REPORTAJE
'Los viajes de Gulliver', 300 años sintiendo asco por la humanidad
El tricentenario de la obra maestra de Jonathan Swift, una ácida crítica de costumbres, propicia exposiciones, conferencias y rutas por el Dublín del célebre escritor del siglo XVIII, amén de otras actividades en Irlanda del Norte
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Dibujo metafórico sobre 'Los viajes de Gulliver'. / Ilustración: Laura Monsoriu

Hay un libro que lleva 300 años diciéndonos que hombres y mujeres, a poco que nos dejen, somos corruptos, envidiosos, lujuriosos y mezquinos, capaces de pelearnos y destrozar al otro si con ello encontramos una mínima satisfacción, utilizando para nuestro provecho terrenal construcciones sociales como las leyes, la política, la religión o la ciencia. El libro es ‘Los viajes de Gulliver’, publicado en 1726 por el clérigo irlandés Jonathan Swift, con tanto éxito que a lo largo de tres siglos jamás ha desaparecido de las librerías. Todo el mundo cree conocerlo, o por lo menos, todo el mundo recuerda que en su infancia o en alguna película tonta vio la imagen de un gigantesco personaje, con casaca, chaleco y calzón, fuertemente atado a la tierra de una playa mientras pequeñísimos personajillos de menos de un palmo de alto se pasean ante sus narices pavoneándose de su captura.
Muchos malentendidos han acompañado al Gulliver, este cirujano inglés y más tarde capitán de barco, cuyo nombre solo se menciona en el título, que visita tierras lejanas y extrañas para, jugando con los contrastes, hacernos ver cómo somos realmente. En el momento de su aparición se leyó como la respuesta ácida y pesimista al ‘Robinson Crusoe’ de Daniel Defoe y su convencimiento de la superioridad moral del ‘homo britanicus’. Sin embargo, con el paso de los años acabó siendo considerada una obra para niños, debidamente expurgada de episodios picantes o escatológicos -que los hay y no son pocos, casi en la línea de Benny Hill-, eliminados su tercer y cuarto viajes, más oscuros y amargos, reducida a la historia de un gigante entre seres diminutos y, viceversa, de un ser minúsculo (el propio Gulliver) esta vez entre gigantes.
Aunque la prosa de Swift, directa y sencilla, estaba dirigida a todo el mundo, sea cual fuese su clase social, no era la intención de éste escribir un libro para los más pequeños. Swift, moralista con alma de incendiario, escribió como si cada página fuera un ajuste de cuentas feroz con la estupidez y la mezquindad. Alguien a quien no le importó escribir que el remedio para aliviar el hambre en Irlanda entre los pobres era vender a sus hijos a las clases adineradas (¿a los ingleses?). Humor cruel sin paliativos.
¿Es una novela?
La última de las interpretaciones de 'Gulliver', equivocadas o no, ha sido el revuelo en redes despertado por su desaparición de las listas de las mejores novelas de la historia que cada cierto tiempo realiza el diario británico ‘The Guardian’. En entregas anteriores, el libro de Swift ocupaba el tercer y cuarto lugar. Pero esta vez ha causado baja al no haber sido considerado una novela - con fuerte división de opiniones- en su sentido moderno. Haber sido expulsado de esa categoría no le resta valor a una obra poderosamente moderna en la que los habitantes del siglo XXI todavía podemos encontrar respuestas.

Retrato de Jonathan Swift, en el salón de la casa del deán, en Dublín. / El Periódico
Al margen de esta polémica, Irlanda se ha preparado a conciencia para celebrar este año el aniversario de la gran creación de su hijo más controvertido, la única por la que percibió dinero, a diferencia de sus otros escritos, elaborados para hacerse oír, medrar en política o por simples ganas de hacerlo. El festival Culture Date with Dublín ha dedicado una parte importante de su edición a conferencias y recorridos literarios por el Dublín del siglo XVIII. En la Marsh Library una exposición muestra a lo largo del año primeras ediciones, rarezas internacionales y manuscritos del propio autor, que formó parte de la junta directiva y frecuentaba esta biblioteca pública, la más antigua de la ciudad. En septiembre, el Festival of History abrirá sus puertas con una muestra en la Dublin City Library, con ediciones originales.

