Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

ENTREVISTA

László Krasznahorkai: "La masa estupidizada supone un peligro para nuestro mundo"

El escritor húngaro, reconocido con el Premio Nobel de Literatura 2025, charló en exclusiva con el suplemento 'ABRIL' días antes de recoger en Marrakech el Formentor de las Letras 2024

El escritor László Krasznahorkai, Premio Formentor de las Letras 2024.

El escritor László Krasznahorkai, Premio Formentor de las Letras 2024. / Lenke Szilagyi

Inés Martín Rodrigo

Inés Martín Rodrigo

Madrid
Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

László Krasznahorkai nació en 1954 en Gyula, localidad del sureste de Hungría. Tiene, por tanto, 70 años y creció, se hizo, hombre, escritor, mientras su país natal estaba bajo la influencia, dominación, del régimen soviético. De familia burguesa, eligió otra forma de vida, alejada, literal y literariamente, de sus orígenes.

Tras estudiar en Budapest, vivió durante largo tiempo en pequeños pueblos, donde ejerció múltiples y muy diversos trabajos, desde la minería al pastoreo nocturno de vacas. Estaba, entonces, fascinado por Kafka y Malcolm Lowry, pero siguió su propia senda hasta publicar, en 1985, su primer libro, por el que le retiraron el pasaporte, que no recuperó hasta dos años después.

Desde entonces, ha vivido en Estados Unidos (en Nueva York, en un apartamento que pertenecía a Allen Ginsberg) y, sobre todo, en Alemania, y ha ido dando forma a una obra literaria de enorme profundidad narrativa e intelectual. En sus novelas y relatos, la realidad se refleja de forma ilusoria y se convierte en una ficción fantasmal en la que el lenguaje importa, pues una frase puede prolongarse todo un capítulo.

A las librerías españolas comenzó a llegar, gracias a Acantilado, hace ya más de dos décadas. Candidato anual al Nobel de Literatura, títulos como 'Melancolía de la resistencia', 'Guerra y guerra' o 'Tango satánico', entre otros, constituyen un género muy particular, propio, que le ha llevado a merecer el último Premio Formentor de las Letras.

P. 'Tango satánico', su primera novela, se publicó en 1985, cuando todavía existía la Unión Soviética, el régimen comunista en el que usted nació. ¿En qué medida se parece el mundo en el que comenzó como escritor a este de 2024?

R. Aquel mundo no se parece en absoluto a este, pero no es que el mundo haya cambiado, sino el punto de vista desde donde yo podría haber mirado el mundo si no me hubieran enceguecido el encierro, la pérdida de la facultad de ver que venía dada por la falta de libertad política. ¿Y qué hace el ciego? Imagina el mundo. Y lo imaginé para poder maravillarme. Entretanto me he enterado de que el mundo no es maravilloso, sino tal como es en el que yo vivo. Porque no depende de los sistemas políticos el cómo vemos la realidad, sino de nuestra aptitud, de nuestra sensibilidad. Cuanto más me sumía en la miseria la dictadura soviética, o sea, la falta de libertad política, tanto mas colorido imaginaba yo el mundo, allá fuera. Sin embargo, este no tenía nada que ver con la realidad del mundo libre. Sintiendo esto, al final la cosa se configuró de tal manera que, siendo un joven adulto, antes de empezar a escribir, ni siquiera me sentía en Hungría, ni siquiera me sentía un prisionero de la zona soviética, sino en el “mundo”, donde ocurrían cosas extraordinarias, pero esas historias tenían una sombra de mal agüero, cada instante estaba lleno de algún peligro, y lo único que podíamos hacer era afrontar la derrota, e intentamos estar junto al hombre fracasado, estar físicamente cerca, observarlo, tan de cerca que pudiéramos escuchar su respiración y esperar –con él– hasta el infinito.

P. Viene de una familia burguesa, pero, en su juventud, tras haber estudiado en Budapest, viajó durante años por su país y ejerció diversas profesiones en pequeñas ciudades y pueblos. ¿Por qué lo hizo?

R. En aquella época, mientras funcionaba el régimen comunista, ni siquiera pensaba que me permitieran salir del país. Por otra parte, era de naturaleza inquieta, o sea, curiosa, de modo que no estaba dispuesto a adaptarme a unas circunstancias que podríamos definir como un ambiente burgués de una ciudad de provincias, o sea, que corté la relación con mi familia y comencé a peregrinar; si no se podía hacer por el mundo, pues lo hacía en el país. Y después de conocer a los personajes angelicales de Dostoievski, sobre todo al príncipe Myshkin, resultó lógico que encontrara mi lugar entre los más explotados, en el estrato de los más engañados, los más humillados.

