Opinión | ISLAS A LA DERIVA
Fantasmagorías barcelonesas
Garriga Vela, autor de la inolvidable novela ‘Muntaner, 38’, recopila 30 años de columnismo y vida en ‘Cruce de vías’

Dos niños observan una hoguera en la verbena de Sant Joan. / María Pisaca Gámez
Barcelonés malagueño o viceversa, el novelista José Antonio Garriga Vela escribió una columna semanal en el diario ‘Sur’ de Málaga durante casi 30 años. Tres décadas, se dice pronto. Desde el sábado 5 de febrero de 1994 hasta el 28 de diciembre de 2022, Día de los Inocentes, cuando, recién llegado de un viaje a Ecuador y las islas Galápagos, recibió una llamada del rotativo con un mandoble: en adelante, iban a prescindir de su colaboración por cuestiones económicas. Le quitaron el ‘jet lag’ de golpe. Cataplum.
¡Ay, la crisis del papel!, ¡ay, los viejos periódicos! Por el camino quedaban sembrados 1.364 artículos, de los cuales acaba de publicarse una selección de la mano de Candaya y los editores Olga Martínez y Paco Robles, quien de alguna manera sigue entre nosotros. ¿Título? El epígrafe que llevaba la columna de prensa: ‘Cruce de vías’. Como la vida misma.
Como liebres saltarinas
Los textos no eran de cariz informativo, sino liebres saltarinas que se perdían en divagaciones y jugaban a hilar anécdotas, cuentos, esbozos de un viaje, obsesiones, ‘aventis’. Incluso los días en que la nada saluda desde la pantalla en blanco, Garriga Vela arrancaba volutas de plata al vacío con el vagabundeo elegante de su escritura. Lecturas, ciudades, vivencias, películas, el oficio, personajes, instantes. El libro configura una suerte de autobiografía personal y literaria.

José Antonio Garriga Vela, en Barcelona, a principios de abril. / JORDI OTIX
De los ocho apartados en que se divide la colección, el primero me ha devuelto a una isla lejana devorada por la bruma: lleva por título ‘Estación de Francia’ y recrea la infancia y adolescencia barcelonesas del autor, el mismo manantial que inspiró su magnífica ‘Muntaner, 38’ (Debate, 1996), una obra cuya frescura celebraron en su momento Marsé, Mendoza, Vázquez Montalbán y Vila–Matas.
Aquella novela fue un arreón, una sacudida de originalidad, una chispa de ingenio en la construcción de cada frase
Aquella novela fue un arreón, una sacudida de originalidad, una chispa de ingenio en la construcción de cada frase. Inolvidables el hijo menor del sastre, el dolor y la dignidad del padre por la guerra perdida, la melancolía que impregnaba la cuadrícula del Ensanche y la atmósfera que supo insuflar al inmueble donde se desarrolla la acción: "Vivíamos en un ataúd. Encorsetados dentro de un traje de madera. Aprisionados entre el cielo y la tierra, respirando por el ojo de una aguja". De ‘Muntaner, 38’ nunca se sale. La he releído estos días con el buen regusto de la primera vez.
Ensartada en la memoria
Los barceloneses que contamos cierta edad rompimos el cascarón en una ciudad en blanco y negro, y año arriba, año abajo, compartimos imágenes y rituales de una infancia nebulosa que Garriga Vela supo ensartar con el alfiler de la memoria. La verbenas de Sant Joan desde las azoteas de los edificios. Las hogueras donde ardían los muebles y trastos viejos que habíamos recolectado y guardado tras pedirlos a los vecinos del barrio casa por casa. Petardos y mixtos Garibaldi. Las visitas al trapero con los cascos de las botellas de champán (entonces el cava aún no tenía denominación de origen).
Los barceloneses que contamos cierta edad rompimos el cascarón en una ciudad en blanco y negro, y año arriba, año abajo, compartimos imágenes y rituales de una infancia nebulosa
La playa de la Barceloneta con los Baños Orientales, enrejados. Los domingos en el parque de atracciones del Tibidabo, con los telescopios que tragaban monedas ("así es como siempre he preferido ver las cosas. De una manera fría, distante y precisa, como la mirada del catalejo"). Los globos terráqueos de lata con tanto azul. Las salidas con el cole al santuario de San José de la Montaña, con aquellos terroríficos exvotos, brazos y piernas de cera suspendidos en el aire como espadas. Los cines de sesión doble. Las Golondrinas del puerto, el rompeolas y los cangrejos vivos ("los vendían atados a una caña y mientras los conducía a casa ellos retrocedían buscando el mar"). Unas infancias y una ciudad que aún siguen vagando entre las sombras como fantasmas casi felices.

'Cruce de vías'
Autor: José Antonio Garriga Vela
Editorial: Candaya
320 páginas. 20 euros
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