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CRÍTICA

'El verano de Cervantes', de Antonio Muñoz Molina: una lección cervantina

Este libro contiene la sabiduría del autor como narrador y su experiencia como lector

Antonio Muñoz Molina: "La palabra clásico sugiere algo perfecto, inamovible y lejano, y ‘El Quijote’ no es nada de eso"

El escritor Antonio Muñoz Molina.

El escritor Antonio Muñoz Molina. / José Luis Roca

Ricardo Baixeras

Ricardo Baixeras

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Con 'El verano de Cervantes', Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) ha escrito el libro de su vida, o de sus vidas lectoras o de los recuerdos de un tiempo pretérito. Ha escrito el libro que contiene su sabiduría como narrador y su experiencia como lector y su vida parada en el tiempo perdido de su Úbeda natal. Un texto caleidoscópico y múltiple que puede leerse, si se quiere, como las notas dispersas de un narrador de primera fila que lee cada verano el libro mayor de la literatura, o como un tratado, al estilo de Milan Kundera, sobre el arte de la novela, o como los recuerdos emocionantes y emocionados de una época ligada a un libro que para el autor de Sefarad (2001) ya no volverá.

Como lector de 'El Quijote', las capas que Muñoz Molina construye en este libro son de una minuciosidad asombrosa. Con una lectura atenta y perspicaz recorre pasajes del texto cervantino y de la vida del autor que le permiten volver a preguntarse en qué consiste la locura de don Quijote que "intensifica hasta lo adivinatorio la percepción poética del mundo" y cuya condición decisiva "no está en confundir lo que ve, sino en la prisa catastrófica que se da en interpretarlo según sus expectativas librescas y en pasar a la acción".

A la locura del héroe cervantino le dedica infinidad de pasajes, quizá porque sabe los malentendidos que ha provocado y porque reconoce que ahí está uno de los centros neurálgicos del libro: "La sustancia última de don Quijote no es la posible locura, sino la teatralidad. Se apaga cuando no tiene delante un público atento y receptivo al espectáculo de su oratoria y de sus disparates".

Muñoz Molina lee el libro de Cervantes sabiendo que la 'escritura desatada' (a saber: "la proliferación de las voces, de los personajes, de los relatos que se enredan entre sí, el torrente verbal que es como un río que arrastra todos los materiales de la vida") es otro de los corazones del libro, esa "especie de deflagración narrativa a la que el propio autor asiste con agradecimiento y asombro, porque no sabe bien hacia dónde lo lleva el impulso que está siguiendo [...] el edificio entero de la imaginación asentándose de golpe con la firmeza de la arquitectura y la liviandad de un espejismo o de una composición musical polifónica". Y que la ironía es la vuelta de tuerca que consigue vencer la crueldad y el desgarro que, por momentos, asoman en el horizonte de las vidas desastradas de don Quijote y de Sancho.

Punto de no retorno

Por extensión, lee Muñoz Molina la obra de Cervantes como un punto de no retorno (quién sabe si también para él) sabiendo que el futuro al autor del 'Persiles' ya no le pertenece porque es un hombre del Mediterráneo: "El horizonte imaginativo y vital de Cervantes es el Mediterráneo. Es un hombre que sigue viviendo mentalmente en el tiempo de su juventud, el de la batalla de Lepanto, la amenaza marina de los turcos, el del poderío político y comercial de Venecia, el enclave pirata y esclavista de Argel. En los años de su vejez y su creciente visibilidad literaria, el mundo había virado hacia el Atlántico, pero su mentalidad ya no podía cambiar".

Es muy notable la forma en que Muñoz Molina expresa fogonazos teóricos con un estilo nada ampuloso

Es también 'El verano de Cervantes' un tratado narratológico de primer orden sin la confusión terminológica y conceptual en que recaen, en ocasiones, algunos de los más sesudos libros sobre poética narrativa que en el mundo han sido. Es muy notable la forma en que Muñoz Molina expresa fogonazos teóricos con un estilo nada ampuloso.

Por eso puede expresar ya no solo en qué consiste el centro motor del libro de Cervantes, cuando no también de la vida y obra del manco de Lepanto, sino por extensión qué significa escribir un texto narrativo y cuál es la concepción que Muñoz Molina tiene de la novela. Es decir, cómo dar cuenta de ese "campo magnético en el que se congregan por sí solos los elementos fundamentales y dispersos de la experiencia de la vida, transformados en ficción por el paso del tiempo y el poder simplificador de la memoria y el olvido" sabiendo, en definitiva, que si la novela es algo "es la conciencia de que no hay pureza química ni espiritual en nada, que nada es firme ni del todo noble ni duradero ni incondicionalmente dañino o benéfico, que cada persona es un mundo, incluso varios mundos".

Escrito con la sabiduría tranquila que dan los años, a uno le vienen unas ganas enormes de volver a tener entre las manos el libro de todos los libros

Especial relevancia tiene para Muñoz Molina asentarse en la tradición de los tres autores que más ha leído (Miguel de Cervantes, Michel de Montaigne y Marcel Proust) porque sabe que sin "hacer aspavientos, sin reclamar demasiada atención, cada uno de los tres inventa una prosa que no ha existido antes. Es una forma orgánica y por lo tanto abierta, que da más una impresión de proceso que de obra cerrada, la sensación de que lo que se está leyendo ha sido creado en el momento mismo en el que se escribía, y ha preservado esa palpitación, ese temblor de lo improvisado, una duración que se dilata con la misma persistencia tranquila que hay en el flujo de las vidas comunes y de los pensamientos, en la pura sucesión de las horas y los días".

Recuerdos intactos

'Last but not least'. 'El verano de Cervantes' puede y debe leerse como los recuerdos intactos de un escritor leyendo el ejemplar de Austral en la casa familiar y recordando qué significó la lectura de ese libro y cómo pasa el tiempo sabedor de que vive "en el libro como en una casa de campo inmemorial, fuera del tiempo, en el presente de ahora mismo y en cada uno de aquellos veranos y lugares del pasado, y quizás también en el porvenir en que lo leeré de nuevo, más viejo ya que el viejo Cervantes".

El libro de Cervantes como un hogar al que siempre regresar, como la piedra de toque que aquel niño lector todavía no sabía en qué consistía, sin nociones teóricas, sin lecturas acumuladas todavía, pero que ya vislumbraba que aquellas páginas eran un lugar seguro, "un refugio porque me saca de mí mismo y a la vez me devuelve un tiempo lejano y perdido de mi vida, y retrata un mundo que en muchas cosas me es más familiar que el mundo que encuentro al salir a la calle, leer el periódico, vagabundear por internet".

Escrito con la sabiduría tranquila que dan los años lo mejor que se puede decir de este brillante ensayo narrativo sobre Cervantes y 'El Quijote' es que a uno le vienen unas ganas enormes de volver a tener entre las manos el libro de todos los libros y volver a encandilarse con aquella magia que ya no podemos soslayar más tiempo: "En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no me acuerdo…".

El verano de Cervantes

Antonio Muñoz Molina

Seix Barral

448 páginas

22,90 euros