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Opinión | PERIFÉRICOS Y CONSUMIBLES

Javier García Rodríguez

Javier García Rodríguez

Escritor y profesor de Literatura Comparada en la Universidad de Oviedo

Casi el romance de Amenábar

No le teme Alejandro ni a la ficción ni a sus secuaces, y no duda en abrirle la puerta a un Cervantes gay

El actor Julio Peña como Cervantes en 'El cautivo', la película de Alejandro Amenábar.

El actor Julio Peña como Cervantes en 'El cautivo', la película de Alejandro Amenábar. / EP

Andan los biógrafos de Miguel de Cervantes y los cervantistas diplomados afilando dagas, alfanjes, cuchillos y puñales para trinchar con elegante parsimonia la historia del cautiverio cervantino llevada a la pantalla por Alejandro Amenábar. Preparados para despiezar, deshuesar, cortar y picar esta ficción que atiende a lo que pudo haber sucedido en los años de prisión del joven soldado después de caer en manos de los piratas berberiscos y de terminar en una Argel descocada y colorista.

El director de la cinta no se inmuta. Él viene del olimpo. Lo han consagrado el público y el canon. Le han cantado coplas y está recogido en los romances: "Amenábar, Amenábar, / moro de la morería, /el día que tú naciste / grandes señales había!". No le teme Alejandro ni a la ficción ni a sus secuaces. No duda en abrirle la puerta a un Cervantes gay, a una narración que salva más por lo que promete que por lo que entrega. Miguel alienta –sí pero no– los deseos de huir y de quedarse, las pulsiones de permanencia y abandono. Lo anacrónico se convierte en el campo de batalla. ¿Cómo hacer que los valores de hoy, tan repulidos, puedan explicar un pasado oscuro como la tez de los captores?

En tiempos de 'influencers' que no leen e incendian las redes con opiniones desatornilladas, el joven Miguel, con su barba recortada en berbería barbería 'cool', es capaz de soliviantar con sus historias a los cautivos para que intenten huir y al tiempo consigue jugar al juego sodomita intelectual en el que el poder y la fuerza se diluyen en el jugo primordial de la conquista. Está por ver hasta dónde llega la potencia del relato.

Quizás la principal rémora sea una estética que en ocasiones entronca con el 'brilli-brilli' o se enfanga en parecerse a una cabalgata navideña. Hay buenas intenciones y resultados visuales a veces deslumbrantes. Y no se quita uno la sensación de que todo ello penaliza a un relato que hay que seguir utilizando un manual con códigos de la actualidad. El presentismo radical nos salva de ser cautivos de unos valores que amenazan con limitar nuestra interpretación de unos hechos que exigen una lectura especular (Sherezade y esas cosas…).

Cuando el arte quiere salvar al mundo lo tizna de mensajes. Los pies se ven apresados en las arenas movedizas de lo pulcro, en la pecina extensa de lo que se persigue inmaculado. La ficción no termina de salvar tanto rompecabezas. Solicita tanta adhesión que seguimos con el romance: "moro que en tal signo nace / no debe decir mentira". Y, si es el caso, que alguien pague nuestro rescate para que muchos años después podamos escribir una obra maestra.