Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

ENTREVISTA

Hélène Cixous, Premio Formentor 2025: "Somos actores del tiempo en el que nos toca vivir"

La autora francesa, reconocida este año con el prestigioso galardón literario, concede una entrevista exclusiva al suplemento ABRIL días antes de recibirlo en Madrid

La escritora franco-argelina Hélène Cixous, Premio Formentor de las Letras 2025

La autora francesa Hélène Cixous, Premio Formentor de las Letras 2025.

La autora francesa Hélène Cixous, Premio Formentor de las Letras 2025. / Editions Gallimard

Anna Maria Iglesia

Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

"Siento mucha desesperanza", reconoce Hélène Cixous. Nacida en Argelia en 1937, observa con dolorosa preocupación el genocidio de Gaza. Ha vivido los peores episodios del siglo XX y constata que "no se aprende nunca nada", pues "todo vuelve a empezar, una y otra vez. Lo que aconteció vuelve a acontecer, aunque con otras formas. Como en el teatro, cambian los personajes y las máscaras, pero la historia es siempre la misma: es la historia de destrucción de la humanidad a través de ella misma. Es la constante renovación del odio".

Es una de las máximas exponentes de la llamada 'French Theory', expresión con la que en Estados Unidos se hizo referencia a las propuestas filosóficas que renovaron la lingüística, el psicoanálisis y la crítica literaria, introduciendo además conceptos clave para los 'queer studies' y los estudios poscoloniales. Galardonada con el Premio Formentor 2025, vuelve ahora a nuestras librerías gracia a Cátedra, que publica por primera vez en España 'La risa de la medusa', manifiesto clave sobre la escritura de mujeres.

"Durante todo el tiempo en que vivía en Argelia soñaba con llegar un día a Argelia". Así empieza 'Las ensoñaciones de la mujer salvaje'. Usted nació en Orán, cuando Argelia era francesa, pero no es argelina. Su familia es de origen judío y su madre es de origen alemán. A los 18 años, marchó a París. ¿Soñó alguna vez con pertenecer a algún lugar?

Yo creo que nunca fui a buscar identidad alguna, porque, por las experiencias vividas en mi infancia, que fueron más bien complejas, entendí desde muy pronto que la identidad es algo fugaz, incierto e inestable. Por ello, hui siempre de la posibilidad de inscribirme en una identidad y aún sigo en esta huida.

Entiendo que su infancia ha marcado todo su pensamiento y su literatura.

En todos los sentidos. Todavía hoy soy la niña que vivió todas esas experiencias y que no conoció otra cosa. Pero debo decir que esas experiencias fueron una bendición, porque me enseñaron a no quedarme ciega y a no dejarme engañar por la idea de la identidad. Desde muy pequeña, viví la identidad como algo a lo que contestar, algo contra lo que se tenía que ir. Además, yo no tenía una identidad concreta. Cuando tenía tres años, en 1940, a los judíos de Argelia, que supuestamente eran franceses, se les denegó la nacionalidad francesa, así que, milagrosamente, dejé de ser francesa a los tres años y nunca quise volver a serlo.

Pero, legalmente, es francesa.

Tenga en cuenta que la Francia de mi infancia era una Francia en guerra, era un país que solo podía asociarse con la vergüenza, con la traición. Era un contexto horroroso, donde los imperialistas perseguían a las poblaciones que habían sometido. Se me quedó grabado para siempre. Por eso me cuesta tanto decir que soy francesa, porque lo soy tan poco… Y por eso siempre digo que, si bien es cierto que soy experta en literatura francesa, estos conocimientos existen a través de la frecuentación de otros idiomas. En este sentido, me sabe mal, pero no hablo español, a pesar de que mi familia paterna venía de Orán, donde se hablaba español. Mi abuela lo hablaba con su hermana y mi padre también lo hablaba, pero a mí se me orientó hacia el aprendizaje del idioma de mi madre, el alemán.

En 1940, a los judíos de Argelia se les denegó la nacionalidad francesa, así que, milagrosamente, dejé de ser francesa a los tres años y nunca quise volver a serlo

Y con Carlos Fuentes, gran amigo, ¿en qué lengua hablaba?

Él me escribía en inglés, lo puede ver en las cartas que me escribía y que se conservan en la Biblioteca Nacional. Hablábamos principalmente en inglés. En mi vida nada ha estado calculado, así que puedo decir que tuve la suerte de crecer y formarme rodeada de distintos idiomas. En casa se pasaba de una lengua a otra y las lenguas se entremezclaban entre sí, se hacían guiños, así que, desde muy pronto aprendí que el idioma habla muchos idiomas. Además, si nos ponemos a estudiar de manera más erudita la etimología, nos damos cuenta de que una gran parte del francés tiene raíces árabes.

