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REPORTAJE

Rosa Chacel, la autora que se portó mal "con todo bicho viviente"

Una de las grandes intelectuales del siglo XX, Rosa Chacel, fue una mujer decididamente esquiva y difícil. La reciente biografía ‘Íntima Atlántida’, que le ha dedicado Anna Caballé, muestra, negro sobre blanco, que la principal enemiga de Chacel fue... ella misma, una gran solitaria por propia voluntad, porque pese a sus circunstancias aciagas tuvo buenos y esforzados amigos, con quienes no siempre fue justa

La escritora Rosa Chacel.

La escritora Rosa Chacel. / Joan Cortadellas

Elena Hevia

Elena Hevia

Barcelona
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Rosa Chacel (Valladolid, 1898 -Madrid 1994) no tuvo un camino fácil. Solo se la reconoció como integrante de la Generación del 27 a su regreso definitivo a España en 1977 tras el exilio, y en ese momento la academia tampoco le brindó demasiada atención. En ‘La edad de plata’, de José Carlos Mainer, el primer estudio para entender la vida cultural de las cuatro primeras décadas del siglo XX, apenas si aparece citada. La culpa no fue del todo de las complejas circunstancias que le tocó vivir: un exilio, poco marcado por la política, que la expulsó del riquísimo y moderno florecimiento cultural de los años de la República; un trasterramiento a Brasil que la aisló y la alejó de las colonias de exiliados en México y en Argentina, un escaso reconocimiento público de su valía por ser mujer. Parte de aquella culpa la tuvo ella misma.

Seguidora de Ortega y Gasset, Chacel trasladó los postulados filosóficos de éste a sus novelas -con tramas dibujadas muy sutilmente o directamente inexistentes- y no recibió la respuesta esperada del pensador porque él, misógino impenitente, no se tomó siquiera la molestia de leer su primera novela, ‘Estación ida y vuelta’, que en 1930 anticipaba las formas en la que dos décadas más tarde incurriría el ‘nouveau roman’. “Mi historia es un diálogo siempre entrecortado”, escribió la vallisoletana. Pero no solo eso, la historia de Chacel es también una ‘terra incognita’ en la que pugnan fuerzas de difícil conciliación: por una parte, la necesidad de relatar los (propios) sentimientos, base de su escritura; por otra, la imposición a sí misma de ocultarlos fingiendo una vida plena. Todo ello, servido por una escritura difícil y a ratos opaca que bebió directamente de James Joyce y que ella empezó a practicar en la España de antes de la guerra, cuando imperaba el realismo y la mayoría de las mujeres leían novelitas rosas estilo ‘Cristina Guzmán, profesora de idiomas’. 

Si pudiera hablar

En España nunca se llegó a conocer del todo a la autora. Demasiado tiempo fuera. Demasiado ocupada ella misma en ocultar sus circunstancias. La biografía de Caballé la retrata con un carácter insufrible, enrocada en la consideración de su propia valía -algo que han practicado los hombres habitualmente y es más raro detectar en una mujer-, una alta capacidad para juzgar a sus semejantes sin la menor generosidad y un punto de inquina. El trabajo de la biógrafa nada tiene de hagiográfico. Chacel jamás se reconocería a sí misma en un retrato condescendiente y amable. A ella, que detestaba el feminismo de los cuidados, no le gustaba el término literatura femenina porque en aquel tiempo eso suponía equipararse a una literatura sentimental con la que no se identificaba. Caballé ha querido ser justa : “La he tratado en sus propios términos. Ella no admitiría la piedad o la compasión, quería ser tratada como un hombre y eso es lo que he hecho”.

Entrar en su vida, la de la niña mimada por todos que a los 10 años se consideraba a sí misma un ser completo y adulto sin haber tenido la experiencia del colegio, el amor, el sexo y, en suma, el mundo, ha sido clave para desbrozar un enigma. El mismo del que a lo largo de sus diarios (que tendrán reedición este mes de junio) exprese una y otra vez su humillación, su amargura y sus misterios.  “En sus diarios, siempre parece estar a un paso de contar lo que le ocurre, pero no lo hace. Hay un continuo ‘si yo pudiera hablar’ o ‘mi vida es horrible, pero no puedo decir más’”, explica Caballé, que ha actuado como una verdadera detective hasta descubrir en Brasil el origen de esta herida de la que, según la biógrafa, ella fue sino la única, sí una de sus responsables. 

Se impone aquí una recapitulación en la vida de la escritora. Hay que hablar de sus padres. De su madre, venezolana, que con su dulce acento le inculcó su amor por las palabras. De su padre, encantador, pero un negado para la vida práctica que “no dio un palo al agua” en su vida. De la niña lista y solitaria, que se crio como hija única (su hermana vendría cuando ella era casi una adulta). De su formación intelectual autodidacta, a excepción de su paso por la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde conoció al que sería su marido, el pintor Timoteo Pérez Rubio ‘Timo’, clave en lo que acabará siendo el gran agujero negro en su vida. De su vocación incansable por la literatura de vanguardia, convencida de que el futuro de la literatura es el surrealismo y la abstracción, con novelas tan intrincadas como ‘Estación ida y vuelta’ o ‘La sinrazón’, y obras mucho más luminosas como ‘Teresa’, ‘Memorias de Leticia Valle’ y algunos cuentos a los que Caballé sitúa a la altura de Chéjov o de Borges. “Ella tiene una gran incapacidad para decir las cosas como son. Le pasa lo que a Eugeni d’Ors cuando le pedía a su secretario que leyera lo que acababa de escribir y si el hombre lo entendía decidía oscurecerlo”, explica la biógrafa.  