P. ¿Y por qué empezó a escribir?

R. No tenía previsto ser escritor, escribir, yo no tenía previsto nada, pues no quería ser nadie en el mundo. Comprendí que las grandes figuras de mis lecturas y de todo el arte anterior me rodeaban como seres vivos, y, siendo así, ¿cómo iba a imaginar que pudiera acercarme a ellos con cualquier tipo de arte? No, al concluir mis andanzas por Hungría, yo sólo quise escribir un libro, Tango Satánico, y lo escribí. En ningún momento se me pasó por la cabeza ir a buscar a un editor, lo consideré un asunto privado, pero por un desdichado azar el manuscrito fue a parar a una de las dos editoriales que trabajaban con literatura moderna, y el libro se publicó. Se distinguía demasiado de los productos de la literatura de entonces, sobre todo por sus referencias anticomunistas, y se empezó a hablar de él y a considerarme un escritor cada vez con más entusiasmo, lo cual me confundió por completo. En absoluto llegué a ser un escritor. De la última época, los escritores seguían siendo, para mí, Kafka, y Dostoievski, y Faulkner, y Beckett. Y yo no estaba habituado a los ambientes intelectuales, así que a partir de ese momento estaba totalmente indefenso, y paso a paso fue bajando por una pendiente, sin parar, escribí un libro tras otro, siempre con el propósito de que, vale, este será el último. Evidentemente era muy crítico con estas obras, pues su fuerza, su radiación ni siquiera se acercaba a mi juicio a ese impulso celestial con el que nuestros más grandes han inscrito a sus protagonistas en la realidad. Y ahora aquí estoy a mis 70 años, he recibido este maravilloso premio Formentor, y me siento inquieto preguntándome qué hacer si alguien me pregunta, a ver, dígame, ¿por qué lo ha merecido precisamente usted?

P. En los años 90, vivió en el apartamento de Allen Ginsberg en Nueva York. No me puedo resistir a preguntarle sobre esa experiencia y ese período, en particular.

R. Entonces ya estaba libre el camino al mundo también para mí, se había venido abajo el sistema soviético, y enseguida me puse a viajar por las diversas regiones del mundo, a Nueva York, por ejemplo, donde me topé con Allen Ginsberg. No era nada extraordinario. Allen vivía entonces como antes: su puerta permanecía abierta, la gente entraba y salía: Philip Glass, David Byrne, prefiero no enumerarlos. Allen me propuso que cuando estuviera en Nueva York me alojara en su casa, y es lo que hice. Había allí tanto movimiento muchos ni siquiera se daban cuenta de que estaba allí. Byrne o Glass, o gente como ellos, sí se daban cuenta, porque cenábamos juntos o íbamos a conciertos. Era una casa de locos, como si la movida de los años 50 y 60 no hubiera terminado. Durante el día trabajaba en lo mío; con un amigo trataba de ensayar escenas para el libro Guerra y guerra en diferentes escenarios de Nueva York, y por la noche o bien escuchaba a Allen Ginsberg, que me ayudaba a resolver problemas para mí irresolubles en la escritura de la novela, o bien hacíamos música juntos en la cocina. Cuando murió, no sólo lo perdí a él, también a Nueva York, pues no conocía a nadie, salvo a él y a sus amigos. Durante muchos años, no volví a Estados Unidos por esa razón, fue entonces cuando comencé a viajar a Asia, a China y a Japón, y la cosa sólo cambió cuando conocí personalmente a mi editora norteamericana, a Barbara Epler y sus maravillosos colaboradores. Desde entonces, es en Estados Unidos, y sobre todo en Nueva York, es decir, entre ellos, donde me siento mejor.

P. En ese sentido, ¿qué piensa de la idea de hogar?

R. Es curioso que aquí, en España, casi todos los periodistas me pregunten por esto. Vamos a ver, para mí, mi hogar se perdió a mis 19 años, cuando un día regresé a casa durante el permiso de dos días que se me concedía en el servicio militar y descubrí que mi madre se había suicidado, y desde ese momento nunca se me ha ocurrido pensar que yo encontrara un hogar en algún sitio. Desde entonces todo, sea en la casa, sea en la ciudad, sea en el país en que me crié, todo era igual, pero no lo mismo. ¿Estar en algún sitio en mi hogar, en mi tierra? Por el amor de Dios. Lo que hay detrás de mis andanzas es el simple hecho de que al cabo de un tiempo no aguanto más en el sitio donde estoy. No voy a alguna parte, sino que me marcho de alguna parte. 