Tumba de Jonathan Swift, junto a la de Stella, en la Catedral de San Patricio de Dublín. / El Periódico
Visitar la tumba de Swift en la catedral de San Patricio, donde el escritor fue deán, es decir administrador del templo, es parada obligada para los fans del autor. Allí descansan sus restos mortales junto a Stella, seudónimo con el que él llamó a Esther Johnson, una pupila a la que conoció cuando tenía 8 años y él 21 y con quien a lo largo de los años mantuvo una estrecha relación sin que esté acreditado que llegaran a casarse. Para completar la vida amorosa de Swift habría que mencionar a Vanessa (Esther Vanhomright), un nombre literario inventado por Swift que no existía antes de que él lo crease.
Esta otra Esther era una mujer apasionada que intentó apartar al escritor de su apacible pero oculta relación con Stella, formando uno de los triángulos sentimentales más famosos de la historia de la literatura. Para conectar más intensamente con el espíritu del autor conviene acercarse a la casa del deán, muy cerca de la catedral. No está abierta al público habitualmente, ya que es la residencia del actual canónigo, pero en ocasiones especiales se puede asistir allí a conferencias. Y no hay que olvidar que sus estudios de Teología los llevó a cabo en el Trinity College, donde en su espectacular biblioteca, y por iniciativa de los estudiantes tras su muerte, se exhibe un busto con su figura.
Huella profunda
Las peripecias de Gulliver, personaje en el que el propio Swift vierte sus ideas, han alimentado el ADN de la literatura del siglo XX gracias a su radicalidad. Sin él no existiría otra fábula seminal, el ‘Rebelión en la granja’, de George Orwell. Y en clave más enloquecida, no hay que olvidar que John Kennedy Toole extrajo de uno de los ensayos de Swift el espíritu y el título de su famosa novela póstuma: “cuando un genio aparece, lo reconoceréis porque todos los necios se conjuran contra él”, cita que explica a la perfección lo que el propio Swift sentía respecto a sus contemporáneos.
Además, la obra tuvo un lugar preferente en las bibliotecas de Yeats, Kafka, Joyce o Borges, autores desprejuiciados que transformaron su pacto con la manera de narrar y no consideraron que el redomado y maligno ingenio de Swift limitara su valor. “Si hubiera que destacar un rasgo distintivo de Swift, ese sería el sentido del humor. Como si se tratara de un episodio de los ‘Simpson’, es capaz de colocar algo gracioso casi en cada párrafo, sin prácticamente detenerse y sin subrayarlo demasiado”, explica Brendan Twomey, especialista en la obra del irlandés, precisamente en el salón principal de la casa del deán, presidida por un imponente retrato del escritor. Las sentencias de Swift son impagables e implacables, si con ello defiende lo que él considera una causa justa. “Las leyes son como las telarañas: atrapan a las moscas pequeñas, pero dejan pasar a avispas y avispones”. O bien, «todo el mundo quiere vivir muchos años, pero nadie quiere llegar a ser viejo». O mejor, “la mayoría de las personas son como los alfileres: sus cabezas no son lo más importante”.

Ilustración de 'Los viajes de Gulliver',por Arthur Rackham. / E P
Un religioso poco ortodoxo
No hay que manosear demasiado ‘Gulliver’ para ver en él debates que nos atañen directamente hoy. La herencia de la colonización, por ejemplo. Como irlandés, Swift sabía muy bien lo que era estar bajo la bota del imperio y aunque en un principio intentó hacer carrera eclesiástica en Londres, no llegó a conseguirlo. Sea por rencor o por patriotismo, sus últimos años están cargados de odio hacia lo inglés, acompañado de una premisa que Twomey, didáctico, vincula a la directiva primaria de ‘Star Trek’, “no debes inmiscuirte en los distintos mundos que visites”: “Esto es lo que hace Gulliver, él no llega a una playa, mata a algunos nativos, toma unas tablas, construye una cruz y reclama la tierra para su rey. Más bien se interesa realmente por las costumbres de los pueblos a los que llega, aunque le puedan parecer ridículas. Se encuentra en inferioridad y básicamente quiere integrarse”.
Entre las ridiculeces está la famosa polémica de los huevos en Liliput, un dilema que provoca una guerra y miles de muertos sobre la conveniencia de romper el huevo para el desayuno por la parte estrecha o por la ancha, algo así como si nos acabáramos matando por si la tortilla de patatas debe llevar o no cebolla. “Eso es una burla de las disputas religiosas que en Irlanda siempre han tenido un cariz importante y una vinculación política evidente”, valora Twomey. Como clérigo, Swift -'affaires' sentimentales al margen- dejaba mucho que desear. La palabra Dios solo aparece una sola vez en todo el libro y no hay en él la menor discusión explícita sobre religión, aunque sí mucho simbolismo sobre su utilización social.

