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Por Alba Giraldo y David Jiménez
Más allá de la lluvia de purpurina que luego no te sacas ni frotándote con estropajo, los himnos canturreados acertando una de cada tres sílabas y los abrazos emocionados y sudorosos a desconocidos a las 3 de la mañana, el secreto para sobrevivir a un festival de música se basa en ir encadenando penurias y garrotazos para acabar dando con la solución más ramplona y práctica (posiblemente también la menos instagramera) que te permita salvar el envite cada año que te presentas a ver a tus grupos favoritos. Una batalla contra los elementos en el que tu mejor aliado reside en este kit de supervivencia que hemos confeccionado para ti en El Periódico.

Si llevas una riñonera a un festival probablemente se arruine tu ‘outfit’ milimétricamente pensado para la ocasión. Y es que las lentejuelas o los sombreros ‘cowboy’ no suelen combinar con ella. Pero no estás en el Coachella, el Tomorrowland o en la semana de la moda de Milán. Aquí, la comodidad es lo más importante, y una riñonera es el objeto más útil del universo festivalero (por alguna extraña razón, contra más ‘marronera’ y hecha polvo, mejor). Ahí guardas -de la manera menos organizada posible- el móvil, el dinero, las llaves, el cargador, los chicles, tu kit de supervivencia y probablemente tu dignidad después de una noche de desfase.

Ahora que lo moderno es ser runner y el postureo es posar con la gorra del UTMB, el experimento sale por si solo: si activas el reloj GPS a la entrada de un festival y lo paras cuando los de seguridad empujan a la boca del metro a ese trapo humano en el que acabas convertido comprobarás que el resultado te convalida para tener dorsal directo para Zegama.
La paliza de peregrinar de un escenario a otro y de moverse continuamente en ese triángulo de la rutina festivalera que es la barra del bar, el lavabo e ir en busca del colega desperdigado lo pagan muy caro tus pies. Así que, como en las carreras, nada de improvisar y escoge unas bambas cómodas que no te martiricen.

En pleno verano y bajo un sol abrasador, en cada grupo de amigos está la típica persona que dice “yo nunca me quemo” mientras su cara se va poniendo más roja a cada minuto que pasa. Por eso, la crema solar es totalmente imprescindible si no quieres acabar con la piel chamuscada y mutando como una serpiente.
Un gorro también es necesario para protegerte de una posible insolación, pero mucho más importante para ‘posturear’ y hacerte fotos nada más entrar al recinto, igual que las gafas de sol, que además te ayudarán a esconder la cara de absoluto destrozo durante la vuelta a casa o el tercer día de festival (si consigues sobrevivir).

Porque es todo un arte crear un itinerario para no perderte las bandas que te gustan, las que te obligan a ver, las de que "hay que estar, que en un par de meses lo petaran", las de "voy porque necesito un descanso, un psicoanálisis grupal y estos tocan suave y no molestan nuestra cháchara" y, claro, los de "aquí, de perdidos al río".
Y para ello necesitamos diseñar un horario que cumpla estas tres premisas: que sea realmente de mano, que entiendas tu letra y que no se desintegre con la primera bebida derramada. Un horario que, por supuesto, al final cumplirás al 50%, eso es así.

Todo el mundo se ríe del que lleva un kit de supervivencia… hasta que necesita una tirita, un clínex o cualquier objeto salvavidas. Las tiritas aparecen cuando tus zapatillas, que parecían comodísimas cuando te las compraste, deciden declararte la guerra, y el clínex sirve para ir al baño, secarte las lágrimas durante el concierto de tu grupo favorito o limpiarte cuando la persona de al lado te tira media cerveza encima. Además, si la menstruación aparece por sorpresa -y todo el mundo sabe que siempre llega en el mejor momento-, llevar compresas o tampones te convierte automáticamente en la persona más respetada del festival.

Aquí no sirve acogerse a un 'trend' de Instagram, o sea copiar lo que le funciona a los otros (también lo hacen algunos festis con sus carteles clónicos), para tener éxito porque para esa misión, siempre imposible, que consiste en encontrarse todos en el mismo momento y en el mismo lugar en un festival en plena hora punta, o vas con una cuerda como en la guardería o tiras de originalidad.
En resumidas cuentas, olvídate de los globos, de las barras fluor y, sobre todo, de alzar el móvil con la linterna encendida porque, ¡oh! sorpresa, todo el mundo hace lo mismo. ¿Que funciona? "Si te pierdes, quedamos en la baldosa, y si no ya nos vemos en 2027". Eso y un 'Enviar ubicación en directo' del WhatsApp, claro.

El ‘powerbank’ ya no es un accesorio, es soporte vital. La batería del móvil siempre se acaba exactamente cuando necesitas encontrar a tus amigos, enseñar la entrada del festival o grabar la canción que más te gusta de tu grupo favorito. Llevar una batería externa te convierte automáticamente en la persona más importante del grupo y también en el objetivo de frases tipo “¿me lo dejas un segundo?”. Spoiler: nunca es un segundo. No te despistes, porque tu móvil acabará sin batería y, casi irónicamente, la batería externa también. Además, sin un móvil encendido desaparece tu ‘planning’ por horas del festival y cualquier posibilidad de volver a casa si acabas perdido.

Porque tú eres su mayor fan, pero de igual modo lo son los 3.500 que hay a tu alrededor, la misión es destacar y para eso nunca debe faltar una camiseta de un concierto de antes de que lo petasen, una cartulina para que las cámaras te enfoquen tarareando ese himno que estás convencido que tu artista escribió inspirándose en un pasaje de tu vida emocional y, claro, algún topicazo patrio que suele ser acogido de forma muy diferente según el estatus actual de cada grupo: empatía interesada por los primerizos, desdén por parte de los consagrados y nostalgia boomer de aquellos dinosaurios que ahora viven de las rentas.

En todo festival hay tres especies a esquivar: el ‘pureta’ que te hace un examen oral y te juzga por no conocer una maqueta inédita de la banda, el intenso que te tira los trastos como si fuera un soltero de ‘La isla de las tentaciones’ y el perjudicado filosófico que necesita hablarte “de la vida” a las 4 de la madrugada. Por eso conviene llevar frases preparadas: “voy a buscar a mis amigos”, “sí, sí, el primer disco era mejor”, “necesito ir al baño” o “perdona, no escucho bien con la música”. Si ni siquiera así te lo quitas de encima, siempre puedes buscar una señal de aviso con tus amigos: desde un gesto poco o nada disimulado hasta la palabra clave más absurda que se te ocurra.

Porque lo que hoy está genial, mañana da pereza, y lo que detestabas en su momento, de repente es reivindicado aunque sea como placer culpable. Es por eso que resulta imprescindible llevar encima varias anotaciones para no quedar en evidencia ante el escrutinio de la sección más musicalmente talibán de tus 'amigos'.
En la era Spotify es más fácil hacerse con todos los Pokemon que haber escuchado dignamente a los cientos artistas que acuden a los festivales, pero si aprendes a pronunciar bien a esa banda de origen urdu y te dejas ver ocasionalmente en el escenario esquinero en el que siempre te asalta la duda de si han conectado un aire acondicionado escacharrado o es otra sesión de noise rock salvas la partida.
Un reportaje de El Periódico
Textos: Alba Giraldo y David Jiménez
Coordinación: Rafa Julve, Ricard Gràcia, Leticia Blanco