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LA TROBAIRITZ

Leer, tocar, escuchar

Leer es un gesto privado, cálido, todo el mundo debería poder decidir cómo hacerlo, convocar a la emoción libremente, con los mínimos obstáculos posibles

Lo humano y lo artificial; por Alana S. Portero

Una persona ciega lee usando el sistema braille.

Una persona ciega lee usando el sistema braille. / EPE

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Alana S. Portero

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La conversación entre lectores y lectoras de un mismo libro siempre produce resultados magníficos, es un hervidero de ideas en torno a una misma historia que, de alguna manera, la transforman, la estiran o la retuercen, a menudo otorgándole intenciones que nunca estuvieron sobre el escritorio cuando fue escrita.

Para una escritora es una experiencia muy importante prestar atención a lo que sus lectores tienen que decir de su obra, es un modo de conocerse a sí misma y de valorar el propio trabajo bajo criterios que nunca hubiera imaginado poder aplicar a su literatura.

Además de la colaboración de los lectores, el formato en el que se lee un libro también contribuye a a su percepción. ¿Es igual leer sobre papel que sobre pantalla? ¿Es comparable la lectura con la escucha? ¿Le lectura en braille, en la que interviene el tacto, hace que los libros se experimenten de un modo diferente al de los otros formatos?

Una, como irredenta stanislavskiana, sabe que el gesto precede a la emoción, y que no es lo mismo leer en el metro que hacerlo en casa, bajo una manta, un día de lluvia torrencial. Lo que nos rodea y cómo nos adaptamos a ello con nuestra postura y otras decisiones físicas, estéticas y sensoriales nos condiciona.

La semana pasada tuve la oportunidad de conversar con una lectora condicionada por una severa discapacidad visual, me contó que había disfrutado mucho de mi novela, pero que mi locución -ella naturalmente lee usando audiolibros-, al estar interpretada en el sentido más estricto del término, es decir, con cierto trabajo actoral en la declamación, dirigía de algún modo su experiencia y la llevaba de la mano de forma algo paternalista por el texto. Y tenía razón.

Suelo escuchar audiolibros de obras que ya he leído en formato normativo, lo hago más como relajación que como relectura, llevo un mes acostándome con la magnífica voz e interpretación de Miguel Ángel Jenner narrando El señor de los anillos, conozco muy bien el texto y disfruto de la escucha casi de forma infantil, como un cuento antes de dormir contado por un gigante bueno o un padre dulce. Pero antes tuve la oportunidad de leer por mí misma la obra y el privilegio de permitir que la emoción se colocase en los lugares en los que yo, como lectora, le dejaba espacio.

Me pregunto si es posible una verdadera edición inclusiva, si la intención dramática que se le pone, por ejemplo, a las locuciones de los audiolibros, puede llegar a ser un gesto paternalista desde el mundo capaz que no responde exactamente a las necesidades de lectores y lectoras con discapacidad. Tampoco niego que esa intención no sea bien recibida, es una pregunta que deben contestar quienes usan este u otros formatos pero que es obligación nuestra poner encima de la mesa.

Si sueño con una tarde de lectura en la que rayos, lluvia y truenos me acompañen desde el otro lado de la ventana cerrada de mi casa, ¿con qué sueña la lectora ciega? ¿Cuáles son las condiciones de lectura perfectas para ella y cómo podemos ponerle más fácil conseguirlas? Leer es un acto de intimidad maravilloso y como tal debería cuidarse. Leer es estar a solas con una historia, es no tener que dar explicaciones de cómo se recibe o qué te sucede en ese intercambio, leer es un gesto privado, cálido, todo el mundo debería poder decidir cómo hacerlo, convocar a la emoción libremente, con los mínimos obstáculos posibles. Conviene pensar en ello.