El secreto

Vayamos al misterio que revela el libro, clave para retratarla al completo, y que Caballé apenas vislumbraba antes de indagar en la vida de la autora. A pesar de que oficialmente estuvieron casados hasta la muerte de su marido en 1977, Timo no fue un hombre fiel y no lo fue desde los primeros días del matrimonio. Llegó incluso a tener un escarceo (o quizá algo más) con la hermana menor de Chacel, Blanca. Pero eso es pecata minuta frente a lo que encuentra la biógrafa a su llegada a Río de Janeiro, donde la autora pasó buena parte de su exilio, algo que ella había decidido ocultar celosamente: que Timoteo mantuvo una relación estable de casi 40 años años con el conocimiento de Chacel con una rica estanciera brasileña, Lea Pentagna, quien accedió a mantenerse oculta frente a los demás, mientras la esposa vivía largas temporadas en Buenos Aires, Estados Unidos y finalmente en España, donde acabó regresando. 

Contra lo que pueda parecer, Chacel, mujer fuerte, no es la sufrida esposa. Pese a las evidencias de que su matrimonio estaba roto, ella se resiste al divorcio. Tiene innumerables ocasiones de emanciparse económicamente de Timo, pero las malogra todas. Mantiene con él una larga correspondencia en la que se muestra amargada y tiránica y él, siempre atento y conciliador, da cuenta de sus luchas económicas por mantenerlos. “El sacrificio de Timo, su vida íntegramente supeditada a la lucha por el dinero, y yo, mientras tanto, haciendo literatura pura”, escribe ella. 

Caballé preguntó al hijo, hijo único, de la pareja, Carlos, fallecido a principios de este año, por qué en la estancia de madre e hijo en Buenos Aires, donde apenas si tenían para comer, el niño iba al colegio más caro de la ciudad. “Fue para fastidiar a mi padre, para que pagara”, contestó. “Yo veo dos explicaciones a esta dependencia -apunta la biógrafa-, ella cree que él tiene que purgar por la infelicidad que le ha causado y también porque en el fondo es una mujer de su tiempo que sin un hombre se siente completamente desvalida de puertas afuera. Jamás se le ocurre pensar en sus propios defectos, hacer autocrítica”. 

Chacel, asegura Caballé, pensó cómo tenía que ser su matrimonio y cómo tenía que ser su literatura y "de ahí no se movió", aunque las circunstancias no encajasen. Por eso compara a la española con Simone de Beauvoir, que pese a haberse acabado su relación con Sartre, quiso escribir sobre los últimos años del filósofo para dejar su impronta. “Chacel hizo lo mismo con Timo. Tras su muerte escribió la biografía de éste, donde, naturalmente, no aparece Lea Pentagna. Ella no pudo leer el libro porque cuando se publicó ya estaba ciega. De hecho, las sobrinas brasileñas de Lea, que conocían bien la historia de su tía, desconocían la importancia de Chacel”. 

Último capítulo

La historia de Rosa Chacel tiene un final más luminoso del que suele tener cualquier otra biografía de escritor, cuando las fuerzas flaquean y lo mejor de la producción literaria queda ya lejos. A sus 70 años, y tras haber entrado en contacto con una serie de jóvenes escritores que la apoyan y admiran como Ana María Moix y Pere (entonces Pedro) Gimferrer; tener a amigos tan variados como Lolo Rico (creadora de ‘La bola de cristal’) o Miguel Marías, padre de Javier, se convierte en una figura popular, reclamada por los medios de comunicación y especialmente, en televisión. Joaquín Soler Serrano le hace una entrevista en su mítico ‘A fondo’ que la muestra recelosa y elusiva. Sin embargo, en lo personal vuelve a quedarse sola.

Teniéndolo todo a favor, en 1982 decide publicar en vida sus diarios, donde traslada su rencor y su veneno no solo a los que considera que la han tratado mal, sino también a los que han sido sus incondicionales defensores, mencionándolos con desprecio y condescendencia. Evoca Caballé: “Ella solía ir a la tertulia dominical de Julián Marías, de la que también habían formado parte Antonio Tovar y Dionisio Ridruejo. Pues bien, el domingo siguiente a la aparición de los diarios, cuando todos hablaban de la deslealtad de Chacel, ella se presentó en la tertulia como si nada hubiera pasado. Marías, a quien llama Juliancito o el divino Alcibíades, no le dice nada, pero acusa la tirantez y le comenta dolido a su hijo: hubiera preferido que Chacel tardara unos meses en venir”.  

Muere a los 96 años, lúcida de mente, de una insuficiencia renal provocada por el abuso de aspirinas. En sus últimos años ha tenido que ver cómo se le escapaba el Cervantes que va a parar a María Zambrano, otra importante exiliada como ella. Chacel lamenta - siempre se está lamentando de todo- que la cultura oficial española la desprecia, pero en esas horas finales es capaz de aparcar sus resentimientos para escrutar el corazón de su propio mal. Escribe en su diario: “cuanto más revuelvo el pasado más horrorizada me siento ante lo mal que me he portado ¿con? con todo bicho viviente y en especial conmigo misma”. Es una de las pocas veces en las que permite que su gigantesco ego admita la responsabilidad de haberse equivocado.