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Pan y circo estival

Imperios romanos (3): Elfos y trasgos en el paraíso mitológico de la extrema derecha

La Edad Media, tradicionalmente asociada a la oscuridad y refugio de no pocos arrebatos de nostalgia reaccionaria, ha alumbrado una fértil tradición cultural asentada en la literatura fantástica

Aragorn (Viggo Mortensen) y Légolas (Orlando Bloom), en una imagen de 'El señor de los anillos'

Aragorn (Viggo Mortensen) y Légolas (Orlando Bloom), en una imagen de 'El señor de los anillos' / EPC

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David Morán

David Morán

Barcelona
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Y de pronto, otro interrogante para cambiar de época y de estado mental. "¿Qué ven tus ojos de Elfo?", le pregunta Aragorn a Legolas en 'El señor de los anillos: Las dos torres', segunda entrega de la épica y colosal adaptación que Peter Jackson hizo de la trilogía de Tolkien. ¿La respuesta corta? Una turba de uruk-hai trotando rumbo a Isengard con un par de hobbits en el zurrón. ¿La larga? Verás, Aragorn: antes todo esto era Edad Media, fértil terreno en el que se han cultivado los mayores logros de la literatura fantástica del siglo XX, se ha generado una rica mitología capaz de alumbrar videojuegos, películas y espeluznantes portadas de discos de heavy metal y, en fin, ha convertido la Edad Oscura por antonomasia en fuente inagotable de iluminación creativa.

Una época de densa penumbra, que diría Petrarca, pero exprimida hasta la obsesión con todo tipo de fines recreativos. Como muestra, ese titular de 'The New York Times' que en 1967, en plena invasión del corte de tazón, se preguntaba si estaban a mediados de los 60 o en plena Edad Media. "¡Lo medieval es la esencia, el look de un nuevo día con un toque moderno!", replicaban con una puntería que ni Guillermo Tell desde la revista de moda y tendencias 'Seventeen'.

Así que si George R. R. Martin se da un festín de sangre y vísceras, Ildefonso Falcones vende libros como churros, Chappell Roan sube al escenario con una armadura de ganchillo y las ferias y mercados de temática medieval se multiplican a una velocidad nunca antes vista, ni siquiera en la propia época de marras, es por culpa de la Edad Media. O mejor, dicho, del medievalismo, esa interacción imaginativa con la edad de oro de los castillos y los dragones, sí, pero también de la peste negra y los terroríficos regímenes feudales. De la fascinación por lo primero y la curiosidad malsana por lo segundo surge una pasión que viene de lejos, casi tanto como 'Los cuentos de Canterbury', las leyendas artúricas, 'Beowulf' o el 'Cantar del Mío Cid'. En palabras de José Enrique Ruiz-Domènec, catedrático de Historia Medieval en la Universitat Autònoma de Barcelona, "para los europeos, la Edad Media es nuestro wéstern, el espacio temporal donde remitimos nuestras leyendas y obsesiones, como Hollywood las proyectó en el Salvaje Oeste".

"Nos causa fascinación leer sobre la gente que era igual a nosotros, pero tenían una vida mucho más dura, mucho más violenta. En la Edad Media, vivir era un desafío cotidiano. Era una época muy difícil, pero fue también un momento en el que, a pesar de todo, los seres humanos fueron capaces de seguir creando a pesar de la violencia, el frío y las plagas", resumía por su parte Ken Follett, superventas del asunto gracias a 'Los pilares de la tierra', novela con la que la 'edadmediamanía' renació a finales de los años 80. El cine se había dedicado con esmero con títulos como 'Los inmortales', 'El nombre de la rosa', 'El Cid', 'Conan el Bárbaro', 'El séptimo sello' y 'Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores', pero tuvo que llegar el novelista británico para que millones de lectores perdieran la cabeza y quedaran maravillados con la construcción de una catedral en la Inglaterra del siglo XII. "Hemos hecho progresos desde la Edad Media. Al menos ya no se descuartiza públicamente", dejó dicho en alguna entrevista el bueno de George R. R. Martin, encargado de mantener a flote un culto que florece en títulos como 'El caballero de los Siete Reinos', 'La casa del dragón', 'The Last Kingdom' o 'The Witcher'.

Un pasado a medida

Luego están, claro, las batallas a hachazos, la magia negra, las intrigas palaciegas y, en fin, todas las bajas pasiones sobre las que se ha construido, piedra a piedra, una tradición que lo mismo bebe de juegos de rol como 'Dragones y mazmorras' que de conflictos históricos como la Guerra de las Dos Rosas, contienda que en el siglo XV enfrentó a las casas de Lancaster y York y que George R. R. Martin utilizó como mapamundi geopolítico para su 'Juego de tronos'.

'Juego de tronos' se despide con una revelación_MEDIA_2

Una imagen de 'Juego de tronos' / EPC

También Maurice Druon se inspiró en hechos reales, en su caso las luchas dinásticas en la Francia de principios del siglo XIV, para dar forma a su influyente saga ‘Los reyes malditos’, pero si alguien supo sacar provecho de su entusiasmo por la Edad Media, ese fue J. R. R. Tolkien, quien combinó la épica medieval y los mitos nórdicos para componer una compleja crítica contra la modernidad y la industrialización. Los artistas prerrafaelitas, en los que el autor de 'El señor de los anillos' encontró acomodo e inspiración, ya abrazaron el medievalismo como refugio en plena era de la Revolución Industrial.

Nada que ver, en cualquier caso, con los arrebatos de nostalgia reaccionaria que han llevado a partidos de extrema derecha como Vox a convertir la Edad Media en su paraíso mitológico, con la Reconquista, Don Pelayo y el Cid como ejes de su discurso nacionalista. Contra esa glorificación de un pasado a medida, buenas son novelas como 'El cantar del Norte', con la que la asturiana Pilar Sánchez Vicente ganó el premio Edhasa de 2025 recuperando la historia de las mujeres guerreras que combatieron a la sombra del rey Pelayo, o el choteo histórico de Jan y su 'Don Talarico', el más desmañado caballero cristiano de la Edad Media.

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