Esa experiencia está en la base de una de sus ideas: el significante debe liberarse de su significado.

Ciertamente, pero para ser más precisa: el significante debe liberarse de una significación única. Esta es la parte más maravillosa de la lengua. Por esto, los significantes son lo primero de lo que se apropian los poetas para así apelar a otras cosas, y para ello se liberan del significado único. Los significantes son criaturas muy serias y también muy juguetonas, son los que permiten jugar a la lengua y jugar con la lengua.

Sus reflexiones lingüísticas dialogan estrechamente con la propuesta deconstructiva de Jacques Derrida y las reflexiones de Michel Foucault. Pienso, por ejemplo, en 'El orden del discurso'. Pero más allá de estas afinidades intelectuales, entre ustedes había amistad.

Todos nosotros pertenecemos a una época. Es cuestión del destino. Las personas que investigaban, pensaban y trabajaban en la época en la que yo me estaba formando eran precisamente Derrida, Foucault, también Jacques Lacan… Eran personas muy creadoras, buscaban un nuevo pensamiento crítico en relación con el texto, una nueva relación entre la literatura y el sujeto y, por lo tanto, entre el lenguaje y el psicoanálisis y la presencia del inconsciente. Para la doctrina más clásica todo esto era revolucionario, puesto que lo que estábamos afirmando era que en toda expresión –y, por tanto, en todo ejercicio de escritura y lectura– jugaba un papel clave ese demonio llamado inconsciente. Luego está el aspecto más personal, porque, obviamente, más allá de lo intelectual, las relaciones personales son muy importantes. La amistad que tenía con Foucault no tenía nada que ver con la amistad que mantenía con Derrida. Mi vínculo con Derrida duró siempre, era un vínculo 'pour la vie'. Este es el título del libro que me dedicó y que no solo significa "para toda la vida", sino también "a favor de la vida", "para crear vida". Con Derrida hubo algo diferente, ante todo porque fue un ser excepcional, único, en el siglo XX. Fue alguien que abrió un camino de creación a lo largo de toda la vida. Con Foucault el vínculo era distinto, lo que nos unía era el interés por la historia del inconsciente, por la relación entre la prohibición y la cárcel. También todo lo que él había vivido, esas experiencias en las que yo me reconocía.

¿Vivieron un momento dorado para el pensamiento francés y para la figura del intelectual?

Nunca me detuve a reflexionar sobre el llamado 'pensamiento francés', en parte porque creo que toda aventura intelectual va acompañada de un metalenguaje. El contexto tuvo mucho peso, un contexto muy político: la Segunda Guerra Mundial nos marcó mucho, pero luego vinieron las guerras de descolonización, la guerra de Argelia y la de Vietnam… Este fue el paisaje en el que nos inscribimos entonces, un paisaje que, de todas maneras, no ha cambiado tanto. Vivo preocupada por lo que sucede en Ucrania y en Gaza. Y, evidentemente, todo lo que vivimos se refleja en nuestras obras. El contexto influye y nosotros debemos participar, debemos ser interrogados por él, pues somos actores del tiempo en el que nos toca vivir.

Vivo preocupada por lo que sucede en Ucrania y en Gaza. Y, evidentemente, todo lo que vivimos se refleja en nuestras obras

En ese sentido, usted participó activamente en el Mayo del 68.

El Mayo del 68 fue y seguirá siendo un momento de sorpresa, de maravilla y de alegría de nuestra historia. Por entonces, mis hijos eran pequeños, pero todavía hoy lo recuerdan como un momento glorioso de sus vidas. La juventud de hoy es infeliz, pero la de entonces era una juventud poética, por decirlo de alguna manera, llena de esperanza y llena de gran creatividad. El 68 fue una microrrevolución que levantó el país y lo transformó. Si repaso lo vivido a lo largo de toda mi existencia, que es larga, la mayoría de los sucesos son trágicos, tienen que ver con la destrucción y con el odio, pero el 68 fue un contrapunto: fue un momento de extraordinaria alegría que dejó huella y que no se puede borrar de la memoria.

Y en el 68 usted abría puertas siendo una de las pocas mujeres profesoras universitarias y fundaba la Universidad Experimental, hoy llamada Paris VIII.

Era un momento muy político. Los grandes escritores de entonces, algunos de ellos exiliados de sus países, otros no, incorporaban la reflexión política en sus textos. Pienso en Julio Cortázar, en Carlos Fuentes, en Octavio Paz, pero también en Italo Calvino. Cuba era objeto de discusión y había una gran desconfianza ante la situación política del continente. Edgar Faure, ministro de Educación, quería abrir una nueva universidad y, cuando vino a comentarlo con el decano de mi facultad, yo estuve ahí y propuse una universidad experimental, muy acorde con el espíritu del 68. Así que la inventamos de la nada y para hacerlo conté con la ayuda de Derrida y Foucault, que estaba a punto de marchar a Estados Unidos; le agarré y le pedí que se quedara. Y así hizo.

