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REPORTAJE

Los nombres propios de la literatura española contemporánea

Es imposible establecer un atlas de las letras patrias en tan pocas palabras sin ser injusto y arbitrario, no existe un elenco incontrovertible, pero hay autores imprescindibles que hacen de este un mapa más o menos completo

Ilustración: Sara Martínez

Ilustración: Sara Martínez

Malcolm Otero Barral

Barcelona
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Conseguir una instantánea de la literatura española es complejo, en tanto que el panorama de las letras patrias está, como todos, en permanente cambio; se van incorporando nuevas voces y algunas de ellas se consolidan, mientras que otras son tan efímeras como estrepitosas. También la muerte altera las -siempre ilusorias- jerarquías literarias, sobre todo en los casos en los que ésta aparece de modo prematuro.

Entre los que nos han dejado en los últimos años, son los más los que ya habían entregado todo lo sustancial de su obra y, publicaciones póstumas aparte, ya habían rematado su ciclo literario. Un ejemplo sería Rafael Sánchez Ferlosio, que, con muy pocos títulos, rompió las costuras de la narrativa para descoser luego el ensayo patrio y que, con la más que probable edición de las Guerras barcialeas, no se dejó nada en el tintero.

Tampoco Juan Marsé, con al menos una novela memorable por década desde los años 60, pareció quedarse con mucho camino literario que recorrer. Caso distinto es el de Javier Marías, cuya muerte inesperada dejó a sus devotos con la impresión de que aún quedaban varios libros buenos por escribir, o el de Almudena Grandes, que incluso dejó inconclusa la serie de Episodios de una Guerra Interminable y a miles de lectores en orfandad literaria.

Pero, para entender cómo afecta la muerte a la confección de este inexistente y brumoso mapa literario, hay que comprender también alguno de sus mecanismos. Por ejemplo, que la longevidad es un multiplicador del reconocimiento. Es lo que el escritor y crítico Félix Romeo llamaba el efecto “sabio de la tribu”, aplicándolo, en aquellos años, a José Luís Sampedro.

Posteridad u olvido

Pero serían muchos los ejemplos, como el de Francisco Ayala, cuyo -merecido- prestigio crecía con el paso de los años (y vivió más de cien), pero que desapareció del debate literario tras su fallecimiento y que se ha ido desdibujando y diluyendo a pesar de los esfuerzos de la fundación que lleva su nombre y de la elegantísima colección que le dedicó Alianza en 2020. O el de Juan Goytisolo, que quizás por publicar lo mejor de su obra en un época temprana, queda ya muy lejos, muchos más de los siete años que han pasado desde su partida.

El paso a la posteridad o al olvido es como alcanzar el cielo o bajar al infierno, y no siempre por motivos justificados. Afortunadamente, en el caso de autores de edad provecta tenemos a portentosos escritores octogenarios como Luis Mateo Díez, que está en plena forma, como se puede comprobar en su lucidísima Mis delitos como animal de compañía, o Eduardo Mendoza, que sigue deleitando a su legión de lectores con humor inteligente y alejado de lo burdo. Ligeramente más joven, pero también en la cúspide de este inventado olimpo literario hispano, está Enrique Vila-Matas, que, admirado dentro y fuera de nuestras fronteras, es lo más cercano que tenemos a un autor de culto, al que recurrentemente le nacen discípulos y que tiene la inmensa virtud de no parecerse a nadie.

Generación consolidada

Pero la generación más consolidada hoy es la nacida en los años 50 y primeros 60 y que, por lo general, empezaron a escribir en los 80. Está el caso de Rosa Montero, cuya obra ha ido in crescendo a lo largo del tiempo (no hay que perderse El peligro de estar cuerda), el de Ignacio Martínez de Pisón, que, pasados los 60, está en su mejor momento y que ha sido constante en la prosa precisa y la indagación en el conflicto familiar, pero que ha ido subiendo escalones de calidad desde sus primeros éxitos como Carreteras secundarias.

Están, por supuesto, Antonio Muñoz Molina, que irrumpió con fuerza con Beatus Ille y con Invierno en Lisboa y que ha ganado dos veces el Premio Nacional de Narrativa -también Luis Mateo Díez, por cierto- y que hace pocos años escribió la excelente y monumental La noche de los tiempos, y Javier Cercas, que desde el apabullante fenómeno de Soldados de Salamina se ha consolidado como una de las primeras espadas de la literatura española.

Según muchos, Cercas sería, junto a Vila-Matas y Muñoz Molina, uno de los autores con posibilidades de hacerse con el Premio Nobel, aunque eso siempre tiene algo de quiniela, dada la opacidad del galardón. Es imposible no hablar de Fernando Aramburu, que siempre había sido un escritor estupendo, pero al que Patria ascendió a autor imprescindible pasados los 50 años. También en esa generación hay que destacar a Antonio Soler, un escritor de carrera impecable y que ha ido asumiendo riesgos para elevar su literatura. Deslumbró con Los héroes de la frontera o Las bailarinas muertas y se la jugó sobremanera con la hipnótica e ineludible Sur.

Exposición y cambio

Pero no todos los de esa generación han corrido la misma suerte. Fue lo que le sucedió a Belén Gopegui, que durante unos años consiguió alimentar el debate y que parecía llamada a ser una de las estrellas de las letras españolas. Pero, desconozco los motivos, su momento pasó. Quién sabe si ese espacio un tanto más marginal, pero todavía contestatario, le resulta más cómodo a la autora.

