90 aniversario de su muerte
Lorca y los hombres de la Residencia: el búnker donde aprendió a camuflar su deseo bajo reglas masculinas
El poeta de Granada llegó en 1919 a una casa dominada por el deporte y una intensa camaradería: junto a Salvador Dalí y Luis Buñuel, aprendió a sobrevivir sin revelar por completo su intimidad

Pepín Bello, Lorca y Juan Centeno en la Residencia, con Louis Eaton / EPC

Era un ambiente particular. En la Residencia a la que Federico García Lorca llegó en 1919, con 21 años, se boxeaba y se lanzaban jabalinas. El deporte estaba a la orden del día: correr, levantar, saltar. Un rutina que, al anochecer, se transformaba en juergas y bromas que podían alargarse toda la noche. Era, quizá, la forma que tenían sus estudiantes de validarse frente al resto. La literatura fue la escotilla que el poeta de Granada encontró en esta pequeña república de hombres. No debió ser fácil encontrar su sitio aquí. Ser homosexual en aquella España asfixiante tuvo que frenarle. Sin embargo, fue precisamente en esta casa donde encontró algunos de sus grandes amigos y donde terminó de convertirse en el escritor que sería. La Residencia fue refugio, pero también un escaparate. Allí podían admirarlo mientras tocaba el piano y, minutos después, ojo, juzgar aquello que intuían de su intimidad. Lorca aprendió a moverse en esta contradicción: pertenecer sin poder contarlo todo. 90 años después de su asesinato, volver a aquella convivencia permite mirarle desde uno de sus ángulos más delicados: qué significaba ser él entre hombres.
Llegar a Madrid ya había sido una pequeña conquista. Fernando de los Ríos, su profesor en Derecho y una de las figuras más destacadas del socialismo español, lo animó a trasladarse, pero antes debía ser admitido en la Residencia. Alberto Jiménez, su director, le garantizó una plaza para el 1 de octubre. Un cuarto que terminó dándole algo más valioso que un techo: independencia. De hecho, en 1920, tras el fracaso teatral de 'El maleficio de la mariposa' (1920), defendió ante su familia la necesidad de quedarse. "No es ninguna fonda", escribió en una carta recuperada por la institución. Allí podía cultivar su imaginación, crecer. Y así lo reflejó en las obras que fue alumbrando: 'Libro de poemas' (1921), 'Canciones' (1927) y 'Romancero gitano' (1928). Se hizo escritor dentro de aquella casa, respaldado por el cineasta Luis Buñuel, el pintor Salvador Dalí, el poeta Emilio Prados y el intelectual Pepín Bello. La capital le ofreció algo que Granada le administraba con cuentagotas: espacio para ensayar quién quería ser.

Federico García Lorca, en un laboratorio de la Residencia / EPC
No obstante, la Residencia tenía códigos. Y Rafael Martínez, profesor de Literatura y amigo de Lorca, también los conoció desde dentro. Con el tiempo, se convirtió en uno de sus grandes estudiosos y custodiaría importantes manuscritos, entre ellos materiales de 'El público' (1970). Al recordar la primera visita a su dormitorio, contó que él y Blandino García se toparon con una docena larga de jóvenes, unos tumbados, otros sentados en el suelo, y se sintieron inmediatamente fuera de lugar. "Se percibían claves y contraseñas, valores entendidos", escribió en 'Cuatro lecciones sobre Federico García Lorca', un volumen publicado por la Fundación Juan Marcha y Cátedra en 1980, a partir de las conferencias que había impartido aquel marzo. Federico se percató y trató de integrarlos. Hubo té, carcajadas, tabaco y lecturas durante horas. Las pandillas también se construyen así: con un idioma que permite reconocer a los propios y detectar a quien todavía aguarda fuera.
Dalí, en la autobiografía que editó en 1942, no titubeó a la hora de calificar a aquellos chicos con trajes ingleses y chaquetas de golf: "Dandismo combinado con cinismo". Buñuel, por su parte, fundó la Orden de Toledo en 1923, una sociedad solemne y disparatada donde primaban la resistencia y la camaradería. No hace falta convertir el deporte y la fiesta en un teoría cerrada sobre la masculinidad, pero sí dibujan una cultura: cuerpo, ironía, cachondeo, desafío. También burla. El propio Dalí aseguró más adelante que, antes de ser aceptado, estos jóvenes se mofaban de su aspecto y lo bautizaban con distintos motes. Nadie quedaba a salvo del examen de los demás. Mucho menos quien se apartaba del modelo heterosexual esperado. Para Lorca, que podía dominar cualquier estancia con su arte y, al mismo tiempo, esconder parte de su personalidad, esa mirada debió tener un peso particular.
Un gran imán
José Moreno, también compañero y futuro director del Archivo del Palacio Nacional de España, dejó el testimonio más incómodo. En 1944, en Vida en claro, sus memorias, subrayó que Federico aparecía allí de modo irregular y que no todos los estudiantes lo recibían igual: "Algunos olfateaban su defecto y se alejaban de él". Defecto. La palabra araña. Hay que precisar que lo escribió bastante tiempo después y que estamos, por tanto, ante un recuerdo retrospectivo, no ante una crónica redactada en los años 20. Pero había convivido con Lorca. Y la expresión revela hasta qué punto ser gay podía funcionar como una marca a ojos de los demás. "No obstante, cuando abría el piano y se ponía a cantar, todos perdían su fortaleza", añadió. Un matiz que refuerza parte de la contradicción en la que vivía: podía despertar prejuicios y, más tarde, volverse el centro absoluto de la habitación. No fue un marginado en la Residencia. Al contrario: fue uno de sus grandes imanes. Una cosa no borra necesariamente la obra.

