EN PUNTAS DE PIE
Escribir por si acaso
Es como si estuviéramos de prestado o ejerciendo un oficio que no es del todo nuestro. Esperamos que al final algo haya merecido la pena

El escritorio de Carmen Martín Gaite, con un manuscrito. / José Ramón Ladra
Por qué, para qué, cómo, de qué. Quienes escriben están acostumbrados a responder a la misma batería de preguntas sobre el sentido de su oficio. Algunos terminan en lugares comunes, otros se apoyan en lo que otros ya dijeron y airean una cita grandilocuente y muy pocos reconocen que no lo saben. Cuenta Alejandro Zambra en uno de los ensayos incluidos en No leer (Anagrama, 2018) que cuando a José Santos González Vera le preguntaban por el sentido de escribir, respondía: "Escribo por si acaso". Me gusta el concepto de escribir, y hasta de vivir, por si acaso. Porque es como si estuviéramos de prestado o ejerciendo un oficio que no es del todo nuestro. Es una declaración de intenciones: esperamos que al final algo haya merecido la pena.
A Carmen Martín Gaite le molestaba que le pidieran consejos o recetas para escribir. Pero sí recordaba cuando, siendo aún una niña, le daba vueltas a cómo reconocería a un escritor. En una de las conferencias que ha reunido Siruela en De viva voz (2023) explica cuándo se dio cuenta de cuál era la característica indispensable para considerar a alguien escritor o escritora. "Era una actitud especial con respecto a la vida, algo bastante indefinible, pero que ahora, al cabo de los años, creo que tenía que ver con una pausa en el mirar y el habitar los sitios, con el sosiego, con la falta de proyectos inmediatos y de prisa, sobre todo la falta de prisa para cualquier cosa. Yo ahora, cuando alguien me viene a hacer una entrevista o a pedirme recetas, esas recetas de escritura que a veces te pide la gente –como si se pudieran dar–, que para escribir qué se hace, yo siempre digo que lo primero y fundamental es no tener prisa y les parece raro".
En estos tiempos en los que vamos tan rápido que no tenemos tiempo para nada, solo para perdérnoslo todo, siempre es una sorpresa encontrar un libro en el que el autor o la autora no solo hayan sabido ver su realidad, sino que hayan sabido mirarla. Se puede ser un virtuoso del estilo o un especialista en abordar los temas que están en la conversación pública, pero muchas veces todo eso carece de autenticidad porque quien lo firma no ha sabido mirar.
No es el caso de Paula Porroni en La vacante (Minúscula, 2024), que narra la experiencia de una mujer que, tras la muerte de su madre, regresa a su país natal, Argentina, después de vivir en Europa, y se enfrenta a los fantasmas del desarraigo, la soledad, las relaciones líquidas y la no-maternidad. Quién sabe si esta novela, la segunda que publica, la escribió sin querer o con un objetivo claro, pero al sumergirme en el escaso centenar de páginas que la conforman, deambulo por las calles de Buenos Aires, pero, sobre todo, por su vida, donde todo es provisional. Los días de su protagonista no son mis días, pero soy capaz de habitarlos y sentirlos propios.
Decía también Martín Gaite –y no habían arramblado con todo las redes sociales– que la vida ahora no deja tregua para pensar ni para elegir. "Parecerá una bobada, pero ahora no se miran las cosas con pausa, porque no se pasea. No se pasea, no, se va a los sitios, a miles de sitios, pero no se pasea, y yo creo que el que no pasea no se entera bien de nada, porque no mira".
Pues ojalá más escritores que paseen, que escriban por si acaso y que nos presten su mirada.
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