Primera edición de 'Los viajes de Gulliver" en la Biblioteca Robinson, en Armagh, Irlanda del Norte. / El Periódico
Si hubiera que entresacar una frase que resumiera la intención última de Swift esa sería la que le espeta en el segundo libro el rey de Brobdingnag, monarca de los gigantes, cuando Gulliver alardea ante él de las hazañas de la civilización británica: “Vuestra especie es la raza de alimañas más odiosa que la naturaleza jamás haya permitido la faz de la tierra”. Ahí Swift enseña la patita, para acabar mostrando sus intenciones de cuerpo entero en el cuarto viaje, el menos popular, el más desconocido. Es el reino de los Houyhnhnms, caballos parlantes inteligentes y sociables que no conocen la mentira, capaces de sentarse a la mesa con gran pulcritud, opuestos a los yahoos, criaturas de aspecto humano, salvajes, sucias y violentas. Nuestro protagonista se da cuenta de que él pertenece a esta raza despreciable y cuando finalmente regresa a Inglaterra, acaba no soportando la compañía humana y prefiere pasar el tiempo charlando con sus caballos. La fábula moral está servida. Somos un asco.
Mientras tanto, en Irlanda del Norte
Aunque Dublín acapare la mayor parte de las actividades de la celebración del tricentenario de ‘Los viajes de Gullliver’ de Jonathan Swift, el Ulster también ha querido unirse al aniversario. Motivos tiene de sobra. Armagh, un importante centro religioso y objetivo final del llamado Camino de San Patricio, réplica modesta del de Santiago, fue un lugar que frecuentó el autor como invitado de la familia Acheson que solía acogerle en su imponente finca. Se cuenta que Swift se sentía tan cómodo paseando por el bosque que rodea el lugar, hoy Gosford Forest Park, que nunca veía el momento de marcharse para consternación de sus anfitriones, quienes acababan cansados del carácter egoísta y grosero del pastor, que, entre otras excentricidades, solía subir y bajar incansablemente las escaleras del castillo familiar para pasmo de la familia. El lugar merece una visita porque permite ver el banco, que de vez en cuanto aparece vandalizado, donde Swift se sentaba a leer y escribir y un bucólico pozo al que dedicó los 'Poemas deMarkethill'.
En tiempos de los ‘troubbles’, en los 70, Armagh fue un foco caliente del conflicto norirlandés al que llegaron a llamar la ‘milla del asesinato’. Además, albergaba una cárcel de mujeres, donde iban a parar las terroristas del IRA, entre ellas la tristemente famosa Dolours Price, pero hoy es un lugar amable y tranquilo cuyo gran orgullo es tener una excelente biblioteca de libros antiguos. La joya del lugar es una primera edición de ‘Gullliver’, una versión que Swift rechazaría porque su editor londinense, Benjamin Motte, suprimió y alteró por su cuenta y riesgo frases e ideas para evitar problemas legales con la corte británica. El volumen de la Biblioteca Robinson es particularmente valioso porque el propio Swift, imaginamos que ciego de ira, lo corrigió de su puño y letra con anotaciones en los márgenes. Es la joya de la corona de la exposición que acaba de inaugurarse y que se mantendrá hasta fin de año.
ALGUNAS BUENAS EDICIONES:

'Los viajes de Gulliver'
Jonathan Swift
Traducción de Antonio Rivero Taravillo
Pre-Textos (2009)
488 páginas. 27 euros
La traducción del añorado Antonio Rivera Taravillo sabe mantener la ligereza y la picardía de la obra original.

'Los viajes de Gulliver'
Jonathan Swift
Edición de Pilar Elena
Cátedra (2003)
584 páginas. 20,50 euros
Esta edición, profusamente anotada por Pilar Elena, toda una figura de la traductología en España, incluye un estudio introductorio de más de 100 páginas.

'Los viajes de Gulliver'
Jonathan Swift
Traducción de Pedro Guardia Massó
Penguin Clásicos (2016)
368 páginas. 11,95 euros
Una versión prologada por el norteamericano Robert De Maria Jr., profesor de Vassar y muy vinculado a Mallorca.

'Viatges de Gulliver'
Jonathan Swift
Traducción de Victòria Gual i Godó
Adesiara (2015)
384 páginas. 22 euros
Estupenda la traducción catalana de Victòria Gual, experta en clásicos británicos.

'Los viajes de Gulliver. De Laputa a Japón'
Jonathan Swift
Por Galic y Echegoyen
Norma (2024)
116 páginas. 29,50 euros
Los franceses Bertrand Galic (guion) y Paul Echegoyen (dibujo) interpretan con intensidad solo el tercer libro de la obra en este cómic oscuro.
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