OPINIÓN
‘Solucionar’ el amor
El 'solucionismo' cotidiano, en lo más bajo y lo más elevado, es un empeño desquiciado, "una chaladura"

El escritor y filósofo del Derecho Pau Luque, autor del libro 'Ñu' / Toni Albir
Distraída, incapaz de concentrarse en tareas cotidianas, olvidando constantemente cuál es la siguiente obligación. Estos síntomas, que a mí me persiguen desde hace tiempo, que son cotidianidad, para mi amiga fueron motivo de visita a una psicóloga. Ella, que siempre había sido ordenada, metódica, aplicada desde pequeña, sentía además una culpa lacerante por estos despistes. Necesitaba una respuesta, una solución.
No recuerdo exactamente cuántas sesiones le costó el diagnóstico de la psicóloga: estaba enamorada. Si ella no había podido encontrar por sí sola esta causa, obvia en apariencia, era porque no se pasaba las horas del día hablando con el hombre del que supuestamente se había enamorado. Ni siquiera pensaba tanto en él. No hacía falta, dijo la terapeuta, simplemente el encuentro la había desestabilizado.
Y entonces, ¿qué? La solución, que al fin y al cabo era lo que andaba buscando, pasaba por empezar a hablar de ese amor, escrutarlo, analizarlo, categorizarlo, acomodarlo en su vida consciente con diversas herramientas. Debía, en definitiva, gestionar el sentimiento amoroso, hacer que funcionase, hacia delante o hacia atrás: esa decisión quedaba en manos de la paciente.
Con mi amiga nos hemos reído incontables veces de esta anécdota, entre trágica e ingenua. ¿Cómo gestionar un enamoramiento que ni una misma sabe reconocer? Y, sin embargo, ella siguió yendo puntualmente a la misma psicóloga durante meses, cada 15 días. Más allá de la extrañeza, en el diagnóstico pesaba una promesa de estabilidad.
El discurso terapéutico resulta atractivo y útil, tranquilizador. Racionaliza nuestra relación con el mundo en base a unos criterios de interés personal. Hace que lo inexplicable -las distracciones, el nudo en el estómago, estar en babia- se vuelva menos complejo. Encaja la emoción con nuestros objetivos de productividad, con otras metas más mundanas de obligado cumplimiento.
Me acordé de esta historia leyendo Ñu (Anagrama, 2024), el último libro del filósofo Pau Luque. El título, con solo dos letras, plantea la idea que vertebra el texto completo: cuando en un crucigrama te piden un antílope o un bóvido de dos letras no tienes que pensar la solución porque siempre será ñu, no hay ninguna dificultad a superar. "Ñu es la solución a un problema que en realidad no tienes. O sea, no es una solución, es una obviedad, un autoengaño, una respuesta fácil o incluso una excusa para justificarte".
Luque, que admite que nada le ha atormentado más en el pasado que la obsesión por creer que tiene que haber una solución para todo, escribe ahora en contra de ello. No desde el nihilismo ni el abandono de sí, sino desde la conciencia de que el 'solucionismo' cotidiano, en lo más bajo y lo más elevado, es un empeño desquiciado, "una chaladura".
Y entonces, ¿qué?, se sigue preguntando la paciente enamoradiza. Pero quizá no hay respuesta a una pregunta que ni tan siquiera debería existir, o que solo existe como espejismo de un discurso sobre nuestras emociones que nos obliga a rellenar todas las casillas, a asignar una letra a cada espacio vacío. ¿Dónde queda la conversación, la curiosidad, las contradicciones, la desesperación? O como escribe Luna Miguel en Ternura y derrota (La Bella Varsovia, 2024), donde precisamente afirma que nadie se cree a los enamorados -pero ella sí-: "Dejarse ir. No tener palabras. Ser monstruo".
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