La universidad nació en Vincennes, pero acabó en la 'banlieue' de Saint-Denis.

Lo de Saint-Denis fue un castigo. Construimos de la nada una universidad en medio del bosque de Vincennes, que es un lugar mágico, es el lugar donde Luis IX administraba justicia bajo un viejo roble que todavía sigue ahí y es el lugar donde tiene sede el Théâtre du Soleil. La universidad se fundó siguiendo los principios de la libertad, la interdisciplinaridad y la hospitalidad, y comenzó a ofrecer estudios a los trabajadores y a quienes no tenían un diploma. Esto no gustó y el Gobierno hizo de todo por destruirla. Terminó en Saint Dennis y eso fue un problema, porque hubo profesores muy experimentados que nos soportaron el nuevo contexto. Saint-Denis no era un lugar fácil, las condiciones eran complejas. Muchos abandonaron y el proyecto se deterioró.

La juventud de hoy es infeliz, pero la de entonces [Mayo del 68] era una juventud poética, llena de esperanza y de gran creatividad

En 1975 publicó 'La sonrisa de la medusa', un texto clave dentro de la crítica feminista. Usted reflexiona sobre la "escritura femenina" y habla de Jean Genet como representante de esta escritura.

Sí, debemos escribir "femenina" entre comillas, deberíamos hablar de escrituras femeninas y no pensar lo femenino en relación con el rol tradicional de la mujer. Cuando en 1975 escribí este texto, si las escritoras queríamos encontrar libertad, aventura y audacia, debíamos mirar a Jean Genet. Homosexual, un niño entregado a la asistencia pública por su madre, sin estudios superiores, era un revolucionario. Fue uno de los grandes poetas y nos descubrió una manera de escribir que nunca habíamos visto, atacando la escritura clásica francesa, haciendo trabajar al significante de tal manera que los significados saltaban por los aires. Otra opción era fijarse en la escritura inhibida de esas autoras de gran audacia. Estaba Colette, que pertenecía a la modernidad, estaba Marguerite Duras y, quizás, Nathalie Sarraute, aunque, si bien era una gran escritora, siempre me molestó que se posicionara en contra de cualquier discurso sobre el lugar que ocupaban las mujeres. Nunca nos defendió, siempre se puso en el lado de ellos. Le hablo del contexto francés, porque, si miramos fuera, hallamos grandes autoras, sobre todo en Inglaterra. Pero en Francia, en aquellos años, si queríamos ir a buscar algo nuevo, nos teníamos que alejar de la escena clásica y fuera de esta escena las mujeres eran pocas.

Usted dice ahí que creía que publicar era algo reservado a ellos.

Yo publiqué por primera vez a los 27 años y hasta entonces había escrito con la convicción de que los que podían publicar eran los hombres. En parte tenía razón, porque por entonces había muy pocas mujeres que publicaban. Y no solo esto: en la investigación universitaria, apenas había mujeres, porque la mayoría de ellas, al finalizar los estudios, asumían que era inútil insistir, porque no había un lugar para ellas. Si yo publiqué fue gracias a mis amigos. Recuerdo cuando le enseñé mis textos a Derrida, que consideró que tenían que publicarse. Evidentemente, hemos avanzado muchísimo en este último siglo, pero todavía no hemos llegado a ningún sitio. Aún hoy, 60 años después de que yo comenzara a reflexionar sobre estas cuestiones, por ejemplo, el aborto sigue siendo objeto de discusión y no algo asumido por completo.

Usted continúa escribiendo. ¿Lo sigue haciendo como si pintara?

Mi relación con la pintura no es solo intelectual, tiene mucho que ver con el hecho de que mis amigos son artistas: pintores, escultores y diseñadores. Cuando los observo trabajar en sus talleres, cuando los observo ir en busca de la obra y luchar por alcanzar la obra, me doy cuenta de que su trabajo no está muy lejos de la escritura: pintar y escribir es ir a ciegas, es escuchar un llamamiento e ir en su búsqueda sin saber muy bien por dónde transitarás. Esto es lo que tradicionalmente se ha llamado 'inspiración': estás delante de una tela o de una página en blanco en la que no hay nada y te precipitas a su vacío empujada por esta explosión de la idea. Es entonces cuando nace algo y tú tienes que intentar darle forma. Y la forma no existe como algo previo, sino que cada obra, cada libro, requiere su forma. El reto es encontrar la forma, y lo es en la pintura y en la escritura. Quien escribe se enfrenta a ese mismo vacío al que se enfrenta el pintor o el escultor.

La risa de la medusa

Hélène Cixous

Cátedra

64 páginas. 10,95 euros

A la venta el 11 de septiembre