Disco de la semana
Phoebe Bridgers saca oro del pulso con sus demonios en ‘Lost weekend’
La cantautora californiana despliega su literatura del yo, salpicada por episodios amargos como la muerte de su padre y el fracaso de una relación, en un brillante tercer álbum, con sonidos acústicos, cuerdas y electrónica, que la consolida como voz preferente de su generación

Phoebe Bridgers, en una imagen promocional. / FRANK OCKENFELS

Phoebe Bridgers
'Lost Weekend'
Dead Oceans-Popstock!
Pop-folk
★★★★
El aura de Phoebe Bridgers ha ido creciendo pese a que no se ha prodigado publicando discos: tan solo dos, ‘‘Stranger in the Alps’ (2017) y el muy piropeado ‘Punisher’ (2020), al que se suma ahora ‘Lost weekend’. Pero hay que hablar del álbum homónimo de Better Oblivion Community Center (su entente con Conor Oberst, el hombre de Bright Eyes, 2019) y de su otra alianza, el trío Boygenius, con Julien Baker y Lucy Dacus (‘The record’, 2023), así como de su goteo de colaboraciones con artistas como Taylor Swift, Lorde, SZA o incluso Paul McCartney.
‘Lost weekend’ llega así tras un lapso de seis años como solista, tiempo en el que a Bridgers (que el lunes cumple 32) le ha pasado, más o menos, lo que a todo el mundo, es decir, una sucesión desordenada de amarguras y alegrías. Perdió a su padre, emprendió y finiquitó una relación (con el actor Paul Mescal) y parece haber encontrado motivos para la ilusión en una nueva alianza sentimental (con el cómico y cineasta Bo Burnham). De todo ello sale un álbum muy autobiográfico, de fina literatura del yo con momentos para la expiación y brotes de mala uva.
Perder la inocencia
Phoebe Bridgers no es una cancionista cualquiera y ‘Lost weekend’ lo demuestra desplegando una evolución de su canon, ese interiorismo pop que a veces se funde con la tradición folk y otras se aventura en territorios sónicos disruptivos. La primera noticia la tuvimos en el adelanto, ‘Lost boys’, una perla de tonada encantada, sobre crecer y perder la inocencia, refinada sinfonía pop de bolsillo. Al equipo habitual (Ethan Gruska y Tony Berg) suma a Jack Antonoff y Alex G, y la lista de créditos desliza nombres del prestigio de Caroline Shaw (cómplice de Rosalía en ‘Lux’), Blake Mills, Cameron Winter (Geese), Damien Jurado o Conor Oberst.
El arranque con ‘The outside’ proyecta la voz de Bridgers vía ‘vocoder’, invitándonos a protegernos con máquinas para soportar la montaña rusa emocional que se avecina. Las malas vibras la inspiran en canciones muy remarcables: ‘The governor’s waltz’, donde apunta a la nueva pareja de su ex (¿Gracie Abrams?). Y en la composición que da título al álbum, donde susurra cavilaciones acerca de su boda cancelada en una marejada que conduce a un cruce de ruidismo ‘glitch’ y arreglos de cuerda.
Bridgers tiene arte y un don para insinuar un pulso entre la polución y la pureza, calma tensa en la que se cruzan experiencias dolorosas (acusatorias hacia su padre en ‘Still standing’). Aquí hay remansos de paz flotante, un poco fantasmal, también nervio y alambicadas soluciones instrumentales, con recesos hacia las raíces, entre banjos y violines, en ‘Haunted’ y ‘Panorama’, temas que se acercan al país panamericano de Sufjan Stevens. Obra de consagración, por si hacía falta, de una voz que va por delante del moderno y poblado club del ‘singer-songwriter’.
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