ENTREVISTA
Cristina Sánchez-Andrade, escritora: "Todo lo que escribimos estaba antes en nosotros"
Versa su última novela o largo relato poético, 'Habitada', de un caso de 'corpo aberto' o posesión sucedido en una remota aldea al norte de Galicia
Crítica de 'Habitada', la nueva novela de Cristina Sánchez-Andrade: entre la transgresión y la represión

La escritora Cristina Sánchez-Andrade, autora de 'Habitada'. / Victòria Rovira

Se presenta en su apariencia frágil, delgada en extremo y sin embargo, bella, muy bella. No es Cristina Sánchez-Andrade Potter como esas protagonistas suyas atormentadas en busca de una forma y una voz masculinas. A ella (Santiago de Compostela, 1968) se le siente contenta y acomodada en su feminidad. Tampoco se parece a esas oradoras fabulosas que una imagina contando las historias de sus libros, sino que tiene apariencia de sesuda y sensata mujer de letras fajada en mil estudios y lecturas.
Licenciada en Derecho y Periodismo, fue funcionaria de prensa en el Europarlamento, también en la SGAE; y fue madre joven, lo es de cuatro hijos, y feliz esposa, y en el camino, partiendo de la capacidad oratoria de sus ancestros femeninos, encontró su voz o las decenas de voces que desde el firmamento al subsuelo pululan en sus narraciones fantásticas. Y celtas.
Versa su última novela o largo relato poético de un caso de corpo aberto o posesión sucedido en una remota aldea al norte de Galicia, Habitada. No es la primera vez que su literatura se sumerge en estos fenómenos alucinatorios que, sin ser la mente consciente, el cuerpo dicta guiado hasta el delirio por la emoción, que es también el sentimiento que a ella le conduce: "Para contar –dice- necesito que la historia se conecte personal y corporalmente conmigo".
No todo es explicable ni mucho menos racional en el universo de esta criatura atlántica, es fantasía pero es real y ni ella sabe explicárselo: "Todo lo que escribimos estaba antes en nosotros".
Gonzalo Torrente Ballester recordaba las broncas editoriales por teñir su lenguaje de voces gallegas no traducibles, empleadas con la misma naturalidad de una onomatopeya. ¿Qué le dicen a usted cuando empieza con la cantinela de pota, coso, espantallo, birollo, arrecaray, cativo, alevai y por ahí?
Afortunadamente, lo respetan, saben que es parte fundamental de mi universo literario. Creo que por el contexto llegas al sentido de la palabra. Alguna vez me han sugerido que incluya un glosario de los términos gallegos que utilizo, pero sería lo último que haría, porque además no son solo las palabras, sino la estructura de las frases que reproduce la forma de hablar, la oralidad gallega.
La oralidad, que hasta hace bien poco no estaba bien vista y ahora, ¿no es cierto que se ha convertido en un valor en alza?
Totalmente, pero es la literatura de la que yo he bebido siempre. Más que Torrente Ballester, o Camilo José Cela, o Emilia Pardo Bazán, que sí que son autores referentes, siempre me interesaron más otros que ya reproducían esa oralidad, como Ánxel Fole, Rafael Dieste y Carlos Casares, un autor a quien hoy se está recuperando y del que he traducido un maravilloso libro de cuentos, Vento ferido.
Cuenta que a su abuela Isidora, relatora de historias, le debe el asombro por la vida y, después, esa capacidad de narrarla. ¿Sus historias surgen aún de esa memoria o cómo consigue poner tan cerca el oído para que le cuenten leyendas y cuentos del imaginario popular?
Empecé recuperando toda esa memoria familiar en Las inviernas, porque me preocupaba que se perdieran las historias: hice el esfuerzo de anotarlas, todas. Me sentaba con una de mis tías, dos de ellas fueron las herederas de ese don que tenía mi abuela, y anotaba; pero siempre sucedía cuando ellas querían, y a santo de algo que hubiera sucedido en el momento. Y empecé a visitar los lugares, sobre todo la aldea donde mi abuela veraneaba siendo niña, Cumbrados, a 50 kilómetros de Santiago. Gracias a haber pasado tanto tiempo allí, entre la gente del lugar, llegó a hablar muy bien un gallego muy vivido y natural, nada académico, ese que en las aldeas se mezcla con el esfuerzo de hacerse entender metiendo palabras del castellano. Pero es que así es como se habla allí, no tiene nada que ver con el uso ortodoxo del catalán aquí.