La esperanza existe, es una estrategia de supervivencia, pero no hay en qué depositarla, y no lo habrá nunca

P. A menudo le han preguntado por su experiencia social, al haber viajado y vivido entre diferentes culturas. Pero yo soy gran amante de la naturaleza y me gustaría preguntarle por ella. ¿Qué tipo de relación mantiene con la naturaleza, cómo se siente cuando está en ella?

R. No voy a destruir su relación edénica con la naturaleza, pero sí quiero responder a su pregunta, y tendré que confesarle que nunca he entendido qué le da a la gente al salir a la naturaleza, pasean, se suben a una roca, miran abajo, a la profundidad, luego a la lejanía, donde en lo alto de una peña un lobo aúlla, y entonces suspiran y dicen: ¡ah, qué maravilla! La naturaleza está en contra de nosotros. Todo cuanto se encuentra en la naturaleza desearía alimentarse de nosotros, o sea que no soy un entusiasta de la naturaleza. Claro que la naturaleza a mí también me significa mucho, únicamente la naturaleza significa algo para mí, es más, lo significa todo, pues no conozco nada fuera de ella. Precisamente ese es mi problema ahora mismo: que no conozco el proceso principal de la naturaleza, no entiendo concretamente la voluntad que la empuja de manera frenética de tal manera que todo ser vivo quiera vivir en ella y quiera vivir porque hay que multiplicarse, todo está subordinado a esto, también nosotros con nuestra fantástica civilización estamos para reproducirnos, y punto, se acabó, lo hemos realizado uno por uno, nuestra cultura, nuestra civilización está para protegernos de la naturaleza, para que no tengamos que estar siempre alerta tratando de averiguar por dónde nos ataca algo, y en este sentido nuestra civilización es maravillosa, pero a mí una única cosa me inquieta hasta la locura, hasta la desesperación, la pregunta de para qué es todo esto. ¿Qué hacemos dentro de la civilización? Lo mismo que los demás seres vivos. Nos multiplicamos, y todo está subordinado a eso.

P. Hablemos un poco del absurdo. ¿Cuál es su relación, como autor, con ese concepto? ¿Y qué papel juega el absurdo en nuestras vidas?

R. Yo cambiaría el concepto de lo absurdo por el hecho de que no sabemos quiénes somos, no sabemos por qué somos, sólo con la ayuda y la presión de la inteligencia humana hemos configurado una imagen de las cosas basada en fundamentos causales, o sea que no entendemos nada de nada. Cambiaría el concepto de lo absurdo por la idea de Marx de que “no lo saben, pero lo hacen”. Que al menos quede esto de Marx, hemos recibido a través de él tanto horror, esto poco lo merece... O sea, no comprendemos la esencia de las cosas, pero hacemos como si las comprendiéramos, y para colmo estamos seguros de que vamos a comprender lo que no comprendemos, hasta este punto ha progresado el género humano ¿Cómo que no?, preguntan seguros de sí mismos nuestros principales hombres, ¿no sabemos más, mucho, muchísimo más que nuestros antepasados? Pues sí, mucho, muchísimo más, claro que sí, dicen nuestros principales hombres en el paraíso terrenal mientras en realidad no tienen ni la menor idea de la “verdadera” realidad. Y lo increíble es que vivimos en este universo que nos es desconocido en cuanto a su esencia como si todo estuviera en regla con nuestros conceptos, con nuestro saber. El problema que nos paraliza el cerebro es que si dejamos caer mil veces la copa de vino vacía, esta cae mil veces al suelo. Y le decimos al bodeguero: tráeme otra. Algo no está bien.

P. El epígrafe de su novela Herscht 07769 es "La esperanza es un error". ¿Es una especie de advertencia al lector? ¿Aún cree en la esperanza, o somos una sociedad sin esperanza?

