CRÍTICA
'Cuéntamelo todo', de Elizabeth Strout: la luz de lo ordinario
En esta novela se concentra el credo de la autora estadounidense: la existencia solo tiene sentido cuando se convierte en relato compartido

La escritora Elizabeth Strout, autora de 'Cuéntamelo todo'. / Carlos Díaz / EFE
Da la impresión de que todas las vidas corrientes se parecen, pero en realidad son tan únicas como un eclipse solar. A ellas se dedica la literatura de Elizabeth Strout (Portland, EEUU, 1956), obstinada en demostrar que las maestras de escuela, los abogados, los científicos y las escritoras comparten, bajo el manto de lo ordinario, historias que merecen ser narradas. En el título Cuéntamelo todo se concentra el credo de Strout: la existencia solo tiene sentido cuando se convierte en relato compartido, no importa que sea entre dos desconocidos o entre dos espíritus afines, porque en el acto de contar un secreto o de hacer memoria o de recuperar lo inconfesable nos hacemos reales ante el otro, y, paradójicamente, nos convertimos en materia literaria.
Nada puede ocultarse; somos humanos porque estamos dispuestos a escuchar lo que un día alguien no quiso oír. No nos cansaremos de decirlo, porque las nueve novelas de Strout insisten en acercarse a lo que llamamos estilo o poética con la misma humildad con que sus personajes se quitan importancia cuando defienden causas perdidas o cargan con una melancolía que cuece a fuego lento. La grandeza de la autora estadounidense reside en que parece pequeña, cotidiana, transparente, modesta.
La grandeza de la autora estadounidense reside en que parece pequeña, cotidiana, transparente, modesta
Esta cualidad se repite, corregida y aumentada, en una novela que se ocupa de reunir a todos los personajes de sus obras anteriores, recogiendo el cable de dos de sus grandes heroínas, Olive Ketteridge y Lucy Barton, que hasta ahora no se conocían en persona. Como muchos otros grandes escritores -desde William Faulkner hasta Juan Benet-, Strout necesita reivindicar un espacio geográfico -la región de Maine que limita con el pueblo de Crosby, Shirley Falls y el océano Atlántico- como su habitación propia, como ese país de ficción donde, por fin, todas las criaturas de sus libros tienen derecho a mantener una conversación.
Nacidas para entenderse
Es lo que hacen Olive y Lucy, a pesar de que son muy distintas, y de que la brusquedad y la desconfianza de la una no parecen nacidas para entenderse con la empatía y la paciencia de la otra. Entre sus encuentros, emergerá con fuerza la figura de Bob Burgess, el abogado depresivo que vuelve de su retiro para defender al presunto culpable de un caso de matricidio.
Strout, a quien no le tiembla el pulso a la hora de abordar la culpa, el abuso y la violencia sexual, es una maestra de la estructura. Las historias de Cuéntamelo todo emergen y se sumergen como si fueran olas nocturnas, y el lector nunca acaba de estar seguro de cuál será su relevancia argumental, como tampoco está seguro de si existe un protagonista, porque el punto de vista gravita sobre varios, oscilante pero nunca dubitativo. No es hasta bien entrada la novela, más de cien páginas, cuando la desaparición de la anciana Gloria Beach se transforma en muerte, y la investigación y defensa del caso parece centrar la atención de Strout en Burgess y su defendido, el hijo de la víctima.
Sin embargo, Cuéntamelo todo no es una novela criminal: el asesinato sigue siendo un pretexto que va y viene para dejar al descubierto otras historias, que tienen la insólita virtud de consolidar aún más si cabe la psicología de personajes que ya nos resultaban cómplices, familiares, pero que ahora la prosa de Strout revela como abismos de infinita complejidad. Es esta una novela que parece clausurar una etapa que, como lectores, no nos importaría prolongar un poco, o mucho más.

Cuéntamelo todo
Elizabeth Strout
Traducción de Flora Casas
Alfaguara
307 páginas
21,90 euros
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