Salvador Dalí, José Moreno Villa, Luis Buñuel, Federico García Lorca y José Antonio Rubio Sacristán, en la Residencia / EPC
Buñuel ofreció una escena aún más áspera. En 'Mi último suspiro', lanzado en 1982, recuperó una conversación que acabó con una pregunta a quemarropa: "¿Es verdad que eres maricón?". Según su relato, Lorca dio por terminada la amistad y se marchó. Se reconciliaron aquella misma noche. Cuesta encontrar una imagen mejor para explicar las paradojas de aquella convivencia: confianza y agresión, amistad y recelo. Todo en cuestión de horas. "A Buñuel le produce angustia todo el tema gay, pero fue su amigo íntimo", contó el hispanista Ian Gibson en una entrevista concedida a RTVE en 2015. El cineasta, por su parte, admitió cuánto le debía: Federico fue uno de los hombres que le enseñaron a mirar la poesía. Podía herirlo y, a la vez, reconocer que le había abierto el mundo.
El peso de Dalí
Con Dalí, amistad y deseo se acercaron. Se conocieron en la Residencia y su vínculo se hizo especialmente estrecho entonces, con las estancias de Lorca en Cadaqués en 1925 y 1927 como otro escenario fundamental. Hubo cartas y dibujos, una fascinación mutua que ha alimentado interpretaciones durante lustros. En enero de 1986, un Dalí ya anciano recibió a Gibson en la Torre Galatea de Figueres para hablar sobre el tema. De aquella conversación salió una entrevista que éste publicó en El País: en ella, el pintor reconoció la pasión de Federico y confesó no haber sabido corresponderle jamás. Cuatro días después, quiso matizar sus palabras y envío una Carta del director donde definió su vínculo como "un amor erótico y trágico". Es su recuerdo, formulado seis décadas después. Y, aunque no permite entrar en la cabeza del poeta, muestra algo esencial: entre los hombres también circulaba un deseo que no podía expresarse con la misma naturalidad con la que se proclamaba una amistad.
Afuera tampoco sobraba aire. El nuevo Código Penal de la dictadura de Primo de Rivera fue publicado en la Gaceta de Madrid el 13 de septiembre de 1928 y entró en virgo el 1 de enero de 1929, justo cuando Lorca cerraba su etapa como residente. Se desconoce qué pensó de aquella normativa. Regresó a la Residencia en distintas ocasiones, dando conferencias y participando en sus actividades. Conservó con aquella casa una relación sentimental extraordinaria. En 1933, tal y como recogió la exposición Una habitación propia, así se lo hizo saber al periodista Alberto F. Rivas: "Me rejuvenezco. Son baños espirituales". Quizá, no haya mejor manera de entenderlo. Este fue el lugar donde Federico consiguió un cuarto propio, rodeado de hombres que se observaban, bromeaban, admiraban, juzgaban y querían. Refugio y exposición. Libertad y frontera.
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