CUADERNO DE NOTAS
Sinfonía de fragmentos
No me da ninguna vergüenza decir que me gusta construir mis libros con las frases ajenas, pienso que no debería haber ‘copyright’

Dorothy Parker y Olga Kaltenborn, en un café de Nueva York en la década de los 30. / Bettmann / Corbis
LA PLUMA ARAÑA EL PAPEL. Dentro de la atmósfera malsana de este cambio de estación, cuando espero la lluvia como las lágrimas de Eros, vuelvo a decir que creo que no hay diferencia entre las diversas formas de escritura. Se puede hacer un periodismo muy novelesco o una novela injertada de ensayo; me gustan los periódicos porque todo está muy mezclado: hechos personales, reflexiones, vida diaria, aforismos, comentarios de música, de arte, de gastronomía, la visión de los amigos y de los enemigos, la vida social, etcétera. Todo está en el mismo nivel.
Me entusiasma de una forma extraordinaria lo que Montaigne, Rousseau, Musil, Stendhal, Kafka, Bashkirtseff, Bataille, Bergounioux, Pavese, Woolf, Estelrich y Pla intentaron. Mezclaban el pensamiento, la vida, la ficción, el saber, como si de un único cuerpo se tratara. Me gusta el extremadamente mosaico. Y no me da vergüenza decir que me gusta construir mis libros con las frases ajenas. Pienso que no debería haber copyright. Me gustan los fragmentos, pero también adoro la línea. Y el relato. No me gusta el popurrí. Amo las cosas fragmentadas enganchándose a la línea y a la historia. Inventar una música, un bajo continuo que se aguante a lo largo del libro y alrededor del cual hago digresiones. Realizar novelas a partir de cosas que existen.
¿POR QUÉ ESCRIBIR? Encuentro unas respuestas a este interrogante de Orhan Pamuk en su discurso de Estocolmo cuando recibió el Nobel: «Escribo porque tengo ganas. Escribo porque estoy muy enfadado. Escribo para quedar encerrado en una habitación. Escribo porque me gusta el olor del papel y la tinta. Escribo porque tengo miedo a ser olvidado. Escribo para ser feliz».
No, no voy a decir por qué escribo. Los motivos de Pamuk me van bien. Pero diré cómo: escribo con rollerball y papel. Tinta y papel. Me entusiasma esa esquina física de la mano que conecta con la cabeza. De la posición del cuerpo. Según la forma en que estás sentado en la silla, según la talla y la calidad del papel, como para un pintor, no escribirás lo mismo. Incluso el contenido trocará.
Encuentro una frase de Pascal Quignard que se aviene con estas reflexiones: «Los que aman los libros forman, sin que lo sepan, la única sociedad secreta excepcionalmente individualizada».
UNAS FRASES DEL MAESTRO SALINGER. No tengo la impresión de que exista una receta hecha para la escritura. Por el contrario, cada vez que tengo que redactar un artículo o un libro, tengo el sentimiento de recomenzar de nuevo, de cero. Es cruel saber que la experiencia no sirve para nada en ese oficio.
LA VIDA NO LE CONVIENE NUNCA TANTO COMO CUANDO ESTÁ A PUNTO DE PERDERLA. Esta frase la dedicó Ernest Hemingway a la extraordinaria escritora radical chic Dorothy Parker. Adoro este icono de la era del jazz y de los gorros de topo, una reina del humor fatal descrita por un contemporáneo como «una curiosa mezcla de pequeña sirena y de Lady Macbeth». En Nueva York busqué como un perro de caza la mesa redonda del Hotel Algonquin de la calle 44 donde, hacia 1925, se reunía un cenáculo en el que los más afilados cuchillos de los Roaring Twenties ironizaban sobre la época con la lengua venenosa de un Evelyn Waugh, por ejemplo.
Periodistas y actores, polígrafos y escritores como Ring Lardner, Louise Brooks, Tallulah Bankhead, Harpo Marx, satirizaban con un vaso de gínger, whisky veronal y otros alcoholes y drogas. Robert Benchley telegrafió a Parker desde Venecia: «Calles llenas de agua. ¿Qué debo hacer?». Parker escribía como bebía: seca. Publicó en Vogue artículos sulfurosos con salsas vinagrosas, inventó para Vanity Fair críticas de teatro dramáticas y creó en el New Yorker una crónica satírica de agua regia que Truman Capote y Tom Wolfe consumirán a tope.
Creó máximas hebdomadarias que han hecho época. Recuerdo una que me hizo llorar. «Men seldom make passes / At girls who wear glasses» («Los hombres tiran raramente los trastos a las chicas que llevan gafas».) El jaleo levantó las protestas de la Federación Americana de Ópticos. Cuando fue detenida en una manifestación por Sacco y Vanzetti, le preguntaron: «¿Los policías le han tomado las huellas? No, pero me han dejado las suyas». Una mujer colosal que dejó un epitafio miel: «Perdóname por el polvo».
CAMINANDO DENTRO DE LA LUNA LLENA. No es cierto. No puede ser en modo alguno. Palabras oxidadas junto a la casa de la vida. Palabras que han quedado grabadas en los caminos, en la cal de las paredes, en la sequía de las fuentes, en los muebles tapados con telas blancas, en las arañas de Murano que aún tintinean. Palabras que sobrevuelan los tejados empujadas por las hojas de los almeces, por los troncos de las tuyas, por las olas de los pimenteros, por el silencio de las profundidades. No es cierto. Puedes abrir la cómoda isabelina y no encontrarás el traje de primera comunión de la muñeca.
Guda es un nombre que no sale en ninguna parte. Guda se pasea sin freno por las esquinas del tiempo. ¡Guda! ¡Guda! Si todo pudiera ser como cuando ibas con la señora abuela Nisia a pasear por los caminos polvorientos, cuando escuchabas sus descripciones de los viajes a Roma, Puerto Rico, Nueva York, Florencia, Estambul. Si todo pudiera ser como cuando aprendías a hacer mundillo con la vieja bordadora, Madò Bet, que te enseñaba los secretos de deshacer hilos y clavar agujas en esa especie de falo para conseguir bordados de aire. Si todo pudiera ser como cuando nadabas en el lavadero redondo y los peces venían a comer entre tus manos mientras cantabas aires muy antiguos que habías aprendido entre las vendimiadoras.
No es cierto. Las cortinas se caen a pedazos, los cuadros se han vuelto negros de golpe, no late ni un alma dentro de los salones, ni en el comedor, ni por la galería de las estatuas blancas, ni entre los parterres que son un desierto de vida. Guda, si no hubieras partido habríamos hecho ramos de lirios amarillos y también te habría acompañado a caminar sobre el surco calabaza de la luna llena. Te gustaba tanto, Guda: lo soñabas, lo preparabas con delicadeza horas antes del crepúsculo, lo saboreabas como un delirio que llegaría a la hora exacta. Había que hacerlo a la puesta de sol, en el momento en que la oscuridad se metía por las rendijas, cuando la luna aparecía como un globo gigantesco y muy bajo sobre el horizonte de la Tierra. La luz naranja de la luna era el tapiz lanzado en mil y una direcciones donde te perdí, era la estela.
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