R. La esperanza siempre existe, lo que no hay es en qué depositar la esperanza. No lo habrá nunca. La propia esperanza así está inventada desde el punto de vista de la evolución. Es una de nuestras estrategias de supervivencia en situaciones de crisis. O cuando deseamos algo que parece inalcanzable. Luego se descubre que lo que deseamos no sólo parece eso, sino que lo es, es decir, que no cabe para ello ninguna esperanza. En Herscht 07769, sin embargo, el epígrafe no significa lo que parece. Se trata de que el protagonista se enreda en la historia del comienzo del universo y llega al punto de enterarse, por una teoría científica, de lo que es la materia y lo que es la antimateria, así como de que, en el momento del comienzo de nuestro universo, después del big bang, siempre surgieron un número x de partículas de materia y siempre un número x de partículas de antimateria. Pero, de pronto, por alguna razón, surgió una partícula menos de antimateria, es decir, se produjo un error de simetría al comienzo del universo y se formó un exceso de partículas de antimateria. Y a ese fallo debemos que exista nuestro mundo material. Es decir, debemos el universo, el hecho de que exista el universo material, de que en definitiva existamos nosotros, a un fallo, y a partir de ese momento sólo queda la esperanza de que todo esto no se produzca otra vez, pero a la inversa: que surja una partícula más de antimateria y que entonces desaparezca el universo...

P. Se lo pregunto porque parece que vivimos en la época dorada de las teorías conspirativas, de las fake news… Me temo que las creencias podrían haber llegado a su fin. ¿Qué piensa usted? Si es así, si está de acuerdo, ¿qué podemos hacer para recuperarlas, para volver a creer en algo auténtico?

R. Aquí habría que distinguir dos cosas. Lo falso, lo seudocientífico, las teorías de la conspiración, las fake news son frutos de la estupidez, y esta estupidez jamás aniquila aquello cuyo lugar querría ocupar. La estupidez masiva siempre ha existido, pero ahora se ha vuelto visible hasta qué punto es masiva, y contra eso no hay nada que hacer. La estupidez es eterna. Ahora bien, la cuestión de qué es lo auténtico no lo decidiremos en una polémica de todos modos superflua con la estupidez, sino que a ello contribuirá un nuevo sistema de pensamiento que pueda dar respuesta, de forma provisional, a la pregunta que nos preocupa a mí y a usted: ¿qué es lo que consideramos auténtico? La respuesta será relativa, con varias capas. Dependerá de hasta qué punto será convincente, porque si lo es, y mucho, durante un tiempo nos conformaremos con esa definición. Dependerá de hasta qué punto seremos capaces de mantener bajo control la realidad ficcional creada y hasta qué punto no. Y por último dependerá de si habrá todavía un mundo en el que podamos ocuparnos en estas significativas cuestiones.

P. También es cierto que en todas las épocas hemos tenido la sensación de estar viviendo los últimos momentos del apocalipsis cultural. ¿Cuáles son las principales características de ese apocalipsis en la actualidad?

R. El apocalipsis no es algo que tengamos que esperar porque las señales son malas e indican por tanto que en algún momento se producirá. El apocalipsis es un proceso y ese proceso se está produciendo ahora. El apocalipsis es ahora. Y no se trata sólo de un apocalipsis cultural. Porque la masa completamente estupidizada de miles de millones de personas supone realmente un peligro para nuestro mundo y es muy capaz de hacer desaparecer radicalmente el pensamiento y el arte de un nivel elevado. Pero hay algo más. El apocalipsis es un juicio, y su efecto existe desde el momento en que sabemos de nosotros mismos. Mientras nos portemos bien, mientras nos quitemos los zapatos al entrar en casa y los pongamos el uno al lado del otro bajo el perchero en el vestíbulo, mientras no matemos a nuestra madre, mientras nos preocupemos por el futuro del mundo si todo “sigue como ahora”, nuestro sistema moral se mantendrá incluso en medio de su derrumbamiento y todavía tendremos alguna posibilidad. Pero no la hay de que el apocalipsis concluya. El juicio es, como he dicho, permanente, sólo hay que prestarle atención. El buen oído es la base de nuestro futuro.

No tenemos ni la menor idea de hacia dónde deberíamos ir con nuestra gran inteligencia. Así que vamos hacia la nada

P. Desde el comienzo de su carrera, los críticos han interpretado y discutido su obra desde la perspectiva de la crisis. ¿Está de acuerdo con ellos? ¿Cree que el lapso temporal de la existencia está más allá de nuestro entendimiento?

