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Opinión | PERIFÉRICOS Y CONSUMIBLES

La vocación literaria y sus amaños

¿Quién se la juega sin el paracaídas de otro trabajo? ¿Quién se atreve a entregar todo su ser sin tener claros los riesgos?

El escritor Francisco Umbral.

El escritor Francisco Umbral. / EP

Siempre voy tarde. Me atropella la actualidad. Inmisericorde. Y cuando quiero mirar, me enfango con las polémicas hodiernas. Pienso ahora que 'hodierna' es una palabra que la estilometría usará sin duda como rasgo pertinente en mi estilo, para la atribución de autoría y, válgame el Señor, para analizar sentimientos. Pues ya se lo digo yo a los estudiosos: yo soy hodierno porque el mundo me ha hecho así.

Pasan por encima de mí –y yo me quedo como un perro de presa– las películas que piden atención y cuidado, como 'Los domingos' de Alauda Ruiz de Azúa, la concesión de premios literarios en plan jeta según las crónicas más apresuradas y la aparición en la editorial Renacimiento de dos volúmenes que recopilan por primera vez artículos de Francisco Umbral en la revista 'Jano' (uno al cuidado de la profesora francesa Bénédicte de Buron Brun y otro de la mano de Àlex Prada).

Las tres situaciones me permiten hablar de la vocación, concepto difuso y muy escurridizo y que nos echa la zancadilla como los malos defensas. Quizá nada haya que añadir de los premios en plan jeta. Ahí poco queda de la vocación excepto la que aportan con mucha emoción los miles de participantes que creen que pueden ganar. El caso de Umbral es muy distinto. Es un escritor vocacional pero siempre que hubiera una contraprestación económica para esta vocación.

La película de Ruiz de Azúa está tan fuera de la actualidad que pone al espectador frente a frente con realidades que pensaríamos ya no existen o son un fenómeno ajeno a la actualidad. ¡Ay la actualidad! La vocación en 'Los domingos' desmonta una estructura familiar ya bastante deteriorada, incomoda –pero poco– a un padre con otros intereses y batallas, viene a crear un conflicto grave en la tía.

Todo gira, aunque no lo parezca en torno a la vocación. Entrar como monja de clausura en un convento no parece ser el futuro previsto para la joven (la niña, quizá, según la ven otros). La simpleza del planteamiento no admite más discernimiento que el que la pueden procurar en el convento. Todo es mucho más complejo que el "vado io", un "yo voy" con rasgos de militancia.

Resulta muy difícil encontrar esta militancia en la vida literaria. ¿Quién se la juega ahora sin el paracaídas de otro trabajo? ¿Quién se atreve a entregar todo su ser sin tener medianamente claros los riesgos? ¿Sueñan los androides con vocaciones eléctricas? La vocación acepta la llamada interior en toda su magnitud. El abandono. El desprendimiento. Y quien la recibe no explica, no valora, no razona.