo que nunca se ha narrado, porque la palabra duelo o pérdida no se asocia a la amistad y, sin embargo, hay duelos y pérdidas en las amistades.
Lo cuenta en primera persona Nuria Labari en La amiga que me dejó. “Todo el mundo habla de la amistad como un bien que nos hace mejores”, escribe Labari, pero cómo escribir la historia de un abandono: “Ansío que exista un relato para nosotras, una palabra a la que agarrarme y con la que sanarme”. Los textos de Labari y de Congosto ponen el acento en la amiga que es dejada, sin embargo, en sus textos también se desliza el interrogante sobre la razón del abandono y su legitimidad, pues ¿acaso no es lícito alejarse de una amiga que no nos hace sentir bien? Sin duda lo es, pero ¿qué es lo dañino en una relación de amistad?, se pregunta la novela de Congosto, en la que observamos de qué manera la amistad no está a salvo de la toxicidad, de las desigualdades y de los abusos que definen cualquier otra relación.
El deseo de estar juntos
“Hablar sobre la amistad es grato para casi todo el mundo, pues al preguntarnos sobre quiénes son nuestros amigos se nos suele llenar la memoria con la luz de los mejores recuerdos y, cuando hacemos la reflexión sobre lo que pensamos que debiera ser la amistad, muchos atisbamos algo que nos reconforta poderosamente y otros muchos creen ver en ella aquello que da sentido a la vida”, escriben Mariano Sigman y Jacobo Bergareche en ‘Amistad. Un ensayo compartido’. Y no es caer en cursilería alguna, porque si la amistad da sentido a la vida es porque es algo serio.
La amistad, dice Geoffroy de Lagasnerie en ‘Elogio de la amistad’, es un modo de vida, es decir, practicar la amistad es un principio de existencia que determina “nuestras relaciones con el espacio y con el tiempo, con la institución, con los demás…”. Es decir, la amistad es íntima y a la vez colectiva, pues nace y se alimenta en la intimidad, pero se revierte en sociedad. Porque una sociedad sin relaciones de amistad es una sociedad de individuos sueltos, unidos exclusivamente por lógicas interpuestas a partir de categorizaciones de clase y de género.
La amistad ofrece la posibilidad de pensar otras formas de vida y de sociabilidad: “El sentido de lo común -así lo aprendí en mi infancia- era un descanso de la obligatoriedad de tener que sobrevivir sola”, escribe Mar Gallego en ‘(h)amor como madre. Parentescos’, volumen que se publica junto con ‘(h)amor como madre. Identidades’. Gallego, así como las otras autoras del libro, nos habla de la posibilidad de repensar los parentescos y, más concretamente, la maternidad en términos de comunidad.
No se trata de “reforzar estructuras familiares tradicionales”, señala Silvia Nanclares en el prólogo, sino de “pensar nuevas formas de estar en el mundo en comunidad, desde el cuidado, el compromiso y la supervivencia en un planeta herido”. Ciertamente, la amistad es la relación sobre la cual se puede repensar estas nuevas formas de estar en comunidad, sin embargo, no las agota.
Nadie duda de que, como diría Aristóteles, “la presencia de los amigos es una cosa agradable en todas las circunstancias de la vida, cualesquiera que sean”, pero los amigos por si solos no bastan si no se repiensa conjuntamente las relaciones en términos de comunidad. Lo que sí es cierto es que la idea de amistad como conversación -desde Platón en adelante- es un buen punto de partida, puesto, como señalaba Remedios Zafra en ‘El informe’, nos permite repensar los lazos, empezando por los laborales, a través de la copresencia de los cuerpos y no desde la separación y aislamiento promovido por las pantallas y llevado a sus últimas consecuencias tras la pandemia.
