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Pan y circo estival

Imperios romanos (1): Películas de gladiadores, pulsiones totalitarias y la pregunta del millón de Monty Python

Iniciamos con el Imperio Romano mismo, el que originó el debate y la discusión, el repaso selectivo a cinco hitos clave de la historia y la cultura en los que hombres y mujeres no pueden dejar de pensar

'La vida de Brian', de Monty Python

'La vida de Brian', de Monty Python / EPC

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David Morán

David Morán

Barcelona
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Decíamos ayer, algo habrán oído, que los hombres arrastran una extraña fijación por el Imperio Romano y dedican más horas de las recomendables a pensar en regimientos militares, dinastías de emperadores y togas mecidas por el viento. La antigua Roma, qué cosas, como socorrido refugio mental. Años antes, en un proverbial arranque de clarividencia, Jim Abrahams, David Zucker y Jerry Zucker ya lo habían resumido todo a la perfección con aquel incomodísimo "¿te gustan las películas de gladiadores?" de 'Aterriza como puedas'.

"¿En qué vamos a pensar si no, en el Imperio Austrohúngaro?", se preguntaba con sorna Patricia González Gutiérrez, autora de 'Cunnus. Sexo y poder en Roma', poco después de que la ‘imperioromanomanía’ tocase techo en forma de tendencia viral, colonizase tertulias y 'reels' y destripase digitalmente las interioridades de una obsesión que sirve ahora, qué menos, para inaugurar serie estival sobre aquellos imperios romanos de presencia intrusiva y gran calado popular. ¿En qué pensamos cuando no lo hacemos en pulgares hacia abajo y circos colosales? Todo llegará. Pero antes, algunas claves cortesía de Mary Beard, superestrella del asunto.

"Roma nos fascina porque es una cultura en la que podemos proyectar nuestras fantasías sobre el poder, la corrupción y el miedo", teorizó la catedrática emérita en una de sus últimas visitas a España. Que esa fascinación se convierta en compulsión esencialmente masculina también tiene su explicación, por más que Beard se quedara perpleja al descubrir que hay hombres que piensan hasta siete veces al día en el Imperio Romano. "Creo que supone para ellos un espacio seguro donde poder desarrollar una imagen de macho, de masculinidad, porque Roma, de alguna manera, ofrece una forma de pensar sobre la virilidad, un mundo en el que los hombres son duros y grandes". De fondo, casi a coro, las risas de los soldados romanos de 'La vida de Brian' mientras Poncio Pilato les habla de su gran amigo Pijus Magnificus.

A los Monty Python debemos también una fenomenal coletilla —sí, ese "¿qué han hecho los romanos por nosotros?"—, lo que viene a confirmar que casi nada hubiese sido igual sin el empuje de películas, series y novelas. Vale que la Roma de los césares inflamó las peores pulsiones totalitarias del siglo XX —Mussolini no se autoproclamó Duce ni adoptó el inventado saludo romano por casualidad—, pero también iluminó a Shakespeare, deslumbró a Kubrick y brindó a Goscinny la oportunidad de retratar las sandeces de la burocracia militar al grito de '¡están locos estos romanos!'. Como para pensar en otra cosa.

Sostiene Santiago Posteguillo, embarcado en una monumental saga de seis novelas sobre la vida de Julio César, que te puedes pasar "toda la vida, o varias vidas, en Roma", máxima que, en un momento u otro, han aplicado a conciencia Robert Graves ('Yo, Claudio'), Robert Harris ('Imperium'), Marguerite Yourcenar ('Memorias de Adriano'), Edward Bulwer-Lytton ('Los últimos días de Pompeya'), Andrea Frediani ('Dictador') y Simon Scarrow (toda la serie protagonizada por Quinto Licinio Cato), por citar solo unos pocos. Cada generación, defienden los historiadores, siente que está descubriendo la antigüedad por primera vez, lo que probablemente explica que la industria audiovisual se vuelque cada cierto tiempo y casi siempre con una inexactitud tan clamorosa como entrañable con el pan y circo del mundo clásico.

Nerón en pantalla

También aquí, como ocurrió con los eclipses, los hermanos Lumière fueron pioneros al llevar a Nerón a la pantalla en 1896: apenas un minuto del malvado emperador dando a probar veneno a sus esclavos y la primera semilla de lo que más tarde se conocería como 'péplum', cine de romanos hasta las cejas de kitsch, decorados de cartón piedra y raigambre de torsos desnudos. De ahí surgieron clásicos como 'Quo Vadis?' (1951), 'Julio César' (1953), 'Ben-Hur' (1959) y 'Espartaco' (1960), pero también memorables trompazos, incontables subtramas de serie B y películas que sus propios protagonistas detestaban amargamente, como le ocurrió a Paul Newman con 'El cáliz de plata' (1954). El actor llegó incluso a pagar un anuncio para disuadir a posibles espectadores cuando una televisión local programó la emisión del filme de Victor Saville en 1963. En cierto modo, Newman pagó para que nadie pensara en el Imperio Romano. O algo así.

El siglo XXI trajo un espectacular revival de la 'imperiomanía' gracias a 'Gladiator' (2000), de Ridley Scott, y 'Roma' (2005), atinada serie de HBO y kilómetro cero de un ‘big bang’ seriófilo que ha dejado en los últimos años títulos como 'Spartacus: Sangre y arena', 'Barbarians', 'Britannia', 'Justo antes de Cristo', 'Domina' y 'Those About to Die'. Más sangre, más carne y, sobre todo, más horas para seguir pensando en legiones y gladiadores.

Aunque, bien pensado, nada como las delirantes aventuras de 'Plebs', irreverente serie británica que se anuncia como un bufé libre de "esclavitud, libertinaje y precisión histórica" mientras sus protagonistas bailan ska a las puertas de un templo, para convencerse de que, en efecto, están locos estos romanos.

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