Opinión | LiterNatura
Violeta Serrano
Hacia lo salvaje
Vanesa Freixa Riba explica cuánto nos hemos alejado de lo esencial en ‘Ruralismo. La lucha por una vida mejor’

Vanesa Freixa Riba, autora del libro ‘Ruralismo’. / EP
Proteger a los árboles, vincularse con la tierra como un tesoro antiguo, preocuparse más por ella de lo que ella misma lo hace: eso, de algún modo, es ruralizarse. Es bajar al huerto no para ordenar los surcos, sino para planificar la propia vida. Porque una va a la tierra para introducir sus dedos en ella y no lo hace para acariciar el milagro vital que sabe que contiene, sino para sanarse a sí misma.
Ruralizarse es pasear en medio de la noche oscura del invierno sin más luz que un pequeño frontal o acaso la de las estrellas y enfrentarse al pánico: luchar contra la sombra interna que hemos incorporado tras siglos de empeño en clarear lo que el sol esconde. Pero no hace falta: solo ocurre que el día da paso a la noche y con ella a otros sonidos que la luna impulsa. Entonces, si la lechuza habla, que hable.
Ruralizarse es aceptar ese miedo y transformarlo en parte de la cotidianeidad. Ruralizarse es decrecer, recordar que con mucho menos se puede vivir mejor: utilizar el tiempo no solo para obtener dinero que te permita consumir sino para crear, tú misma, el alimento que realmente te va a sostener, a ti y a tu gente. Y dar espacio al trueque, a la proximidad.
Ruralizarse es, también, matar a un animal siendo consciente de que lo que verás al desplegar la piel de los huesos son venas que describen una historia vital y no sencillamente un trozo de carne útil para comer o decorar una casa rústica. Observar desde esa perspectiva es hacerlo pegada a un ritual que sacraliza nuestro vínculo con lo que la naturaleza nos ofrece y nos facilita con prolija atención, siempre y cuando sepamos usarla con sosiego y sentido común. Y eso, en realidad, es lo que hemos perdido.
En el libro 'Ruralismo. La lucha por una vida mejor'(Errata Naturae, 2025 / Ara Llibres, 2023), de Vanesa Freixa Riba, entendemos cuánto nos hemos alejado de lo esencial y cómo esta distancia no es ya una simple lástima, sino una cuenta atrás frente a la emergencia a la que está sometida el mundo. Que casi nadie sepa de dónde viene lo que come, de qué forma se cultivan las verduras o se crían los animales no es ya solo un insulto al conocimiento, sino un problema social grave que tarde o temprano estallará.
Una salida hacia dentro
La soberanía alimentaria es un fantasma ajeno que llamará a la puerta de la mayoría de la población como una guadaña en un cuento de terror. ¿Qué te llevarás a la boca cuando no haya un supermercado que te proporcione sustento?, ¿y si ese suministro estuviese ya en gran medida envenenado? Hemos generado un sistema en el que no nos llegan las horas del reloj para trabajar a destajo en lugares que a muchos ni les llenan ni hablan de su deseo genuino y por eso agotan y destrozan poco a poco.
Nos llaman 'locos' a los que decimos basta y volvemos al campo pero, ¿quién es el cuerdo aquí? Este sistema que da muestras de agotamiento implica reinvención y la salida es hacia dentro: revincularnos con lo que somos, animales sociales, que cuidan lo que les da sustento y lo hacen generando comunidades, redes de apoyo mutuo para salir a flote. No podemos abarcar más de lo que nuestras manos pueden trabajar y eso, generalmente, coincide con el horizonte que alcanzan a ver nuestros ojos. Y no más.
Ruralizarse es tomar la decisión compleja e irreversible de mirar de frente a la naturaleza y volver a comprender sus ciclos y cómo ellos son parte de nuestra propia lógica interna: vivir en armonía, no solo para respirar mejor, sino para rebelarse ante un sistema en franca decadencia. Ruralizarse, sí, es aceptar la transformación sanadora, es caminar hacia lo salvaje: volver a poner los sentidos al servicio de una intuición que domesticamos a cambio de una confortabilidad que, sin embargo, agoniza.
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