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PERFIL

Alejandra Kamiya, la mirada sutil de la hormiga

Los cuentos de esta autora argentina de padre japonés, movidos por la obsesión por la muerte, el tiempo y los vínculos afectivos, están despojados de adornos y centrados en la observación de lo que pasamos por alto

Anya Niewierra: "Descubrí tarde que tenía el talento de la narrativa, de contar historias, dentro de mí"

La escritora argentina Alejandra Kamiya.

La escritora argentina Alejandra Kamiya. / EPE

Elena Hevia

Elena Hevia

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Los títulos de los libros de relatos de Alejandra Kamiya son largos y evocadores, casi como haikus, si no fuera porque esos poemas tienen tres versos y los títulos de esta autora argentina de padre japonés que se dirían relámpagos poéticos, tan solo dos. A saber: La paciencia del agua sobre cada piedra, Los árboles caídos también son el bosque y El sol mueve las sombras de las cosas quietas, todos publicados en Eterna Cadencia.

El último, recién aparecido, cierra –por lo menos en España, porque en Argentina apareció en el 2019– una posible trilogía. Son cuentos movidos por la obsesión por la muerte, el tiempo y los vínculos afectivos. Están despojados de adornos y centrados en la observación poco convencional de lo que tradicionalmente pasamos por alto. Y, curioso, en oposición a sus largos títulos, los textos son breves, muy breves, destilados con parsimonia durante cuatro o cinco años en libritos de poco más de cien páginas. Pura esencia.

No es ninguna jovencita esta escritora, alumna de Abelardo Castillo, que nació en 1966 y empezó a tomarse en serio la escritura bien entrados los 40. En Argentina ha tejido una red secreta de fans que aprecian la extrañeza de su prosa sutil, producto de su antitética doble identidad. "Mi padre tenía como treinta y pico años cuando llegó a trabajar a la provincia de Buenos Aires para una empresa japonesa, esa historia la conté en el libro Los árboles caídos también son el bosque. Pronto conoció a mi madre y aquí se quedó. Ella era de origen vasco, de ahí venían mis abuelos. Así que yo crecí con una educación formal argentina clásica en un colegio católico pero en mi casa las costumbres eran diferentes. La mirada de mi padre hacia las cosas era distinta", explica la autora a través de la pantalla del ordenador.

Cosas raras

Cuenta lo mucho que le costó percibir por qué no acababa de encajar en el colegio, donde era "la china", descubrir que muchas de las cosas raras familiares eran totalmente normales en esa otra cultura. "No quiero que suene a crítica, pero sentía que yo no necesitaba hablar tanto como los demás y eso me traumatizó hasta el punto de pensar que había algo malo en mí. Descubrí que el lugar en el que está el yo en Argentina y en Japón es totalmente diferente", detalla, sabedora de que no tiene una pertenencia plena a un país o al otro.

Lo que más destaca en su escritura es su actitud parsimoniosa y contemplativa propiamente asiática: "En Occidente nos sentimos el centro del universo, en cambio en Oriente son conscientes del tamaño real de cada persona. Y, claro, las cosas se ven muy distintas si eres el ombligo del mundo o una hormiga. Mi padre suele decir que no son miradas mejores o peores, solo son distintas".

Está claro que, pese al intento de ecuanimidad paternal, a Kamiya le interesan más los temas pequeños que practica sin ostentación y con delicadeza, dejando mucho vacío para que el lector componga la figura final. El silencio es, por lo tanto, un material de trabajo que ella, buscando un símil, equipara a los tapetes de croché que su abuela tejía para apoyar vasos y botellas en las mesas. "Esos tapetes tenían más vacíos que hilo y así veo yo mi forma de escribir. Uso las palabras para crear vacíos. Es el modo en el que trabajo".

'El sol mueve las sombras de las cosas quietas'

Alejandra Kamiya

Eterna Cadencia

115 páginas. 16,90 euros