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PERFIL

Cristina Sánchez-Andrade, sin salir del asombro

Esperó a la treintena para publicar su primera novela, Las lagartijas huelen a hierba, que ahora va a reeditar porque es su gran tesoro

La escritora Cristina Sánchez-Andrade

La escritora Cristina Sánchez-Andrade / EPE

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Elena Pita

Elena Pita

Barcelona
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Lees a Sánchez-Andrade después de mirar la solapa y no entiendes cómo esta bella mujer de aspecto tan delicado es capaz de bucear en los más oscuros infiernos del alma y la carne, y deduces que debe de ser su procedencia celta (mitad gallega, mitad británica). Y la imaginas de niña pegando la oreja allí entre brumas y mujeres fornidas que venían a contarle historias a su abuela Isidora la esposa del pediatra en Castiñeiras, ría de Arousa.

Es entonces cuando no te encaja su vida de ciudad, vivió siempre en ciudad y al mar de Galicia o la Inglaterra apenas iba los veranos, pero también sabes que la infancia son los veranos y cada escritor se debe a su infancia. Aun así sigues sin entender qué demonios haría estudiando leyes, ejerciendo de abogada hasta poder dedicarse a enseñar y escribir Literatura, y deduces que tal vez en la abogacía también robara historias.

Sigues intrigada porque además es madre de tres hijos y a la pequeña Julieta que nació con síndrome de Down le escribió un libro entero (El libro de Julieta), el asombro de nacer, y te preguntas cómo es que narra tan bien un gallego de oído si no fue a escola y resulta que Cristina Sánchez-Andrade Potter (Santiago de Compostela, abril del 68) es una gran estudiosa que "cuando me di cuenta del enorme interés que tienen la literatura y cultura gallegas, aprendí la gramática para leer y escribir correctamente".

Es además traductora de y al inglés (dos premios Pen) pese a que apenas apela a su origen británico porque no conoció a sus abuelos de Brighton; no como a Timoteo e Isidora, la abuela contadora bajo la higuera del jardín o al calor de la lareira en invierno, a quien debe su asombro por la vida y, después, su capacidad de narrarla.

La duda persiste porque a los 19 años ya andaba en la redacción de El Correo Gallego maravillando a la tropa y así lo recuerdan aún en Compostpétrea, de esa joven que esperó a la treintena para publicar su primera novela, Las lagartijas huelen a hierba, que ahora va a reeditar porque es su gran tesoro –sostiene– y a la tercera (Ya no pisa la tierra tu rey, Anagrama, premio de la FIL de Guadalajara, 2004) dejó de ir al despacho y se encerró a escribir y a velar por los niños.

Niños que aparecen como sombras en sus cuentos magistrales, como aparecen también las muchachas emigrantes a quienes dedicó un ensayo publicado el pasado verano (Fámulas), donde ellas hablan desde el corazón mientras Cristina sube el volumen y transcribe desde la médula; o esas mujeres gallegas fajadoras, mariscadoras de raña, rastrillo o rodilla hincada, por igual molidas dos cadrís o la lumbalgia, lavandeiras de manos quemadas por la sosa, ganaderas que afalan a sus vacas (afalar, hablar a los animales), costureras de ojos de muñeca, etcétera, migrantes en busca de sueños que jamás alcanzarán.

Y todo esto, Cristina, he de preguntártelo en entrevista que aquí el espacio no me llega y el asombro, me desborda.