Lógicamente, porque aquí se mantuvo el catalán en las escuelas y en las familias pudientes, todo lo contrario de lo que sucedió en Galicia.
Mis tías también tienen esa forma de hablar: te están contando algo y de pronto, pum, meten como si nada una historia, sin darle importancia. Hace dos veranos me dieron el título de lo que ahora estoy escribiendo, Las gratuitas, que eran las niñas que iban becadas a las escuelas religiosas de pago. Esto me da pie o es el origen de donde yo empiezo a tirar del hilo, y a lo mejor al final no tiene nada que ver con lo que ella estaba contando.
Como el caso de corpo aberto [cuerpo poseído por un alma en pena] de san Xurxo de Moeche, que es punto de partida para Habitada. ¿Cómo dio con ello?
Lo leí ni recuerdo dónde, empecé a investigar y logré apenas unos datos básicos, pero quise llegar a saber cómo aquella mujer, en la Galicia rural de los años 20, había sido capaz de convencer a la gente de que estaba habitada por un hombre. Lo importante es que la historia me interpeló y que conectaba conmigo, es fundamental encontrar la conexión personal de la historia con uno mismo.
¿Por qué en concreto conectaba?
Me interpela este asunto del cuerpo manifestándose independientemente de la mente, el lenguaje corporal y las causas emocionales de las enfermedades: un dolor de cabeza es una emoción reprimida, un cáncer también puede serlo. La enfermedad suele ser una manifestación de una emoción que hay o ha habido en ti. Y todo lo que escribimos está antes en nosotros, es casi una capacidad premonitoria de lo que va a ocurrir. No soy la primera en decirlo: Federico García Lorca presintió su muerte, Olvido García Valdés supo sobre su cáncer, igual que Clarice Lispector.
Siguiendo con la posesión, ¿habrá en el mundo lengua que tenga tantas denominaciones para el diablo como tiene el gallego?
No lo creo. Es debido a la conexión con la muerte, el mal y el más allá que están tan presentes en la cultura gallega. En el libro se habla por ejemplo de esas viejas viven en el bosque y se llevan a los niños, as vellas do caldo, que son las luciérnagas, que tienen más de 20 acepciones en gallego.
Me está entrando cierto miedo y… ¿Sirve de algo el miedo? Le leo: "El primer deber de una madre cristiana es llenar la mente de su hijo de miedos".
Nuestra cultura judeocristiana lo utiliza como forma de control, todas las religiones lo han utilizado para someter. Y aunque la religión haya perdido fuerza, sigue siendo el miedo un instrumento de poder: el miedo cohíbe, mira el miedo que infunde Donald Trump.
¿Y el pudor?
Tiene mucho que ver con la sociabilidad, es algo que enseñamos. Y es también un instrumento de control, sobre todo sobre la mujer, porque parte de un estereotipo o arquetipo tan internamente insertado en nuestra cultura que actúa a un nivel inconsciente y aunque no lo quieras.
Me interpela el asunto del cuerpo manifestándose... y las causas emocionales de la enfermedad
Cristina, ¿qué separa a lo irracional de lo fantástico?
Son prácticamente lo mismo. Mi personaje vive en una irracionalidad o locura y a través de ello entra en la fantasía entendida como realismo mágico, que en Galicia fue algo muy anterior al boom latinoamericano. La vuelven loca y encuentra la fantasía como escape de un mundo que no comprende, le molesta, no le gusta.
Pero ¿diría que esto es realismo mágico?
Podría serlo, porque al final responde a un comportamiento mágico. ¿Quién racionalmente puede creer que ella ha sido poseída por un hombre? Pues todos allí, el pueblo y los académicos enviados, están convencidos de que se ha convertido en un hombre, y así fue según los documentos rescatados.
Cristina, ¿qué media entre Ánxel Fole y Flannery O’Connor, dos de sus mayores referentes literarios?
La oralidad y el apego a la tierra o lo local, aunque O’Connor tiene un gusto por lo grotesco que Fole no desarrolla, como sí hace por ejemplo Ramón María del Valle-Inclán en su esperpento. Fole, a través del terruño, llega también al realismo mágico.
Cuenta que aprendió a escribir dando clases de escritura. ¿Me permite que lo dude? Porque intuyo que la poesía le nació mucho antes.