R. Sí, pienso que está más allá de nuestro entendimiento aquello de lo que hablamos, de lo que creamos obras, de lo que pensamos. ¿Merece ser llamado una crisis? ¿Qué ganamos llamándolo así? Los críticos no se equivocan al interpretar mis libros como síntomas de crisis. ¿Cómo si no podrían ser interpretados? Toda vez que nos hallamos en una crisis. O quizá sea “crisis” una expresión demasiado ligera. Es una derrota, un fracaso. En nuestra gran inteligencia hemos perdido a nuestros dioses, hemos perdido nuestra confianza en la curación, en la solución, en la liberación, hemos perdido nuestra fe en que con nuestra gran inteligencia vamos hacia algo en este universo. De hecho, no tenemos ni la menor idea de hacia dónde deberíamos ir con nuestra gran inteligencia. Así que vamos hacia la nada. Pero no tenemos nada salvo nuestra gran inteligencia.

P. Para Eszter, uno de los personajes de Melancolía de la resistencia, la música es una forma de resistencia. ¿Es eso la literatura para usted, una forma de resistir a la realidad actual, de escapar de ella?

R. Lo que la literatura significa para mí queda bastante claro para quien me lee: la manifestación de la belleza, la belleza de las palabras y de las frases, de la expresión, que es en sí el consuelo. No sé hacer otra cosa, tampoco lo saben los protagonistas de mis libros, que –cuando aparece su destino a través de mí, a través de las palabras– señalar el punto, el límite desde el cual lo bello es ya quien reina. El reino inalcanzable. Para eso no hay que correr como hace el fugitivo. Se puede uno quedar de pie o sentado. Porque de pie o sentados somos los más rápidos.

P. Melancolía de la resistencia puede leerse como una novela pesimista. ¿Lo es usted?

R. Quien ha preguntado esto ha recibido ya tantas respuestas en apariencia razonables o también estúpidas. ¿Que yo añada ahora la mía? Pues... No soy agorero, no soy pesimista, soy más bien triste. Al mismo tiempo, esta tristeza me parece divertida. La tristeza es un proceso bioquímico. Por eso cabe también el humor en lo trágico. ¿Llore yo ahora por el sufrimiento humano o me ría de él? Más bien las dos cosas a la vez. Llorar riendo y reír llorando, y no moverse. Como una piedra a la orilla del arroyo. Y después o llega Heráclito o no llega.

P. Guerra y guerra abre con el epígrafe "El cielo está triste". ¿Qué papel ha jugado la religión en nuestra historia reciente y cuál juega ahora?

R. El hombre que ha salido baldado de la religión se presenta y dice: quiero un teléfono, por favor. Llama un número, pero ni siquiera suena. Se acabaron las falsas creencias. Sin embargo, para los protagonistas de mis libros Dios es ese señor al que se le puede pedir ayuda cuando hay un problema. Y como los problemas se producen, le piden ayuda. No importa que no proporcione ayuda, porque no la proporciona, lo esencial es que ese señor esté. Al que se le puede pedir ayuda. No pasa nada si no existe. Pero que esté.

P. Usted mezcla de forma brillante la realidad, o la ilusión de realidad, con la ficción. ¿Cómo lo concibe?

R. Oh, yo no los mezclo. La realidad y la ficción se mezclan por sí solos en nuestro mundo. Y si pregunta usted por la ficción en el sentido antiguo, le responderé que posee una fuerza enorme, porque también la tiene la imaginación. Y siempre he pensado que si mediante la imaginación insertamos algo con suficiente intensidad en la realidad, ese algo será parte de la realidad. En cuanto a mí, siempre, en el curso de toda mi llamada carrera, he considerado obligado utilizar la ficción para inscribir algo bueno, algo sumamente, indeciblemente noble y bello en este podrido mundo que hemos construido para nosotros.

P. ¿Qué hace cuando no está leyendo a Kafka? Es una forma no muy original de pedirle que hable de sus referentes literarios, sabiendo que entre ellos están Dostoievski, Proust, Ezra Pound, Becket o Thomas Bernhard.

R. Kafka, Dostoievski, Proust, Pound, Beckett, Bernhard. Y añadamos a estos grandes olímpicos también a Homero. Y a Dante. Y a Shakespeare. Y a Cervantes. Y a Borges. Y a Lorca. Y a Camilo José Cela. Y al novelista húngaro Gyula Krúdy. Me hace feliz que existan. Que yo pueda vivir entre ellos.

'El barón Wenckheim vuelve a casa'

László Krasznahorkai

Acantilado 

512 páginas. 30 euros 

18 de septiembre en librerías

Suscríbete para seguir leyendo