Series con final polémico (4)
'Buffy, cazavampiros': cazadoras somos todas
Joss Whedon se adelantó a 'Los últimos Jedi' en su democratización de los poderes místicos, algo que no agradó a parte de los fans de la mítica serie
Series con final polémico (3): 'House', esta no es manera de colgar el bastón
Series con final polémico (2): 'Girls', ¿y si al final todo es más sencillo?

Sarah Michelle Gellar (Buffy Summers) en una imagen del capítulo 'La elegida' / Archivo

En la curiosa historia de las Malas Películas Que Dan Pie A Buenas Series, el caso de 'Buffy, cazavampiros' debe ser el más notorio, el más extremo. Porque poco tiene que ver, por suerte, la serie que lanzó a Sarah Michelle Gellar con la película de 1992 que poco ayudó a Kristy Swanson a hacer la mejor carrera posible en Hollywood. Entre 1996 y 2003, el mismo guionista del filme, Joss Whedon, a la postre convertido en creador clave del Universo Cinematográfico de Marvel, sorprendió conduciendo a su heroína a alturas mucho mayores desde la pequeña pantalla. 'Buffy, cazavampiros' era una serie 'teen' soñada: en un instituto que era (literalmente) el infierno, una heroína carismática combatía ansiedades de adolescencia y juventud en forma de metáforas fantásticas tangibles. ¿Qué más se podía pedir?
El propio Whedon escribió y dirigió su episodio final, 'La elegida' (algo engañosa traducción al español del más ambiguo 'Chosen', como entenderemos más adelante), estrenado el 20 de mayo de 2003. Para sus detractores, una entrega algo apresurada, y lo cierto es que pasan muchas cosas en los reglamentarios 42 minutos de las series generalistas. De entrada, Buffy usaba la Guadaña Mística para partir en dos (de entrepierna hacia arriba) al villano Caleb (Nathan Fillion), sirviente humano de la entidad incorpórea y multiforme conocida como El Primer Mal. Seguía un encuentro climático entre Buffy y su exnovio vampiro Angel (David Boreanaz), al que le decía que no, de momento no volverían y menos para siempre, porque ella se veía a sí misma como una masa de galleta todavía en proceso de horneado.
Antes de 'Los últimos Jedi'
Lo importante, ahora, es la batalla final contra el Primer Mal, en la que tendrán mucho que ofrecer los elementales Dawn (Michelle Trachtenberg) y Xander (Nicholas Brendon), pero sobre todo otro personaje central, la Willow de Alyson Hannigan, quien tendrá que volver a usar la magia (a riesgo de volverse otra vez la Willow Oscura) y realizar un ambicioso conjuro usando la Guadaña Mística. Todo sale bien, bastante bien. Sucede rápido, bastante rápido. La magia de Willow funciona como se esperaba, que es como ningún espectador esperaba: si nuestras chicas pueden contra los supervampiros Turok-Han es porque el conjuro activa a todas las Cazadoras Potenciales alrededor del mundo. Buffy, la heroína (relativamente) solitaria, tiene ahora un ejército. Lo que no significa que no haya bajas; las más importantes, las de la antigua demonio Anya (Emma Caulfield) y un Spike que, haciendo oídos sordos a las súplicas de Buffy, se sacrifica a sí mismo para cerrar la Boca del Infierno.
La rapidez con que sucede todo (y, ciertamente, con que se despacha a Anya) fue un problema para los antifans del episodio. Pero si algo ha sido criticado del capítulo a lo largo de los años ha sido la decisión de reescribir la mitología para democratizar el heroísmo; más o menos como hizo Rian Johnson en 'Los últimos Jedi' al apostar por una conexión con la Fuerza que no dependiera de ningún linaje particular. "Propongo que mi poder sea el de todas", decía Buffy con solemnidad. "A partir de ahora, todas las chicas del mundo que puedan ser cazadoras serán cazadoras". Para algunos, aquello restaba épica al personaje de Buffy, la presunta Elegida, en lugar de darle un poco más de la misma.
Revisar el capítulo en 2026 ha despertado en este cronista menos indignación que nostalgia. Nostalgia de una serie en la que se confundían lo fantástico y lo hiperrealista, el amor y el humor, la acción y la intimidad. Nostalgia de esa capacidad de Whedon para combinar la lucha por proteger a la humanidad con diálogos deliciosamente tontos (cuando Angel le ofrece a Buffy el poderoso amuleto que acaba usando Spike, ella le contesta: "Desde ya te digo, no tengo nada con qué combinarlo"). Nostalgia también de unos tiempos en que creíamos en Whedon y no lidiábamos con el peso de todas esas denuncias por abusos de poder. Nostalgia mezclada con la pena de recordar que Michelle Trachtenberg, Xander Harris y Rupert Giles (el Vigilante, el mentor principal de Buffy) nos han dejado recientemente en un periodo de poco más de un año.
La imposibilidad de seguir
En realidad, 'Buffy, cazavampiros' no acabó aquí, sino que siguió con otras ¡cinco temporadas! en forma de tebeo. Los intentos de devolver la saga a la pantalla han sido infructuosos. En 2018 se anunció un 'reboot' a cargo de Monica Uwusu-Green ('Alias', 'Perdidos') que presuntamente tendría a una actriz negra como protagonista, algo que no cayó bien en plena consolidación de la cultura anti-'woke'. Tampoco ha prosperado la secuela anunciada el año pasado, dirigida en su piloto por Chloé Zhao y con Sarah Michelle Gellar como mentora de una joven Cazadora interpretada por Ryan Kiera Armstrong. Al menos por ahora, la Boca del Infierno sigue sellada.
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