NO MOLESTAR
El hotel de Madrid que subastó las camas donde durmieron Brad Pitt, Madonna y Lady Gaga: las reliquias que cualquiera pudo comprar
Las noches de algunos famosos empiezan con una reserva discreta y terminan convertidas en leyenda: repasamos en esta serie los caprichos, excesos y desastres que se escondieron tras las puertas de los hoteles de Madrid
La noche en que Ava Gardner fue expulsada del Ritz: ¿orinó realmente en la alfombra del hotel más lujoso de Madrid?

Anne Leibovitz fotografió a Brad Pitt en 1994 para la exposición 'A Photographers' Life'. / ARCHIVO

Un colchón no guarda secretos. Pero cuesta creerlo cuando ha pasado años en un hotel donde durmieron, entre otros, ojo, Brad Pitt, Lady Gaga, Madonna y Justin Bieber. Es el lugar ideal para conversaciones a media voz y desayunos tardíos. Y, claro, acostando a tanto famoso, alguno atesora auténticas reliquias. Sin embargo, un día lo desmontaron. Muy rápido. Le quitaron el cabecero y lo bajaron por el montacargas. Nadie supo lo que estaba pasando hasta que apareció a la venta junto a alfombras, cuadros, butacas, mesillas y bañeras. El Villa Magna iba a renovarse por completo y decidió desprenderse de su antigua piel. Así, durante horas, cualquiera tuvo la oportunidad de comprar una cama de cinco estrellas. Quizá, la de Salma Hayek. O la de Tom Cruise. Ahí está, precisamente, la gracia: pujar por un mueble usado y llevarse a casa, de propina, una historia.
Ocurrió en septiembre de 2021, cuando Madrid aún afrontaba la pandemia de covid-19. El hotel, cerrado desde marzo de 2020, había aprovechado el parón para desmontarse por dentro y prepararse para una nueva vida bajo el nombre de Rosewood Villa Magna. Antes de reabrir, entregó a la casa Ansorena buena parte de su anterior decorado. Más de 600 piezas salieron a subasta el día 27: sofás, biombos, retretes, lámparas, cortinas… Todo lo que, durante años, había permanecido quieto, mullido y obediente empezó a circular. De repente, el baño de una suite podía acabar en un chalet de las afueras. O una butaca acostumbrada a guardaespaldas junto a una piscina.

Lady Gaga, durante el concierto que ofreció en Madrid en 2009. / EFE
No hay que mitificar un somier. Pero, oye, tiene su punto pensar que Brad Pitt se dejó caer sobre él después de una promoción interminable. O que Lady Gaga apoyó la maleta en aquella banqueta gris antes de vestirse para salir. Si bien la subasta se alimentaba de esta fantasía, los organizadores admitían que resultaba imposible reconstruir la biografía completa de cada mueble. Había algunas pistas más firmes, como el cabecero vinculado a la estancia de Rania de Jordania durante la boda de Felipe y Letizia en 2004. En la mayoría de los casos, no obstante, tocaba comprar a ciegas. Tal vez, aquella cómoda había guardado lentejuelas. O, quién sabe, los calcetines de un ejecutivo. Daba igual. El deseo trabaja mejor cuando se le deja un hueco a la imaginación. Y, aquí, para el beneficio de muchos, voló a gran velocidad.
Los precios de salida ayudaban. Había objetos desde 40 euros y piezas que alcanzaban los 5.000, una horquilla lo bastante amplia para atraer tanto a coleccionistas como a curiosos con ganas de llevarse un pedazo del mito. En los salones subterráneos del hotel se acumularon miles de enseres, como si alguien hubiera vaciado de golpe una casa gigantesca: espejos, relojes, pinturas, librerías, sillones… Había muebles procedentes de anticuarios y galerías europeas. También un piano de cola del bar, decorado con la nostalgia del Nueva York de los años 50. La postal tenía algo de mercadillo imposible: un verano emocional, persianas bajando, habitaciones sin huéspedes y un botones que ya no sabía dónde colocar tanto pasado.
Ilustres ronquidos
El Villa Magna no era sólo un hotel caro. Ocupaba el lugar donde se levantó el palacio de Anglada, una fantasía decimonónica de aires moriscos que fue demolida para levantar el establecimiento inaugurado en 1972. Desde entonces, el edificio de la Castellana funcionó como una frontera amable entre Madrid y el mundo. Allí se alojaron estrellas de Hollywood y miembros de casas reales, se celebraron reuniones que no dejaron foto y desayunos cuyo contenido jamás llegó a los periódicos. En 2009, ya había vivido una reforma integral. Y, 12 años después, volvió a mudar la piel. Es lo que tienen los hoteles: parecen inmóviles, pero pasan la vida despidiéndose. De clientes. De modas. De moquetas. A veces, incluso, de las camas que escucharon ilustres ronquidos sin contárselo a nadie.

Una de las estancias del actual Rosewood Villa Magna. / EPE
El renovado Rosewood Villa Magna abrió sus puertas el 22 de octubre de 2021 con 154 habitaciones y una voluntad evidente de conservar la memoria, pero sin quedarse atrapado en ella. Un mes antes, una parte había salido por el garaje, sin embalar y a cargo de sus nuevos propietarios. Qué imagen. Camas carísimas atravesando la capital en una furgoneta. Cabeceros reales sujetos con cinchas. Alfombras que habían pisado tacones famosos enrolladas junto a cajas de herramientas. El glamour, visto de cerca, ay, también necesita plástico de burbujas. Y, quizá, ahí residía el encanto de aquella venta.
Suscríbete para seguir leyendo
Fuente: El Periódico de España