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CRÍTICA

'El barón Wenckheim vuelve a casa', de László Krasznahorkai: incendiario de los jardines interiores

El Premio Formentor 2024 aborda la historia inmortal del hombre retornado a su tierra en su última novela publicada en España, en la que muestra las múltiples facetas ocultas tras los hechos

El escritor László Krasznahorkai, Premio Formentor de las Letras 2024.

El escritor László Krasznahorkai, Premio Formentor de las Letras 2024. / Lenke Szilagyi

Lorenzo Luengo

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Thomas Bernhard, pastor de los personajes obsesivos, descubrió una forma de revelar cuánto se esconde en la trama de los hechos que encontramos también en un antiguo arte, la costura: un giro y otro giro de una frase en torno a un acontecimiento, incluso el acontecimiento fortuito que parece no decir nada, hacen en sus novelas las veces de puntadas, pero entonces esas frases empiezan a enloquecer de tantas vueltas y se ponen a mascullar las cosas más desgarradoras.

Marcel Proust, costurero mayor, se adelantó a Bernhard en el uso de la frase convoluta con propiedades extractivas, aunque él lo hacía sin obsesiones, como si el pensamiento fuera una mariposa errante: dejemos que la mariposa vuele y llegaremos a las flores más desconocidas de nuestro jardín interior. Pero Bernhard parecía no entender de mariposas. Aquel hombre de paredes claustrofóbicas, del estilo entendido como un cuarto sin ventanas, se empeñaba en zurcir fanáticamente el mismo remiendo hasta que las costuras se tensaban y el propio tejido comenzaba a levantarse en incómodos relieves, a mostrar nuevos desgarros que también había que zurcir. 

Lo que de incómodo y obsesivo tiene Bernhard, Marcel lo tiene de delicado y nonchalant: él es un mundo de prendas holgadas y costuras abiertas, por las que pasan el aire y el sol. Afortunadamente, aquí no es necesario elegir: el jardín lleno de flores de Marcel es tan importante y necesario como los parterres arrasados, con sus estatuas en ruinas, de Bernhard.

Pero si ahora ambos nos interesan en su condición de jardineros es porque nos permiten situar convenientemente las grandes florestas, con sus rincones renacentistas, sus fuentes que suenan para todos y para nadie y sus árboles verdes o resecos al pie de un gran palacio llameante y devastado, fulgurante y al mismo tiempo poblado de fantasmas, de László Krasznahorkai (Gyula, Hungría, 1954).

Tensión de los tejidos

No diré que Krasznahorkai proviene de un árbol limitado a las ramas de Bernhard y de Proust, naturalmente. Su tradición es mucho más larga y compleja, y si Franz Kafka ocupa un sombrío trono en el centro del laberinto, también lo hace el teatro del absurdo y, al menos, una pieza de ese monumental rompecabezas que es el caballero Joyce; pero esas ramas son las más vistosas.

En El barón Wenckheim vuelve a casa, la historia inmortal del hombre retornado, como Ulises, a su tierra –las novelas de Krasznahorkai se pueden resumir como El Stechlin de otro de sus antepasados, Theodor Fontane: páginas en las que la prosa es el mayor acontecimiento–, el entramado obsesionado por sus propios ritornellos, que Bernhard elevó a la categoría de maravilloso tormento, alarga prodigiosamente sus periodos hasta que, por ese sencillo efecto de la tensión de los tejidos, deja pasar la frescura sensorial que Benhard mantenía a raya al otro lado de sus siniestras paredes sin ventanas.

Es a través de esas fracturas por donde llegan las notas a lo Proust: no en el sentido de un estudio del tiempo –a Krasznahorkai le preocupan otras cosas–, sino en el de la disposición de las figuras ornamentales de unos jardines interiores cuya belleza, anterior a toda ruina, se nos permite ver por unos instantes, levantándose encantadoramente sobre sus propias sombras. 

Ese alargamiento tiene la cualidad de congelar el tiempo, y quizá lo que de más bello hay en el arte de Krasznahorkai sea ese amor con que coloca un instante de tiempo cristalizado sobre la palma de la mano y lo hace girar para mostrarnos, en una gama de discretos centelleos, las múltiples facetas que se esconden tras los hechos (aparentemente) consumados.

Las tonalidades quizá sean más despiadadas en Melancolía de la resistencia, el libro con el que Acantilado nos dio a conocer a Krasznahorkai, y que casi podría pasar por ser un retrato terminal de la última ciudad a la que hubiera llevado el descenso de Lenz a la locura en la novela inacabada de Georg Büchner. 

Monstruosas bellezas

Un lector recién aterrizado en las serenas cadencias de Krasznahorkai podría dejarse engañar por los centelleos y pensar que su paleta se reduce a muy pocos colores, pero esa es solo la visión del deslumbrado, el que se pone sobre los ojos la mano a modo de visera y confía en ver el movimiento de las figuras que se mueven por los primeros planos, convencido de que la novela está ahí.

Pero solo cuando la vista se acostumbra a los periodos de la luz se pueden ver las extrañas mariposas que sobrevuelan –y aquí me valdré de una expresión de Krasznahorkai– "la conspiración de los detalles". 

Esas mariposas son extremadamente bellas, pero no son en ningún caso como las que veía Proust. Aquí pueden tener dos cabezas, y alas en las que están escritas los nombres de los muertos, como si aletearan en la atmósfera agónica de El día del juicio de Salvatore Satta o de la enciclopedia de Danilo Kiš.

El efecto puede ser aterrador –quizá en la actualidad solo comparable al de algunas novelas de Mircea Cărtărescu–, pero lo que Krasznahorkai retrata no es una versión expresionista de nuestro mundo, sino las monstruosas bellezas que solo es posible descubrir cuando alguien abandona los caminos convencionales y levanta sus piquetes contra la corriente cada vez más acelerada del tiempo.

'El barón Wenckheim vuelve a casa'

László Krasznahorkai 

Traducción de Adan Kovacsics

Acantilado

512 páginas. 30 euros