Aunque si hay una generación que vivió una exposición altísima (lo que algunos hoy llaman hype) y luego sufrió el cambio de los tiempos fue la inmediatamente posterior. Parecía que los autores que irrumpieron en los 90 habían dado con las teclas de los asuntos y las preocupaciones de su generación. Pocos libros llenaron las universidades como los primeros de José Ángel Mañas, en especial Historias del Kronen. Mañas ha seguido reinventándose como escritor y publicando con constancia, pero el tamaño de la sombra de aquel fenómeno editorial es tan grande que resulta difícil sobrevivir a él.

Otra autora que parecía simbolizar la nueva hornada literaria era Lucía Etxebarría. Mucho desgaste público, alimentado por controversias y acusaciones de plagio, apagaron unos primeros años fulgurantes en los que parecía que su trayectoria era imparable. Algunos autores se salvaron de este declive, como Ray Loriga, que fue capaz de superar el peso de ser un icono de la Generación X para convertirse en un autor menos pop y más maduro; Marcos Giralt Torrente, que con una obra exigua pero exquisita ha sabido, en cocción lenta, mantenerse alejado de las modas caprichosas y hacerse un hueco entre los autores literarios de obligada lectura. O Marta Sanz, que, fiel a sí misma, sin concesiones y con una talentosa combinación entre crudeza y sensibilidad, ha hecho que su obra sea leída y justamente reconocida.

Tiempos más recientes

En tiempos más recientes han aparecido infinidad de escritores y algunos ya se intuye que han venido para quedarse. Entre ellos está Sara Mesa, que con su talento, prosa limpia y afilada, y su querencia por situar al lector en un lugar no muy confortable, tiene el respeto de la crítica y del público. Asimismo, se han producido oleadas literarias, como la literatura rural que nos descubrió a Jesús Carrasco (ganador del último Biblioteca Breve) y su Intemperie, o a María Sánchez y su Tierra de Mujeres, que luego han continuado, a su manera, otros autores como Irene Solà. O la Generación Nocilla, cuya sonada repercusión no acabó con la carrera de sus miembros, como muchos pronosticaban.

Pero lo cierto es que la nómina de narradores que por derecho propio han asentado un prestigio no es corta: Sergio del Molino, Juan Gómez Bárcena, Manuel Vilas, Isaac Rosa, Miguel Ángel Oeste, Miguel Ángel Hernández, Ricardo Menéndez Salmón o Juan Tallón son solo algunos de los nombres.

Es imposible establecer un atlas de la literatura española en tan pocas palabras sin ser injusto y arbitrario, no existe un elenco incontrovertible. Solamente al vuelo se han quedado muchos nombres que harían de esta cartografía un mapa más completo, a saber: José María Merino, Julio Llamazares, Elvira Lindo, Luis Landero, Juan José Millás, Manuel Vicent, Manuel Rivas, Clara Sánchez, Soledad Puértolas o Cristina Fernández Cubas, y muchos otros.

El tiempo de las mujeres

Si algo ha mejorado el panorama en los últimos tiempos es que hay muchas más mujeres. Siempre las hubo, y muy buenas, y cada generación ha tenido sus escritoras de referencia, como lo fueron Carmen Martín Gaite o Ana María Matute, pero, por desgracia, es fácil percibir un fuerte desequilibrio y en cada época la balanza del prestigio se inclinaba hacia los miembros masculinos. Pero han cambiado los temas, las preocupaciones y un tsunami de talentosísimas narradoras marca el paso de la literatura actual.

La apertura en canal de Eider Rodríguez en su novela Material de construcción, uno de los mejores libros del año pasado, la insobornable rebeldía de Cristina Morales o la espléndida y cruda La mala costumbre de Alana S. Portero, de esas obras que resuenan en la mente del lector durante días tras acabar su lectura, son solo algunos ejemplos de la explosión de talento que podemos encontrar en nuestras librerías.

La conversación literaria también ha tenido sus picos de atención, como con la ambiciosísima novela (que son cinco) de Sara BarquineroLos escorpiones, en la que resuenan ecos posmodernos, elementos pop y Foster Wallace o Bolaño. Entre estas dotadas narradoras las hay también de vocación tardía como Edurne Portela, que con su retrato de destrucción familiar en Mejor la ausencia debutó en la novela para iniciar una, todavía breve pero muy sólida, carrera literaria.

Ya muy consagrada está Elvira Navarro que, si bien cautivó, sobre todo, con sus novelas La trabajadora y Las voces de Adriana, es asimismo una excelente cuentista, como demostró con La isla de los conejos. Cuentista de muchos quilates es Marta Jiménez Serrano, que con su No todo el mundo nos desmenuza algo tan complejo como las relaciones amorosas y confirma la habilidad narrativa que nos regaló en su sutil novela Los nombres propios. Extraordinaria cuentista es también Lara Moreno, que además ha devenido en una soberbia novelista llena de matices que va desde lo rural en Por si se va la luz hasta la dureza de tres sufrientes mujeres urbanas de La ciudad.

Es ineludible incluir aquí a Aixa de la Cruz, con una sólida obra novelística con libros como la maravillosa Las herederas, pero no se puede dejar de leer Cambiar de idea, una clarividente crónica del paso a la edad adulta. Hay muchas otras escritoras que pisan fuerte, como Aroa Moreno, que cautivó al mundo letraherido con La hija del comunista, Inés Martín Rodrigo, que dejó fascinado a este crítico con la honestidad y sensibilidad de Las formas del querer, Laura Ferrero, que se consagra con un retrato sutil de la descomposición de la familia en Los astronautas o los cuentos con personaje compartido, o novela, según se mire, de Gente que ríe, el debut de Laura Chivite