Pues es verdad, así fue. Todo escritor en su base tiene un talento, pero has de domesticarlo, porque puede descontrolarse o hacer que tardes mucho más tiempo en llegar a donde quieres, que es lo que a mí me ocurrió. Empecé sin saber nada sobre escritura, dando bandazos, y, poco antes de publicar Las inviernas, empecé a trabajar en talleres de escritura, porque necesitaba una técnica. Como profesora de escritura creativa siempre recomiendo que se conozca lo canónico pero que esto no solape la intuición: uno ha de escribir desde la entraña.
En cualquier caso, su gran fuerte es el relato, pero ¿es éste país para cuentos y relatos?
No, por eso no publico más relatos. Disfruto muchísimo escribiendo relato, me parece lo más gratificante. Y también lo más sencillo, porque tengo interiorizadas mis reglas.
Este largo relato poético que es Habitada da un giro sorpresivo en su segunda parte y se torna en una parodia bíblica. Contra la oscuridad, ¿humor aun tintado de negro?
Claro, humor y poesía, un contrapunto necesario, porque si no sería demasiado sórdido, oscuro y dramático.
«la telaraña de la culpa –escribe, sin mayúsculas–. ahí es donde caemos las mujeres cuando empezamos a tener una edad». ¿Es la culpa intrínseca a la naturaleza femenina?
No, tiene que ver con la socialización y con la cultura. Y, en concreto, la nuestra la ha fomentado mucho, algo que viene desde la construcción de los mitos: Pandora, Eco, Eva y otros mil personajes femeninos cargados de culpa. Asumimos inconscientemente el arquetipo.
Ese deseo de ser hombre que configura a algunas de sus protagonistas, ¿responde a la indefensión ante el abuso y la imposibilidad de asumir la desigualdad?
En realidad esta mujer no desea ser hombre, sino tener la voz y las capacidades del hombre que a ella se le niegan. Y lo bueno es que la encuentra, una voz de hombre con autoridad y poder: es la única forma posible de escapar a una situación que ni siquiera entiende.
¿Y qué sería «el mal del útero errante»?
Es una teoría que viene de tiempos de Hipócrates: se pensaba que el útero se movía dentro del cuerpo, fíjate qué barbaridad. Todos los males femeninos se achacaban al aparato reproductor y en concreto al útero, que interpretaban como un corcho que flotara por el organismo. A veces por ejemplo llegaba a la glotis, y así las mujeres sucumbían al desmayo por asfixia. Los científicos hacían mil cosas absurdas como intentar atraer el útero con olores, con gases, con masajes y vibradores. La historia de la medicina en cuanto a los males femeninos es alucinante, recuerda la neurastenia.
¿Cuántos daños no habrá provocado el cornezuelo en el rural gallego? Mi madre me confesó: "Muchas hacían trampas, yo no", y tuvo 11 hijos.
Pobres mujeres, menos mal que hacían alguna trampa. El cornezuelo es un hongo que crece sobre todo en el centeno y que, además de ser abortivo, tiene efectos alucinógenos. Está en la fórmula base del LSD y se cree que las brujas de Salem actuaban bajo sus efectos.
Dice que escribir es mucho más largo y difícil que tener hijos, y tiene usted cuatro, y a la pequeña, que nació con síndrome de Down, le escribió El libro de Julieta. ¿Hay que ser una mujer muy segura de sí misma para que la maternidad no te pese y te confunda?
No creo que yo sea tan segura, pero es verdad que la maternidad todo lo permea. Está presente en todos los aspectos de tu vida: ser madre es determinante en la vida de cualquier mujer. Pero a mí, y como señala con acierto mi marido, la maternidad también me ha nutrido mucho a la hora de escribir.
¿Más difícil y largo que escribir?
No, no, ser madre es muy complicado y no se acaba nunca: los hijos son para siempre.
¿Por qué entonces andan siempre los niños como sombras redivivas en el subsuelo de sus fábulas?
No lo sé, son cosas que están ahí, que vienen de esa relación de la escritura con lo corporal: hay cosas que escapan a mi entendimiento, no sé explicarlo. En Habitada hay varias mujeres que han perdido a un hijo y lo quieren recuperar, y a ella le hacen perder no sabemos cuántos…
Cristina, ¿vive aún el tiempo dentro de nosotros?
Claro. El tiempo es un misterio, su medida depende totalmente de nosotros, es distinto para cada uno de nosotros. Lo pienso mucho cuando nado… ¿qué es el tiempo?

Habitada
Cristina Sánchez-Andrade
Anagrama
232 páginas
17,90 euros
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