Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

ALTA FIDELIDAD

El advenimiento salvaje de Nick Cave

Muerte, castigo, penitencia y salvación estaban en el músico antes de que llegaran a su vida como una maldición

El artista australiano Nick Cave, en pleno concierto.

El artista australiano Nick Cave, en pleno concierto. / Megan Cullen

Laura Barrachina

Madrid
Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

La luz tiene un límite, la oscuridad no. El día siempre acaba, la noche puede ser eterna. Quizá por eso la oscuridad es tan fértil, de un pozo es difícil salir y en él caen hasta los ángeles. A diferencia de Obélix, que tropezó con la marmita, el músico australiano Nick Cave nació en el pozo, buceó en él intentando entenderlo antes de buscar la salida, lo amplió, incluso a veces, creo, se acabó sintiendo bien, cómodo, en esa oscuridad. Al fin y al cabo, como cualquier otro personaje del salvaje Antiguo Testamento, él era del pozo.

Con un vistazo rápido a su discografía y una escucha incluso superficial por sus canciones, ya se comprende rápidamente todo lo anterior: para él, el infierno es más probable que el cielo, pero nunca ha dejado de buscarlo. Cave, esa versión estilizada (y milagrosamente viva) de Johnny Cash, dejó su país natal a comienzos de los ochenta; se vino a Europa con su sonido post-punk en la maleta y su novia Anita Lane, junto a la que fundó The bad seeds, la banda con la que firma su nuevo y sobrecogedor disco, Wild God.

A sus 67 años y tras escuchar a la muerte segando demasiado cerca de él, paradójicamente Nick Cave ha visto la luz y la hace brillar en este álbum a través de sus coros y las letras que el músico derrama sobre nosotros con su profunda voz de predicador. El talento del australiano nunca se ha conformado con el escenario, con juntar dos acordes y letras afortunadas en las que la religión, la violencia y el amor son los principales protagonistas. Ya en 1989 escribió su primera novela Y el asno vio al ángel (Editorial Pre-textos), un relato entre Faulkner y el Levítico.

La muerte, el castigo, la penitencia y la salvación estaban en Nick Cave antes de que llegaran realmente a su vida como si fueran una maldición bíblica que él hubiera invocado. En 2015, su hijo Arthur falleció a los 15 años al caer por un acantilado después de haber ingerido LSD; después, lo hizo a los 31 su hijo mayor y, recientemente, Anita Lane. Todos están en Wild God, pero Lane está literalmente.

En la preciosa O wow o wow (How wonderful she is) a una le estalla el esófago cuando la voz de ella asoma en mitad de la canción. Es uno de los últimos mensajes que Anita le dejó en el teléfono al músico y se ríe y está viva, como Nick Cave, como nosotros, como los hijos del músico, como todos a través de la palabra y de la música.

Wild God, que también es una especie de cierre de la trilogía que forma junto a Skeleton Tree y Ghosteen, es la constatación de que Dios existe, un dios salvaje que hace daño, amor, que cuida, que destruye, que se pierde y se encuentra, un dios que castiga y bendice, un dios que nosotros somos. Quizá Nick Cave no ha salido del pozo, solo es la luz que ha entrado en la cueva, como el sol a primera hora. No se queda para siempre, pero tenemos fe en que volverá.