“El teletrabajo permite rendir más, pero elimina toda la dimensión social, es decir, aquel aspecto que nos aleja del automatismo, de la consideración del cuerpo como máquina”, escribe Ingrid Guardiola en ‘La servidumbre de los protocolos’. Y, aún más: el teletrabajo debilita cualquier forma de sindicalismo y de apoyo mutuo entre trabajadores, pues solamente con el diálogo y la copresencia de los cuerpos -y, por tanto, de las experiencias- se hace posible.
“Las amistades que más me interesan son aquellas en las que siempre hay una conversación en curso, una charla permanente, inacabada”, señala Sabina Urraca en la conversación que mantiene con María Folguera en ‘La amistad y sus derivas’. La amistad como conversación está estrechamente ligada al hecho de estar juntos, al hecho de “marchar juntos”.
Marchar, caminar, compartir paseo… esto es lo que hace Joana D’Alessio, en cuyo ‘Pequeño tratado sobre la amistad’, la relación con las amigas está estrechamente ligada a los paseos pospandémicos que con ellas realizaba, paseos que no tenían otra finalidad que el estar juntas: “Mientras caminamos le hago la pregunta fundamental: ‘¿Y vos, cómo estás?’”. Sin la presencia de los cuerpos, sin el encuentro y la conversación diaria, esta pregunta es imposible.
Viva la subversión
Desde los primeros textos clásicos, la amistad es entendida como algo que trasciende la esfera de la intimidad, es, señala Garcés, “el puente entre la disposición ética y la convivencia política, entre la virtud y la justicia”. La actual relectura política de la amistad, especialmente entre mujeres, es heredera de una tradición filosófica que entendió la relación de amistad como la posibilidad de preguntarse sobre otras formas de sociabilidad, sobre -parafraseando a Roland Barthes- otras maneras de vivir juntos más allá de las dinámicas habitualmente impuestas, más allá de los tiempos y espacios previstos.
“Practicar la amistad política entre mujeres es, de por sí, vivir a contracorriente del mundo tal y como es, tanto en el ámbito privado y familiar como en el espacio público”, escribe Raquel Gutiérrez Aguilar en ‘Cartas a mis hermanas más jóvenes’, texto en el que la ensayista hacía hincapié en el hecho de que la práctica de la amistad entre mujeres implica “no plegarse ingenuamente, sino desobedecer y rebelarse a lo estructurado de modo patriarcal y, por eso es, a veces, tan pero tan difícil sostenerlo, entenderlo y expresarlo”.
En la reflexión de Gutiérrez Aguilar resuenan las famosas palabras de Adrienne Rich para quien las relaciones entre mujeres son “la fuerza más temida, problemática y potencialmente transformadora del planeta”. Sobre este aspecto también se detiene el colectivo Mujeres, voces y resistencias, que en el texto que firman para el libro colectivo (h)amor amigas, anotan: “Cuando la ternura radical es motor y es bandera, con el cuidado al centro tumbamos los pilares de un sistema que nos quiere pequeñas, divididas y en silencio”.
El texto de Mujeres, voces y resistencias, si bien parte de la amistad, una vez más, la trasciende, pues tiene que ver con un repensar por completo los lazos comunitarios, evidentemente no desde instituciones cerradas como la familia o la pareja, pero tampoco desde otras formas de relación supuestamente más libres, pero igualmente connotadas. Quizás el problema resida en la falta de palabras: repensamos los vínculos, pero nos falta encontrar las palabras. O, quizás, esté bien no tenerlas, puesto que las palabras tienden a cristalizarse, atrapándonos en estructuras y conceptos de los que luego es difícil salir.
Lagasnerie propone el concepto de “amistad creadora” para reformular el ordenamiento de las demás relaciones, buscando, por el contrario, esa autonomía a la que apelaba Bourdieu y que implica escapar de la contingencia, liberarse de las instituciones y su reconocimiento y autoafirmarse a través de fundamentos propios. Paradójicamente, no hay modo de vida ni de relación posible fuera de lenguaje y, a pesar del riesgo, apunta Andrea Momoito, urge encontrar nuevas palabras para designar nuevas formas de relacionarnos.
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